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16 de mayo del 2021

Opinión

Amasúa, amallulla, amaquella: Qué pena Evo Morales

Isidoro Santana. Desde la independencia de España hasta la llegada de Evo Morales en el 2006, la historia de Bolivia es una historia de inestabilidad política, pobreza económica e injusticia social. Con una mayoría de población originaria pues, ni siquiera se dio el mestizaje en la magnitud en que tuvo lugar en países como Paraguay, […]




Isidoro Santana.

Desde la independencia de España hasta la llegada de Evo Morales en el 2006, la historia de Bolivia es una historia de inestabilidad política, pobreza económica e injusticia social.

Con una mayoría de población originaria pues, ni siquiera se dio el mestizaje en la magnitud en que tuvo lugar en países como Paraguay, Perú y Ecuador, esta siempre se vio sometida a la supremacía de una minoría blanca

Nunca se le permitió integrarse socialmente, ni mucho menos gobernar su país, sometido a una oligarquía blanca basada en la actividad extractiva, con fuerte apoyo del ejército y la iglesia. Hubo rebeliones impulsadas o con fuerte apoyo de masas indígenas, la principal de las cuales fue la Revolución de 1952, o políticos con arraigo en la población autóctona ganaban elecciones, pero inmediatamente eran derrocados.

De hecho, ni siquiera recuerdo si un gobierno surgido de las urnas pudo gobernar por un período completo hasta 1982, cuando se inicia cierta estabilidad democrática. Y todavía todos los gobernantes pertenecían a la minoría blanca.

Por esa razón, la población boliviana nunca se sintió partícipe ni responsable de la historia de corrupción, inestabilidad, pobreza e injusticia que había protagonizado la minoría y los militares. Ellos seguían transmitiendo a sus hijos, de generación en generación, los preceptos morales que habían guiado el imperio Inca, transmitido después a los predominantes pueblos aymara y quechuas, que se resumían en tres expresiones: Amasúa, amallulla, amaquella.

Constituyen como el libro sagrado de la población autóctona y, en español significan:  sea honrado, no sea mentiroso, no sea holgazán. Tales principios morales fueron incluso después establecidos por las Naciones Unidas como normas para una gestión pública transparente y eficiente.

Por eso fue celebrada por gran parte del mundo como una gran esperanza para la política latinoamericana que un hijo legítimo de esa cultura llegara al poder, impulsado por la gran masa de los pueblos indoamericanos, como expectativa de que con ello terminaría la historia de latrocinio, fraude e injusticias. Y no hay dudas de que fue un gran paso.

Creo que es el mejor de los presidentes latinoamericanos del siglo XXI. Hasta hace poco. De hecho, a mi juicio, él y Pepe Mujica son los únicos que merecen el calificativo de izquierdistas, seguidos a cierta distancia por Rafael Correa, Dilma Rousseff, Michel Bachelet y Cristina de Kichner, aunque esta última al final se vio envuelta en claros casos de corrupción que no tienen nada que envidiarles a los tradicionales políticos de derecha.

Establezco la distinción para evitar confusiones con otros, como Daniel Ortega y Nicolás Maduro, que se hicieron llamar izquierdistas para entronizarse en el poder, tiranizar a sus pueblos y expoliar sus riquezas. 

Siempre he sostenido que Venezuela y Bolivia comparten una estructura económica parecida, basada en recursos de la minería: petróleo, hierro, gas natural y otros menores; pero a diferencia de Maduro, que encontró el país más rico de Sudamérica y los convirtió a todos en pobres, Evo encontró el país más pobre de Sudamérica y lo convirtió en clase media, explotó a favor de su pueblo los recursos minerales, redujo dramáticamente la pobreza e inequidad social y modernizó su economía. Es el primer (el único) presidente de Bolivia que le ha conferido estabilidad política, progreso económico y cierta equidad social.

Pero un principio básico de la democracia es la alternabilidad en el mando y, a él le picó el bicho del continuismo. Ya lleva tres períodos en el poder, que terminan a inicios del 2020, y claramente pensando en el cuarto período, convocó un referéndum en febrero del 2016 para ver si le aprobaban reformar la Constitución para seguir. Pero los pueblos se cansan de los gobiernos largos y el referéndum le dijo que no.

Recurrió al Tribunal Constitucional y este “le buscó la vuelta” para permitirle. Nadie cree que esa fue una decisión judicial libre e independiente. Como tampoco ahora la detención del conteo.

Los gobiernos largos prostituyen las instituciones. Además, los gobiernos largos y la corrupción van de la mano: una cosa conduce a la otra. Y ahora, acostumbrado a ganar siempre por mayoría absoluta, por más base social que tenga, por mayores éxitos que haya cosechado, no la ha conseguido y veamos el lio en que está metido. ¿Traición a la biblia de los pueblos autóctonos?

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