31 de julio del 2021

Opinión

Boinayel, el pluvioso

Por BERNARDO VEGA. Durante más de una docena de años en que me desempeñé como funcionario público viví muchas experiencias. Como asistente del gobernador del Banco Central durante seis años fui testigo en la guerra civil de 1965 de cómo el Gobierno de Reconstrucción Nacional, que controlaba la zona donde estaba el banco, quiso sacar dinero […]




Por BERNARDO VEGA.

Durante más de una docena de años en que me desempeñé como funcionario público viví muchas experiencias. Como asistente del gobernador del Banco Central durante seis años fui testigo en la guerra civil de 1965 de cómo el Gobierno de Reconstrucción Nacional, que controlaba la zona donde estaba el banco, quiso sacar dinero para pagar a las fuerzas armadas y los americanos, buscando una solución a la crisis y sabiendo que sin dinero esos militares no seguirían luchando contra los constitucionalistas, colocaron un tanque de guerra en el sótano del banco para que nadie pudiese entrar. Fue algo muy poco ortodoxo y en los manuales de política monetaria no encontré  guías al respecto. Luego, durante mi gobernación (1982-1984), esta lamentablemente coincidió con la crisis de la deuda externa latinoamericana, la llamada “década perdida”. Fue cuando se estableció un récord, no superado aún, por suerte, de once países latinoamericanos con acuerdos simultáneos con el Fondo Monetario Internacional (FMI).

La cercanía con mi tío y padrino, Emil de Boyrie Moya, me inculcó una pasión por la arqueología y al crearse el Museo del Hombre y al fallecer su primer director y fundador, el arquitecto José Antonio Caro Álvarez, me acerqué al despacho de Balaguer informando que aceptaría, sin sueldo, ser su sucesor. El presidente no solo vio muy bien mi propuesta, sino que agregó que esperaba que sería el inicio de mayores involucramientos míos con su gobierno, lo que yo estaba seguro no sucedería por no compartir con sus principios.

Siendo director aproveché un viaje a Londres para conocer la docena de zemíes de maderas preciosas en el inventario del museo arqueológico y que se encontraban en un almacén en las afueras de esa ciudad. Luego logramos que la Cámara de los Lores aprobara el envío temporal de esa colección a nuestro museo. El Departamento de Seguridad del “Museum of Mankind” (ya no se repetía el error del “Museo del Hombre” de París, para no herir a las feministas) envió a un detective a Santo Domingo para comprobar que la colección no correría peligro de robo o nacionalización. Este amaneció varias veces dándole vueltas al edificio del museo y luego me dijo que mi país aún era lo suficientemente pobre como para que existiese entusiasmo por robar piezas artísticas.

Y así fue que llegó Boinayel, el pluvioso, de cuyos ojos salían grandes lágrimas, pues era el dios taíno que auspiciaba la lluvia que tanto necesitaba la yuca, su principal alimento.

Para entusiasmar al público en una nota de prensa expliqué que el dios taíno de la lluvia era equivalente a Tláloc, el dios azteca de la lluvia y que cuando esa imagen apareció en el sur de México y fue llevada al Museo Arqueológico en el Distrito Federal, llovió durante muchos días. Cientos acudieron a la inauguración de esas joyas de nuestra cultura prestadas por los ingleses. Pero grande fue mi sorpresa cuando recibí poco después una llamada del despacho del presidente Antonio Guzmán donde se me informaba que en todo el país, sobre todo en Barahona, las lluvias estaban causando inundaciones y los campesinos reclamaban que Boinayel fuese sacado del país. Después de asegurarme que en el Palacio Nacional no creían en esas cosas, me pidieron cortésmente que devolviera de inmediato a Boinayel a los ingleses, recordándome que en Londres llovía mucho.

El acuerdo con el Museum of Mankind era que el mismo técnico que acompañó la colección al país sería la única persona que un mes después y ya de regreso podría embalar las piezas, pero, por suerte, Boinayel estaba a pocos metros de un almacén de depósito y a medianoche, con un fiel empleado lo movimos allí. Al día siguiente y midiendo muy bien mis palabras para no decir mentira, expliqué a Palacio que “Boinayel ya no está”.  Me felicitaron pues ese día había amanecido con un magnífico sol en todo el país. Un mes después acompañaba las piezas a Caucedo para su envío al pluvioso Londres.

Al finalizar en forma trágica el Gobierno de Antonio Guzmán un importante líder político de su partido comentó públicamente que entre los problemas que este había tenido que enfrentar había estado el impacto de Boinayel sobre el régimen de lluvias

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