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21 de abril del 2021

Opinión

Compadre, siento voces

Marino Vinicio Castillo R. Al decírmelo era claro que no sabía lo alarmante y peligros que es oír voces. Sobre todo, si se trata de alguien sensato y sereno, valeroso por demás, que siempre ha hecho galas de mucho aplomo y coraje frente a las adversidades de la vida. Suponerlo, pues, doblegado de la realidad […]




Marino Vinicio Castillo R.
Al decírmelo era claro que no sabía lo alarmante y peligros que es oír voces. Sobre todo, si se trata de alguien sensato y sereno, valeroso por demás, que siempre ha hecho galas de mucho aplomo y coraje frente a las adversidades de la vida. Suponerlo, pues, doblegado de la realidad en uno de esos súbitos brotes esquizoides no sería un exceso ni una ofensa. Por ello me permití preguntarle, no sin cuidado: “Compadre, y el muchacho, ¿Cómo sigue?”. Su rostro se ensombreció y en voz bien baja respondió: “Eso está en manos de Dios”. Me apenó ver tanto desaliento en su expresión, no la confianza del hombre de mucha fé que ha sido siempre. Ya me habían barruntado que sus bienes modestos se habían reducido, aun más, por las necesidades del tratamiento; que éste había sido suspendido bajo la triste expresión aquella de los profesionales del ramo “ya no queda mucho por hacer, lléveselo y al cuidare se cuidarán ustedes, que es difícil saber de lo que son capaces en sus delirios.” Me conmovió oírle decir: “Compadre, le confieso que no le creímos sus anuncios de que esas cosas vendrían y ya están aquí.
Ahora, cuando estamos ahogados, lo que oímos son voces que no se saben de dónde vienen, cuando ya todo está perdido”. Con lágrimas en sus ojos de hombre cabal, agregó: “Lo peor es que en los trotes por su curación me tocó saber que son otras muchas las familias que están en ese infortunio de una muerte en vida; tengo miedo, Compadre, por nuestro país y usted sabe cuánto yo lo he querido”. Por experiencias como la que es contada he sufrido mucho porque me derrumba pensar que quizá no pude hacer cuanto debía para evitarlo, reducirlo, controlarlo, o en el mejor de los casos animar y convocar a tantos otros indiferentes, algunos de los cuales ya han recibido la visita de esa tormenta, que no distingue, como la muerte, entre chozas y palacios. Un sabio amigo extranjero contribuyó a mi alarma y ya hace mucho tiempo, siendo él autor de brillantes obras sobre el tema, me dijo: “No preste usted toda la atención al día a día del crimen, a sus sangrientas balaceras y ajustes de cuentas, ni a los sensacionales alijos; cierto es que todo es terrible, pero, no pasa de ser la entrada por los sótanos del medio social”. Me dijo, además: “Lo verdaderamente atroz son las riquezas que entran por las azoteas de la sociedad y se incorporan a su dinámica sin que se sepa dónde comienza lo ilícito que traen y donde termina lo lícito que tenemos, porque son estructuras mafiosas, silentes y destructivas de otras partes del mundo.” Cuando me advirtió, admito que me costó trabajo vislumbrar los alcances; tuve que ir comprobando con los pasos del tiempo que aquel extranjero amigo tenía toda la razón; ya él lo había vivido en su martirizada y brillante sociedad y lo que hacía era transmitirme su trágica experiencia. Ocurre que ahora temo pensar de dónde vienen las voces que dice oír el Compadre. Sé que son signos de los malignos efectos colaterales que el negocio del narco acarrea. Y eso, es preciso retenerlo, porque por cada hijo malogrado en la adicción hay una familia crucificada en plena caída libre en el abismo de un gran desastre. Desde la reputación de la familia que tiende a perderse hasta esas esquizofrenias que les hace oir voces es el más severo aviso de su presencia. Tal es el drama. Me imagino esas aberraciones generalizándose en el colectivo nuestro y cómo se van condensando y cuánto podría tener el desenlace como suicidio nacional. Esto, sin tomar en cuenta que si se generaliza ese “oir voces” por las reacciones de las familias malogradas, podrían venir estertores indefinibles, de gran calado. El crimen lo sabe y no le importa, pues está gozoso sintiéndose parte de la importancia que cobra como Estado virtual y se solaza ante el fracaso del Estado formal, tradicionalmente conocido. Más poder será alcanzado por el crimen porque no aparecen obstáculos verdaderos a sus éxitos; ya están rebasados aquellos tempos en que su insidiosa penetración llevó a toda la nación al error de que no había porqué preocuparse; que éramos apenas un territorio de tránsito y que jamás habría consumo; que los jóvenes y adolescentes serían simplemente utilizados para sus operaciones en tal tránsito y harían las veces de un Robin Hood multitudinario, de tal forma que serían provechosos los resultados para las familias de desempleados y enfermos de la gran pobreza nacional que constituyen sombrías mayorías.
Nos fuimos enfermando así, sin saberlo. La familia, que no comprendió al principio de qué se trataba, es la que se multiplica y hoy se sabe de sus cabezas hundiéndose en quebrantos mayores, como oír voces. Cuando finalmente le pregunto al Compadre por la Comadre, sólo me dijo: “Imagínese cómo está su ánimo, que para dejar de llorar tiene que rezar todo el día y pasar toda la noche en vela. Mejor que no le cuente de los hermanos y las hermanas. Ha sido un infierno. Le repito, Compadre, siento miedo y me espanta tanto sufrimiento agregado al mío”. Medité y me dije hacia dentro: Agregue el mío, Compadre.

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