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07 de mayo del 2021

Opinión

Corrupción y clientelismo, peligrosa mezcla

Soraya Castillo. Las sociedades, al margen de sus particularidades, están siempre sometidas a procesos de transformación en distintos órdenes, que son los que a su vez motorizan el desarrollo de los pueblos. Pero existen también sociedades donde estos procesos se estancan sin que a futuro se vislumbren posibilidades reales de cambios. Y esta parálisis, que […]




Soraya Castillo.
Las sociedades, al margen de sus particularidades, están siempre sometidas a procesos de transformación en distintos órdenes, que son los que a su vez motorizan el desarrollo de los pueblos. Pero existen también sociedades donde estos procesos se estancan sin que a futuro se vislumbren posibilidades reales de cambios. Y esta parálisis, que entonces atenta contra el ánimo de progreso de las colectividades, puede venir dada por varias razones. En esta ocasión, voy a referirme a dos situaciones que se entremezclan para parir resultados a veces letales a las legítimas aspiraciones de alcanzar una sociedad más organizada y valga la pena sentar domicilio de por vida. Aquí hablo del germen de la corrupción y el clientelismo político. La corrupción no sólo crea pobreza a grandes mayorías y enriquece a unos pocos, sino que arrastra consigo la maldición de sepultar sueños y ambiciones compartidas de desarrollo. Esa plaga infecciosa tiene el poder de desestabilizar, fomentar desconfianza ciudadana e ingobernabilidad. La corrupción se contrapone a la transparencia y al buen hacer; comienza en la política partidaria para hacer metástasis e incrustarse en las simientes de la política de Estado. Cuando ocurre esto último, entonces los remedios para curarla se dificultan de tal modo que muchas sociedades terminan sucumbiendo ante ella. Y es esa capacidad de expandirse y echar raíces lo que hace de la corrupción el principal enemigo de los pueblos, porque le arrebata sus ilusiones de ser mejor cada día, de avanzar y construir nuevas utopías. El clientelismo político se convierte en este contexto en el amasijo perfecto de la corrupción, porque es un embriagante de conciencias y voluntades. Su poder consiste en eso, precisamente, en atraer y conquistar apoyo a causas ajenas al interés general. A la postre, el clientelismo es mentiroso, engañoso y fraudulento, pero la tentación expresada en días más venturosos se vuelve objeto de inspiración para quienes con descaro y desvergüenza la practican, y de aquellos que reciben y saborean sus frutos. La fórmula primaria del ‘tú me das y yo te doy’ del clientelismo político hace combinación perfecta con la corrupción, pero en el fondo es también una forma franca y abierta de corromper, porque promueve un intercambio de favores y beneficios sin que medie una justificación razonable entre dar y aceptar. Por todo esto y más, estamos, pues, ante dos elementos no deseados, pero que cobran vida y se fortalecen aquí, allá y en todas partes.

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