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11 de mayo del 2021

Opinión

Adventus redemptoris

Este 25 de diciembre del 2018 se conmemoran 526 años de la celebración de la primera Navidad en nuestra isla, llamada de varias maneras por los taínos que la habitaban y por múltiples historiadores: Quisqueya para los aborígenes del lado oriental, Haití para los de la parte occidental, y Bohío, Baneque o Bareque para esos […]




Este 25 de diciembre del 2018 se conmemoran 526 años de la celebración de la primera Navidad en nuestra isla, llamada de varias maneras por los taínos que la habitaban y por múltiples historiadores: Quisqueya para los aborígenes del lado oriental, Haití para los de la parte occidental, y Bohío, Baneque o Bareque para esos indígenas migratorios que surcaban el Caribe en piraguas.

Aquella celebración se efectuó en el Fuerte de la Navidad, construido con la madera de la carabela Santa María, y en su construcción participaron, no sólo los tripulantes de la expedición colombina, sino aborígenes isleños.

Aunque esa solemnidad navideña del 1492 marcó un hito histórico, es preciso señalar que la primera Eucaristía continental para celebrar la Navidad fue efectuada en La Isabela, la primera ciudad de este lado del mundo, fundada por los colonizadores y se desarrolló el 6 de enero del 1494, en la Epifanía del Señor.

La misa fue oficiada por el padre Bernardo Boyl y doce sacerdotes que habían llegado a la isla en el segundo viaje del almirante. La Isabela fue, durante algún tiempo, el más importante puerto de comunicación entre el nuevo continente y España.

Por eso, la conmemoración de la Navidad del 1492 y de la primera Eucaristía del 1494, deberían ser agendas religiosas de primer orden en nuestro país, pero se pasan por debajo de la puerta, cuando deberían constituirse en motores para pulir la apática pátina que envuelve la estación del Adviento, una efemérides que cada año —con mayor ímpetu— relega su motivo fundamental, el advenimiento de Jesús al mundo, convirtiéndola en una estación para promover ventas, bebentinas y parrandas.

Ojalá que el recuerdo de aquella Navidad celebrada el 25 de diciembre del 1492 y la Eucaristía del 6 de enero de 1494, sirvan —al menos— para ayudar a que nuestro pueblo comprenda que la Navidad es una oportunidad única para acercarnos al nacimiento de un niño que, ya hombre, revolucionó la historia a través del perdón y del amor.

Mi oración de Adventus

¡Oh, Jesús mío!, dame fuerzas para limpiar mi alma en este Adventus redemptoris, en este Adviento donde los cristianos nos redimimos en ti, en la Virgen María y proclamamos la gloriosa Epifanía de tu llegada al mundo como Hombre. ¡Oh, mi dulce y amado Jesús!, destíname como tu servidor en la proclamación de la esperanza.

¡Insértame junto a ti en el santo pesebre de la Fe, del Amor, del Perdón, y enciéndeme con el fuego de tu pasión! ¡Oh, mi adorado Jesús!, apártame del ruido y la mascarada mercantil que se nutre de tu recuerdo, que hoya en la mansedumbre de tu ejemplo y proclama con fuegos fatuos y alaridos mundanales tu arribo al resplandor de la misericordia.

¡Oh, mi amado redentor!, nútreme en este Adviento para multiplicar mi reflexión sobre la caridad y me adhiera como un rayo de luz a la oración de la vigilancia, para perpetuar mi alegría de aguardar por ti y nutrirme en ti.

Por:

Efraim Castillo .

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