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11 de mayo del 2021

Opinión

Augusto el jardinero

MARINO VINICIO CASTILLO R. En las luchas públicas es donde más abundan “las tomas de posiciones”. Es incesante la circulación de ideas y reclamos en el centro mismo de la jungla estruendosa, donde son peores los trinos que los graznidos. Cada quien dice abogar por algo que entiende como la única forma de servir al […]




MARINO VINICIO CASTILLO R.

En las luchas públicas es donde más abundan “las tomas de posiciones”. Es incesante la circulación de ideas y reclamos en el centro mismo de la jungla estruendosa, donde son peores los trinos que los graznidos.

Cada quien dice abogar por algo que entiende como la única forma de servir al pueblo; la suya, por supuesto.

El enjambre de dicterios y descalificaciones domina los escenarios de mayor contenido sensacionalista.

Si el tiempo es de elecciones, no se hacen esperar los elogios y ditirambos en favor de las preferencias de cada quien, según sus celosos cálculos. Los resultados de ese tipo de confrontación no pueden ser más desastrosos.

Se ha ido esterilizando el aprecio público, que termina por considerar que todo se reduce a un espectáculo repugnante, cuya única definición sería la de sainete, o en el mejor de los casos, aquelarre. Todo muy siniestro.

Una de las ventajas verdaderas que ofrece la edad prolongada es poder meditar a una distancia moral creciente, sin temer al asalto de las pasiones ni del degradante oportunismo.

Pasé por ello y cuando miro hacia atrás me estremece todavía saber de sus bajezas, de sus trampas inmundas; de sus venenosos dardos que tanto ensombrecen las maltrechas razones.

Otra ventaja de la vida larga es poder espigar de aquellas bregas cuáles pudieron tener algo de noble y serio, a fin de determinar por qué han conservado intacta su importancia y siguen siendo dogal de tantas esperanzas nuestras.

Por ejemplo, la droga como tragedia fue de cuanto quise advertir todo el tiempo durante décadas.

Los tímpanos sociales fueron tapiados por la opulencia y el miedo; y así se fue enfermando la juventud nuestra, quedando tan sólo el celaje de su legendario idealismo puesto en fuga, ya con forma de muerte.

Naturalmente, yo quedaba expuesto al peor desprecio y sólo algunas almas buenas, a ratos, se acercaban y me murmuraban al oído: “no te nos vayas”, “te necesitamos”, “por favor, no nos dejes”.

Era la angustia de los presentimientos de que cuanto anticipaba se iba tornando una cruda y dolorosa realidad como hundimiento.

Ahora, cuando me refugio entre los enormes árboles que sembraran mis mayores, junto a la cruz del río, les digo a los amigos que me ven meditar que cuantas veces llego al campo y me encuentro con Augusto siento un brote de ira profunda al verle y oírle balbucear sus fantasías delirantes.

Ahí es cuando lo recuerdo como era, apenas unos años antes; cuando trabajaba en el desarrollo de nuestro entrañable Fundo de Maria Dolores, la abuela, en el patio mismo de la capilla Jesús el Justo Eterno.

Augusto era un encanto, lleno de bríos y simpatías; el más querido por todos, vivaz y presto con una inmensa bondad para todas las tareas posibles.

Un día dejó de llegar Augusto, como siempre; se había tornado raro y violento. Supe luego, por sus compañeros, que habían ocurrido incidentes graves en su familia.

Primero lo murmuraban, después decidieron decirme lo que estaba ocurriendo con el jardinerito brillante: Se estaba “quemando” en la droga.

Vanos resultaron los esfuerzos por salvarlo. Su cerebro estaba devastado y así se abrió paso la tragedia de ese joven que, como decenas de miles de los nuestros, han pasado a ser bajas sociales, desgarradoramente irrescatables, Cada vez que llego es un recordatorio al verle, pues no he olvidado aún el camino donde hiciera tantas cosas buenas. Lo siento como un plomazo en la conciencia al ver el guiñapo que ya engendró la droga en nuestro alegre jardinerito.

A mis amigos les digo siempre que se den cuenta del porqué de mis luchas; que de todas las batallas que he librado la derrota que más me aflige es la de esa juventud nuestra, sobremanera, en un tiempo en que resultaría vital su presencia; casi todo esto como si se tratara de un diseño del diablo.

El crimen lo sabe en profundidad; si no los recluta, los mata; y a los próceres del debate público les allega, cuando no su plata, su aleve mención de plomo y muerte.

En fin, enferma y mata el crimen como la otra cara de sus oprobiosas riquezas.

A mis años me resulta imposible sentir satisfacción en medio de tantas penas; pero creo haber cumplido deberes, desde el pantano de la jungla del desencuentro.

En mi patria he servido con denuedo muchas causas nobles y pretenden ofenderme llamándome vencido en ellas; no me duele, excepto en ésta que relato como queja y ruego: Líbranos del mal, Padre Nuestro, que sólo tú puedes.

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