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17 de abril del 2021

Opinión

“Arrendará la viña a otros labradores”

Cardenal Nicolás De Jesús López Rodríguez. XXVII Domingo del Tiempo Ordinario. 8 de octubre de 2017 – Ciclo A. a) Del libro del profeta Isaías 5, 1-7. El Profeta Isaías describe el cuidado amoroso de Dios por el pueblo escogido con la figura de un viñador que cuida su viña con amor, imagen que también […]




Cardenal Nicolás De Jesús López Rodríguez.
XXVII Domingo del Tiempo Ordinario. 8 de octubre de 2017 - Ciclo A. a) Del libro del profeta Isaías 5, 1-7. El Profeta Isaías describe el cuidado amoroso de Dios por el pueblo escogido con la figura de un viñador que cuida su viña con amor, imagen que también fue utilizada por otros profetas del Antiguo Testamento para referirse con frecuencia a Israel como Pueblo elegido. Se contrastan dos tiempos: amor delicado y gratuito de Dios por su Pueblo, y obstinado desamor de este respecto de Dios y de los hermanos; cariño y fidelidad frente a desagradecimiento e infidelidad; cultivo esmerado frente a cosecha de uvas salvajes que no sirven para el vino. La alegoría de la viña concluye con gran realismo: “La viña del Señor es la casa de Israel; son los hombres de Judá su plantel preferido. Esperó de ellos derecho, y ahí tienen: asesinatos; esperó justicia, y ahí tienen: lamentos”. Como un agricultor que dedica todos sus cuidados a su viña, y ésta no da el fruto esperado. Es una llamada a la conversión para que Dios se manifieste. Como un nuevo Natán ante David, Isaías proclama el contenido de su parábola: la viña es la casa del Señor, los hombres de Judá. Las palabras del profeta en aquellos momentos eran una amenaza de la inminente invasión asiria. Los pecados del pueblo, su falta de correspondencia al amor de Dios debía llevarle necesariamente a la servidumbre. Porque desligarse de Dios y vivir de injusticias, derramar sangre inocente llevaba consigo la sujeción a las alianzas y tiranías humanas. Siglos después, el más grande profeta, Jesús de Nazaret, dirá tajantemente: quien no está conmigo está contra mí. Jesús empleó también repetidas veces la metáfora de la vid y la viña, como veremos en el comentario del evangelio de este domingo, cuyo destinatario no fue todo el pueblo como la usó Isaías, sino sus dirigentes religiosos. b) De la carta del apóstol San  Pablo a los Filipenses 4, 6-9. San Pablo ofrece a los filipenses una serie de consejos basados en su experiencia de vida y de las realidades espirituales que les esperan a los que invocan al Señor con confianza, armonía y paz. San Pablo se sintió cerca del Señor, lo que le inspiraba a él a transmitir a otros esa serenidad y confianza aún en los momentos más difíciles, sin lamentos ni desesperanza, sino que actuaba con fe, consciente de que el Señor está cerca de los que lo invocan de corazón, por eso les invita en este pasaje a presentar sus oraciones al Señor sin preocupaciones ni aflicción, sino más bien, con acción de gracias, garantizándoles que la paz de Dios guardaría su corazón. En concordancia con la primera lectura del profeta Isaías y el evangelio de San Mateo, San Pablo dice en la carta a los Filipenses que hemos de tener en cuenta “todo lo que es verdadero, noble, justo, amable, puro y laudable; todo lo que es virtud”, necesitamos una Iglesia y una sociedad nueva que produzcan frutos de justicia y progreso, humanidad y fraternidad, esa ha de ser nuestra conducta. c) Del Evangelio de San Mateo 21,33-43. El evangelista Mateo nos narra en su evangelio tres parábolas de Jesús sobre la viña del Señor, y estos versículos nos presentan la segunda de ellas. un propietario cuidó sus campos lo mejor que pudo, lo arrienda a unos labradores, ellos se creyeron que eran los dueños y quisieron quedarse con los frutos. Hasta el punto de que, cuando el amo envió a sus criados a buscar la cosecha, los mataron. Se atrevieron a matar incluso a su hijo. El señor se enfadó y con razón.  La parábola de los viñadores homicidas es un compendio de la historia de la salvación de Dios para el hombre, desde la alianza del Sinaí hasta la fundación de la Iglesia por Jesús. Pasando por los profetas y la persona de Jesús que anunció el Reino de Dios y fue constituido piedra angular de todo el plan salvador de Dios mediante su misterio pascual de muerte y resurrección. Hay dos aspectos cumbres en la parábola: la referencia cristológica, que es patente en dos detalles: El hijo del dueño es arrojado de la viña y muerto fuera de la misma por los viñadores malvados y avarientos. “este es el heredero; vengan lo matamos y nos quedamos con su herencia. Y agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron” (vv. 38-39). Alusión clarísima a la muerte de Jesús en el Gólgota, fuera de las murallas de Jerusalén. La mención final de la piedra, primero rechazada y luego convertida en piedra angular del edificio, o del arco de bóveda, fue un pasaje del Antiguo Testamento (salmo 118, 22) preferido por la comunidad cristiana para referirse a Jesucristo, el Señor resucitado y glorificado (Hechos 4,11; 1 Pe. 2, 4-7). Y la proyección eclesial, es el segundo matiz con que San Mateo enriquece la enseñanza de la parábola. Fiel a su objetivo catequético sobre el nuevo Pueblo de Dios que es la comunidad cristiana, enfatiza la misión de la Iglesia dentro del marco de la historia de la salvación: “Se les quitará a ustedes el reino de los cielos y se le dará a un pueblo que produzca sus frutos” (v. 43). De esta forma desplaza la atención de la imagen inicial de la viña hacia el Reino de Dios que es confiado a la Iglesia. La viña, que empezó representando a Israel, concluye significando tanto el nuevo Israel, la Iglesia, como el Reino de Dios. Así también los nuevos arrendatarios de la Viña no son exclusivamente sus jefes religiosos, sino el Pueblo como protagonista comunitario y fecundo en frutos.
La comunidad cristiana primitiva, en su reflexión posterior, entendió la parábola como una advertencia de Cristo para ella misma, como una invitación del Señor a dar frutos según Dios, puesto que se le ha confiado la viña, el Reino, para un servicio fiel y fecundo. La fe, el culto y la oración han de plasmarse en frutos, para no frustrar las esperanzas del señor en esta hora del mundo, tiempo de la vendimia y cosecha de Dios. Desde esta perspectiva eclesial, en su vertiente comunitaria y personal, tenemos que aplicarnos la parábola para que sea eficaz en nosotros la Escritura (1 Cor. 10,11; 2 Tim. 3,16). El Espíritu “que habló por los Profetas”, como confesamos en el Credo, sigue hablando hoy con los signos de los tiempos y el testimonio de los profetas y carismáticos de nuestro tiempo. Para una aplicación correcta de la parábola de la viña hay que superar la tentación de limitar su alcance. Es cierto que los primeros en aplicársela deben ser los responsables de la comunidad cristiana, pero sin olvidar que el compromiso de dar fruto es de todo el cuerpo eclesial y de cada uno de sus miembros. Jesús dijo: “Yo soy la vid y ustedes los sarmientos. El que permanece en mí da fruto abundante. Pero al que no permanece en mí lo tiran fuera, como al sarmiento, y se seca” (Jn.15, 5). Debe estar bien claro que la viña tiene un dueño que es Dios y esa viña ha de estar abierta a todos los pueblos, razas, lenguas, culturas, clases, mentalidades, en una palabra, a todos los hombres que con sinceridad buscan el bien y la verdad. Fuente: Luis Alonso Schˆkel: La Biblia de Nuestro Pueblo. B. Caballero: En las Fuentes de la Palabra.

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