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17 de abril del 2021

Opinión

Confieso que fui un espía (1 de 2)

Por SERGIO FORCADELL. Si, tal vez ustedes no lo sepan y se van a llevar una tremenda sorpresa la decirles que el nombre de Sergio Forcadell que he venido usando tantos años en República Dominicana no es mi nombre real, sino uno inventado para cubrir mi verdadera identidad y la historia agitada de una parte importante […]




Por SERGIO FORCADELL.

Si, tal vez ustedes no lo sepan y se van a llevar una tremenda sorpresa la decirles que el nombre de Sergio Forcadell que he venido usando tantos años en República Dominicana no es mi nombre real, sino uno inventado para cubrir mi verdadera identidad y la historia agitada de una parte importante de mi vida que hoy me atrevo a confesarles. Pongan toda la atención posible. Porque en verdad va a ser reveladora y sobre todo impactante.

El nombre auténtico, el mío-mío, el de verdad-verdad, es el de Físgon Vitillero, pues aun siendo un simple bebé de pocos días siempre me interesó de una manera asombrosa saber todo lo que pasaba a mi alrededor. Si la ropa interior de las vecinas que me visitaban y besuqueaban era negra o roja, si el cura había bebido más de una copa celebrando la misa de mi cristianización o cómo de tanto en tanto miraba a hurtadillas esa feligresa tipo hippy que dejaba entrever un par de senos distinguidos a través de un arriesgado escote. Y por ello, con esos extraños pero reales nombres mis padres, que poseían una intuitiva visión de futuro, me bautizaron y me inscribieron en el registro oficial de nacimientos. Físgon en lugar de Fisgón pues puede parecer a la vez latino y americano y Vitillero por mi capacidad innata de vigilarlo todo y además hacían la función a la perfección de apellidos.

Durante la adolescencia esa tendencia al chisme, a la averiguadera ajena y al ¨brecheo¨ de vecindario creció de manera exponencial, fuera de lo común, como si fuera un Gotzila gigante, y ya siendo un joven bastante formado estas y otras lides emigré a una gran potencia occidental para tratar de ingresar en una organización de agentes secretos y cumplir con el potencial de mi verdadera vocación, la de ser Espía, la que la llevo en la sangre, incrustada a fuego rojo en mí ADN. Además, creía que mi peculiar paraguas onomástico podría ser una buena carta de entrada en tan difíciles instituciones, como así sucedió.

La primera entrevista fue clave dejando a todos los miembros del jurado más que impresionados, noqueados. Antes de preguntar mí nombre y el significado del mismo, le dije al presidente el suyo, el de sus dos hijas y el del bóxer que cuida su casa, y que la prima de su ex cuñado, Jane, la que se operó de la vesícula biliar en el Saint Jhon Hospital de Nashville el 14 de junio del pasado año, había tenido una aventura con Elmer Harper, el dueño de la carnicería donde solía comprar y que de carnes, sobre todo de las femeninas, entendía bastante. El lugar fue el Motel West Happy el de la ruta 123, hacía exactamente 35 días, catorce horas veinte minutos, 16 segundos. Por su duración y originalidad de números se les hizo un 10% de descuento.

No dudaron en aceptarme ni un segundo y me integraron a un equipo especial de alto rendimiento, y en solo seis meses por mis excelentes calificaciones y resultados positivos a todos los niveles me enviaron a una ciudad europea fronteriza y amurallada, cerrada por las potencias orientales para que sus habitantes no pudieran pasar a las de occidente, y ahí realizar mis primeras misiones de espionaje como prueba. O las pasaba o simplemente moría, O por los guardias fronterizos que la custodiaban o por la baja deshonrosa de mi academia. No había términos medios.

Eran los tiempos del espionaje de verdad, nada de celulares, nada de lo virtual de ahora, nada de los sofisticados satélites espías que a 200 kilómetros de altura captan la marca del papel higiénico en el mismo momento y lugar que el director general de una CIA de esas está utilizando en su chequeado inodoro con los calzoncillos bajados. Eran los tiempos de comunicarse en primitivas claves a través las cabinas de teléfonos en bares o carreteras, o por aparatos de radios clandestinos siempre buscados por los radares móviles policiales en los camiones del contraespionaje.

Tiempos de recibir pobres pagas y menguadas dietas para esconderse un día y otro en tristes pensiones y no ser capturados, de ir mal vestidos envueltos en amplias gabardinas de tela barata, con cuellos altos, solapas grandes, sombreros de ala ancha que se empapaban como bollos en café con leche hasta chorrear con las pertinaces lluvias de esas frías regiones. De sentarse en un hotel detrás de unos lentes negros disimuladores aparentando leer un diario y escuchar las conversaciones de políticos o industriales por si había algo interesante que informar.

De seducir viejas funcionarias feas como espantajos para poder robar sus sellos documentales y llaves de archivos, entrar subrepticiamente en habitaciones y oficinas rabiosamente custodiadas para robar o fotografiar planos y documentos clasificados muy comprometedores. De jugarse literalmente la vida en cada escapada. Esa era la vida del espionaje que aún añoro.

Allí estuve por dos años siendo uno de los pocos que pudo sobrevivir gracias a mis habilidades naturales y aprendidas, las cuales me permitieron saltar los muros divisorios más de una docena de veces burlando la fortísima vigilancia policial y del ejército que sobre ellos ejercían y las múltiples trampas instaladas para cazar posibles fugitivos. Seis compañeros de nuestro equipo fueron masacrados a tiros al pie de los bloques o quedaron desangrados y colgados en lo alto de las alambradas de púas, y otros ocho murieron en tétricas prisiones después inacabables padecimientos y prácticamente degollados.

Por mi parte, en tres ocasiones incluso pude ayudar a escapar varios personajes importantes de la oposición que eran perseguidos a muerte en su propio país. Todas estas acciones más allá de lo temerario y lo casi suicida me valieron varios ascensos importantes, y al final fui promovido como número uno y llamado a las oficinas centrales para darme una nueva y más peligrosa misión. Por mi parte nunca pude sentir mayor felicidad y orgullo personal. Era un espía nato, estaba triunfando y disfrutando mis éxitos.

La nueva tarea era dificilísima, una de esas llamadas con razón ¨misión imposible¨ y debía realizarse en la capital de la principal potencia enemiga, cuyas oficinas estaban situadas dentro de una ciudadela rodeada de antiguas iglesias construida para esos fines, y absolutamente controlada sus pocas salidas y entradas por un numerosísimo personal de seguridad uniformado y vestido de simple paisano. La tarea a realizar era determinar el lugar exacto de unas bases ultra secretas donde se fabricarían doce bombas nucleares de una inmensa capacidad destructiva desconocida hasta el momento, capaces de acabar con países inmensos en apenas unos minutos. Y para despistar su posible ubicación se estaban haciendo media docena de emplazamientos más para ocultar el principal.

Mis trabajos de inteligencia comenzaron a dar frutos. A los tres meses después de unas febriles y arriesgadísimas actividades que casi me costaron un par de veces la vida, ya tenía casi al alcance de mis manos el más sagrado de sus secretos cuando fui detenido de la manera más cándida por los servicios secretos enemigos justo durmiendo la única hora que me asignaba como descanso diario.

Sucedió que al agente encargado de mi apoyo logístico, un agente mediocre que en sus tiempos pasados fue un gran aficionado a la bebida blanca de nuestros enemigos, no pudiendo resistir la presión tan enervante a la que estaba sometido, se emborrachó en una cantina de barrio y en vez de cantar las melodías del lugar que tenía aprendidas por si acaso era pescado, el alcohol destilado de papas lo hizo recitar en su idioma nativo y acabó en solo unos minutos las dependencias policiales enemigas.

Allí, ante el panorama de padecimientos le plantearon dos escenarios. Si decía dónde yo me ocultaba pues era la persona más buscada por todos los rincones del país, me conocían ya bien y hasta me temían, le perdonaban la vida y le asilaban y ocultaban junto a su familia del lejano oriente para toda la vida cambiando su identidad, como así lo hicieron cuando me delató, o lo someterían a un viacrucis de castigos inaguantables que no pararían ni aun después de estar en su tumba. Como era hasta cierto punto lógico, por su debilidad, eligió el primero, el pellejo para seguir arrimado al alcohol de papas.

A mí me llevaron a unas dependencias especiales que habían construido para practicar los viejos métodos tradicionales de tortura para espías junto a otros más modernos y aún más peligrosos basados en drogas recién descubiertas y métodos psicológicos y psiquiátricos audiovisuales nunca antes experimentados, y por ello confiaban en obtener resultados rápidos y absolutamente confiables. Era un ambiente que presagiaba lo peor de lo peor. En comparación, el infierno más abyecto hubiera parecido un jardín de infancia instalado en los ámbitos celestiales.

La verdad no tenía miedo a lo que esos carniceros pudieran hacer con mi cuerpo o espíritu. Iba a soportarlo todo. Pero estaba absolutamente abatido, muerto mi orgullo interior, avergonzado de mí mismo, desnudo de méritos. Me habían cazado en la cama como a un principiante, como a un inocente pajarillo acurrucado en el nido. A mí, al gran Físgon, al Físgon Vitillero, al espía monstruo de mi agencia. Mil veces hubiera preferido morir batiéndome a balazos con mis contrarios, o ser atravesado por afiladas bayonetas al pasar un muro, o que una mina acabara con mi vida y mi cuerpo en mil pedazos al cruzar una zona prohibida.

Pero caer en un simple y no planchado pijama durmiendo fue imperdonable aunque hubiese sido por culpa de otro. Había fracasado en lo que más quería en el mundo y puesto en serio peligro a mi organización. Aunque sobreviviera, cosa totalmente improbable, ya no sería nunca más espía. Y eso me dolía más que todo lo de ahora en adelante pudieran hacerme, o eso creía.

Las torturas viejas y nuevas a las que fui sometido prefiero no describirlas para no horrorizar a los lectores. Para no salpicarlos de sangre, líquidos, fluidos repugnantes y pus. Fueron tan bestiales, tan salvajes, tan innovadoras las psiquiátricas que no pude resistirlas. Físgon, el espía de acero, de un acero ya quebrado por el fracaso de su detención llegó un momento en que como aquel débil pellejo del alcohol de papas que me delató, habló. Hablé por la boca, por la nariz, por las orejas y hasta por los codos y rodillas.

Dije los nombres y ubicaciones de mis compañeros que trabajaban en ese país y en el mío, los lugares donde se construían en occidente plataformas de nuevos espías satélites y muchas más cosas fueran verdad o no. Ya no era ni mi más simple sombra de yo, sino un residuo desechable de vergüenzas personales sin contenido alguno.

Me llevaron a una especie de sanatorio mental donde estuve ocho meses y gracias a las nuevas técnicas reconstructivas de la mente que solo ellos sabían aplicar puede reponerme un tanto de todo lo padecido y hasta reconocía algunas caras de otros presos y locos que allí pululaban. Después, me encarcelaron en régimen solitario dos años más en una tan diminuta como aislada y húmeda celda, hasta que un frío día de enero un oficial con abrigo y gorro de gruesa piel de oso abrió la puerta y me dijo en eslavo, un idioma que siempre dominé a la perfección:

Hoy es tu día de suerte, te van a intercambiar por Igor Chismosov, nuestro mejor agente que fue capturado hace unos meses por los agentes de ustedes. Sin hablar nada más me llevaron directamente a las escaleras de un avión que habían preparado para trasladarme a la ciudad de los muros y las alambradas infinitas que tan bien conocía

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