01 de diciembre del 2021

Política

Además de unanimidad, forfait

Orlando Gil. El secreto peor guardado de la política dominicana: la elección de Danilo Medina como presidente del PLD. Empezó como susurro en los periódicos que no se atrevían a asumir la candidatura. Una prudencia única en una opinión pública que se caracteriza por la contundencia. Dice y nunca se desdice, como si la información […]




Orlando Gil.

El secreto peor guardado de la política dominicana: la elección de Danilo Medina como presidente del PLD. Empezó como susurro en los periódicos que no se atrevían a asumir la candidatura.

Una prudencia única en una opinión pública que se caracteriza por la contundencia. Dice y nunca se desdice, como si la información procediera del Sinaí.

Ahora fue más cauta y se conformaba con abrir un compás de espera y alimentar las intrigas, como si no pudiera alterarse un designio del Olimpo.

¿Acaso una vez no fue considerado ungido, una condición que no solo enaltece, sino que va más allá de lo propiamente humano?

El panorama era propio de campo, donde se dice que yagua que está para un burro, no hay vaca que se la coma.

En el PLD se aspiraba al comité Central, al comité Político, a la secretaría general, pero ninguno osó, en un partido con locos difíciles de bañar, pretender o correr para la máxima posición.

La escogencia no solo fue por unanimidad, Medina ganó por forfait. Nadie más se presentó, y no puede alegarse lluvia ni dificultades en el tránsito.

¿Liderazgo? Una forma de entender la situación. ¿Respeto? Igualmente otra. ¿Autoridad? Lo incuestionable no se discute.

En el PLD de estos días el expresidente Medina es un dogma, y solo basta conocer la historia de ese partido o los modelos que tuvo en cuenta Juan Bosch para fundarlo para entender el concepto.

¿Cómo disputar con Medina dentro del partido morado, si el hoy presidente del PLD no solo se le impuso, sino que humilló a Leonel Fernández?

Los orgasmos en política se suceden de manera extraña, pero cual que sea la circunstancia, garantizan placer. Internamente lo derrotó con una pistolita de mito.

La campaña, no las elecciones, dejaron claro que Gonzalo Castillo era el menos preparado políticamente, y culturalmente también, de los aspirantes oficialistas.

El líder deshonró su condición, y no le quedó de otra que por vergüenza irse a hacer fogata en la playa, donde importan más las llamas que los borrachos en traje de baño.

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