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06 de mayo del 2021

Opinión

“Bautícenlos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”

Cardenal Nicolás De Jesús López Rodríguez. Domingo de la Santísima Trinidad -27 de mayo, 2018. Este domingo la Iglesia celebra la fiesta de la Santísima Trinidad, inefable misterio con el que nuestra vida cristiana está íntimamente relacionada porque fuimos bautizados en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo, como es costumbre […]




Cardenal Nicolás De Jesús López Rodríguez.
Domingo de la Santísima Trinidad -27 de mayo, 2018. Este domingo la Iglesia celebra la fiesta de la Santísima Trinidad, inefable misterio con el que nuestra vida cristiana está íntimamente relacionada porque fuimos bautizados en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo, como es costumbre en los países de tradición cristiana, siendo esta fórmula trinitaria reflejo de la praxis bautismal desde la Iglesia apostólica. Aunque se comenzó a celebrar en el siglo XI (año 1030) el Papa Juan XXII es el que la establece oficialmente en el siglo XIV (año 1334). El hecho de que el misterio trinitario estuviera presente desde el comienzo de la Iglesia en los sacramentos de la iniciación cristiana por el Bautismo y la Eucaristía había hecho innecesario destacarla como fiesta aparte. Pero su celebración nos brinda una ocasión de renovar nuestra fe en el misterio fundamental que vertebra nuestro credo religioso y nuestra vida cristiana. También es oportunidad de tomar conciencia de nuestra condición de personas regeneradas en el nombre de las tres Personas divinas y de renovar nuestro compromiso bautismal. a) Del libro del  Deuteronomio 4, 32-34. 39-40. En la primera lectura Moisés habla con la autoridad que le caracteriza. Es evidente que la pregunta sobre Dios ha inquietado a los hombres de todas las épocas, “pregunta a los tiempos antiguosÖ ¿hay algún pueblo que haya oído, como tú lo has oído, la voz del Dios vivoÖ?” También el hombre contemporáneo se plantea la misma pregunta: ¿Quién es Dios? ¿Qué significa Dios para el hombre actual? Es interesante que ya el autor del Deuteronomio, uno de los primeros cinco libros de la Biblia conocidos como el Pentateuco, encuentra la prueba de Dios en su cercanía, a pesar de ser el Dios Creador y trascendente, el Dios que acompaña a su pueblo, que hace maravillas en su favor. Pero también que Dios es único: “reconoce que el Señor es el único Dios allá arriba en el cielo, y aquí abajo en la tierra, no hay otro”. El pueblo bíblico, el pueblo de Israel lo percibió, lo encontró o fue encontrado por Él en su camino, como guía, y se sintió amado por Él. Sabemos de las incontables pruebas de amor y predilección de Dios con su pueblo elegido, a pesar de sus repetidas infidelidades, sobre todo la idolatría en que tantas veces incurrió el pueblo de Israel. La fe monoteísta del pueblo de Israel desconoce el misterio trinitario, y aquí vemos que Dios siguió un proceso dinámico y ascendente de autorrevelación. Pero lo cierto es que el Dios único del Antiguo Testamento, tan seriamente comprometido con la historia de su Pueblo, es el primer paso para la plena revelación trinitaria que Dios quiso descubrirnos por medio de su Hijo Jesucristo. Jesús en su mensaje y en su persona fue haciendo también una revelación progresiva y dinámica: primero habla de Dios Padre que le envió, después de sí mismo como Hijo del Padre e igual a Él y al final de su vida menciona y promete repetidamente al Espíritu Santo que, junto con su propia misión, confiere a sus discípulos después de su resurrección. b) De la carta del apóstol San Pablo a los Romanos 8, 14-17. Esta carta es considerada por muchos como la más importante de las que escribió el Apóstol y ciertamente que lo es en su contenido doctrinal. Debemos reconocer que la comunidad cristiana de Roma no fue fundada por San Pablo, por eso llama la atención que el Apóstol se dirija a ellos, pero no podemos olvidar su larga y difícil experiencia evangelizadora en el Asia Menor, en Grecia, Macedonia y otras zonas de la cuenca del Mar Egeo. Además, escribe como ciudadano romano, condición que invocó en más de una ocasión cuando le querían golpear. Tenía ese privilegio, que entonces valía mucho, y seguramente que su propósito era que los cristianos de Roma le conocieran, además les dice que quiere visitarlos. En los versículos propuestos para la liturgia de la Santísima Trinidad, habla de la vida en el Espíritu. Habla o escribe un hombre que tiene profunda experiencia del tema. “Todos los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Y ustedes no han recibido un espíritu de esclavos, para recaer en el temor, sino un espíritu de hijos adoptivos que nos permite llamar a Dios Abba, Padre. El Espíritu atestigua a nuestro espíritu que somos hijos de Dios. Si somos hijos también herederos, herederos de Dios, coherederos con Cristo; si compartimos su pasión, compartiremos su gloria”. c) Del Evangelio según San Mateo 28, 16-20. Este domingo se leerán los versos finales del Evangelio según San Mateo. Jesús les había dicho a los apóstoles que fueran a Galilea, el lugar en que ellos habían nacido y donde, en su condición de pescadores, Él los había llamado. Mateo habla de once Apóstoles porque todavía no habían elegido a Matías; doce habían sido los hijos de Jacob, doce las tribus de Israel y doce tenían que ser los Apóstoles del Mesías. ¿Qué les dice Jesús en aquel momento solemne?: “Me han concedido plena autoridad en cielo y tierra. Vayan y hagan discípulos entre todos los pueblos, bautícenlos consagrándolos al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he mandado”. Las tres Personas divinas aparecen en labios de Jesús realizando el plan de salvación humana. El Padre nos expresa su amor dándonos a su Hijo, Cristo Jesús, que muere y resucita por la redención del hombre pecador. Y el Hijo envía desde el Padre al Espíritu de ambos para la santificación, adopción filial y guía de los creyentes hasta la plena verdad y posesión de Dios. Toda esta actividad trinitaria es salvación presente, actualizada de continuo en la fe, liturgia, vida y misión evangelizadora de la Iglesia. Estamos dentro de la órbita trinitaria porque Dios lo ha querido así, gratuitamente y por amor. Por eso el misterio de la Santísima Trinidad, un solo Dios en tres personas distintas: Padre, Hijo y Espíritu Santo, es el fundamento de nuestra esperanza, la fuerza de nuestro caminar y el contenido básico de nuestra profesión de fe, el Credo del Pueblo de Dios. Jesús reservó este mandato solemne, no olvidemos que habla el Hijo de Dios, para dar esta orden a sus Apóstoles y a través de ellos a toda la Iglesia, que debe continuar en el tiempo lo que ellos hicieron en los inicios de la predicación evangélica. Consiguientemente a nosotros se nos manda a predicar, a difundir sin miedo las enseñanzas del Evangelio y a testimoniar las verdades que contiene. Puede parecernos una tarea muy difícil, pero leamos las palabras finales de San Mateo: “Yo estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo”. Todo bautizado es y debe ser un testigo fiel y creíble del Evangelio. Vivimos en un mundo que conoce poco de Dios y parece que prefiere estar contra Él o prescindir de Él. Nuestra misión como cristianos es responder a estos ateos que Dios existe, que es su Padre y que los ama. No olvidemos que Jesús murió por todos para darnos la vida eterna.  Mañana en nuestro país estaremos celebrando el día de las Madres. Aprovecho para felicitar y bendecir de corazón a ese extraordinario ser, a través del cual el Señor nos dio la vida. ¡FELICIDADES A TODAS LAS MADRES EN SU DÍA! Fuente: Luis Alonso Schˆkel: La Biblia de Nuestro Pueblo. B. Caballero. En las fuentes de la Palabra.

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