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18 de junio del 2021

Opinión

A la ingratitud

Ricky Noboa. Hay que aprender a vivir con los ingratos que solo responden a las circunstancias que les son favorables en un determinado momento.  En la aplicación de su dogma, Cristo señaló la importancia de saber identificar a los que practican la palabra con hechos apegados a principios que forman parte de su accionar, como […]




Ricky Noboa.

Hay que aprender a vivir con los ingratos que solo responden a las circunstancias que les son favorables en un determinado momento.  En la aplicación de su dogma, Cristo señaló la importancia de saber identificar a los que practican la palabra con hechos apegados a principios que forman parte de su accionar, como forma de profesar lo que verdaderamente practican.

Nuestra sociedad actual se nutre del oportunismo, que una vez alcanza su objetivo, actúa renegando sus orígenes. La posibilidad de ser coherentes en la aplicación de los conceptos, solo es posible cuando en el ser humano se anida la virtud de la gratitud.

En sus reuniones secretas, Jesús dividió los hombres y mujeres en dos grupos: el primero, constituido por los que estaban sinceramente ansiosos de conocer los hechos, pero que deliberadamente tomaban esos hechos para exigir señales y demostraciones, pero no estaban ansiosos de seguir sus preceptos espirituales y cambiar el curso de sus vidas personales como parte de aquel estado ideal que Jesús mantenía como la meta final de su misión. Los segundos, aceptaban con sincera fe todas las grandes verdades postuladas por Jesús, sin importar las demostraciones de su poder, encontrando en la virtud de sus vidas mejoradas toda la recompensa que buscaban.  Jesús muchas veces recurrió a la soledad y lloró y oró pidiendo a Dios una guía especial.

Los pecados del mundo no le entristecían tanto como la indiferencia e insinceridad de aquellos que eran verdaderamente dignos de convertirse en sus discípulos.

Entender la ingratitud es conocer la misión de Jesús en la tierra, que todavía los ingratos por naturaleza la niegan y solo creen reivindicarla sacando una hora de su tiempo para acudir a una misa de domingo como forma de retribuirla.

Creemos pues en los agradecidos por la forma en que sus hechos demuestren que el sacrificio de Cristo para redimirnos está expresado en la solidaridad que debemos sentir hacia los que nos han protegido, limpiando el camino de la falsía de los que pagan con la ingratitud.

El corazón del ingrato es como la arena del desierto que se traga con avidez las flores que caen y las entierra en su pecho y no producen nada.

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