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15 de abril del 2021

Opinión

Contra canto del hato y el batey

Por Rafael Acevedo. El hato era un orden de cosas carente de futuro. Un sistema de paz y acomodación social, donde era casi inoperante el conflicto entre patrón y servidor; (siendo éste, una mezcla de esclavo, liberto, trabajador, mediero, aparcero; mezclado con parentesco, consanguinidad, amistad y camaradería). Una prolongación de La España Boba. Abandonada la […]




Por Rafael Acevedo. El hato era un orden de cosas carente de futuro. Un sistema de paz y acomodación social, donde era casi inoperante el conflicto entre patrón y servidor; (siendo éste, una mezcla de esclavo, liberto, trabajador, mediero, aparcero; mezclado con parentesco, consanguinidad, amistad y camaradería). Una prolongación de La España Boba. Abandonada la colonia, por segunda vez, cunde el mestizaje de negros, nativos, criollos y mulatos; y de españoles cuya lealtad a España ya era borrosa; mezcolanza y sociedad que evolucionó por siglos, y trasciende la Independencia y la Restauración de la República. El batey, contrariamente, es un fenómeno distinto, reciente, que se desarrolla entre finales de los 1800 y principios de los 1900: Un implante forzoso, ajeno a nuestra tradición y cultura.
El hato es enemigo del batey: Negros y mulatos dominicanos fueron agredidos social, económica y culturalmente por el batey. De ahí resultó gran parte del cimarronaje, mulatos alzados contra el batey y la intervención. Paralelamente, el tradicional caudillaje, y grupos de poder de clase media, del Cibao y también de Capital, resintieron y resistieron la Intervención. Cuyos efectivos persiguieron en el Este a negros y mulatos que se opusieron a la expropiación arbitraria de sus predios, su propiedad y único sustento. En el Cibao, la intervención desarmó caudillos y hombres libres, casa por casa, principalmente medianos y pequeños tabacaleros, principal motor de nuestra incipiente democracia. Distintamente del hato y el batey, el auge tabacalero fue producto de su labor agrícola independiente vinculada al comercio local y europeo (Bonó; Hoetink; Ferrán). La cultura del batey estuvo marcada por la importación de mano de obra semi-esclava; aunque también trajo gente con buena formación técnica y religiosa de islas inglesas, Puerto Rico y Cuba. Pero el batey ha sido una cultura de oprobio, donde abunda el abuso del mayoral, del pesador-comprador sobre los cortadores de caña, el “Over”, magistralmente narrado por Marrero Aristy. El batey no solo es extraño, sino injusto, amargo y cruel. Ajeno a nuestra realidad sociocultural de siglos anteriores; sociológicamente trastornador del proyecto duartiano de igualdad de razas y credos, y de todo ciudadano ante la ley. La Leyenda del Negro Haragán y el Negrito del Batey, de Héctor J. Díaz, relievan el estereotipo de dominicano que dice: “El trabajo para mí es un enemigo”. El hombre del batey, explotado y abusado, solo encuentra gozo y paz en el ocio y la fiesta… pero hasta a su bebida, destilada de miel de azúcar también… “es del Ingenio” (Mir).
Hemos sido una búsqueda rebelde de libertad e identidad. Porque el dominicano ha aprendido, cada vez: ¡Ser libres de nuevo! Como nuestros ancestros oriundos de Quisqueya, de África y otros lugares de donde muchos vinieron en calidad de apátridas y desterrados. El batey fue maldición, el trabajo forzado, abusado fue su signo. Muchos todavía no encuentran en el trabajo dignidad y liberación; aun no superan la idea de castigo, del cual Cristo nos liberó; pues al santificarlo, lo convierte en clave para la autorealización como individuos y como Nación.

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