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13 de abril del 2021

Política

Cristianismo, internacionalismo y migración masiva

Los que han leído el libro de Éxodo y los restantes que forman el Pentateuco, pueden entender que el exilio en Egipto fue una especie de invernadero, de laboratorio sumamente controlado, como suelen hacerlos los científicos con sus experimentos; y que lo que vino inmediatamente después fue parte de la formación, en forma aislada y […]




Los que han leído el libro de Éxodo y los restantes que forman el Pentateuco, pueden entender que el exilio en Egipto fue una especie de invernadero, de laboratorio sumamente controlado, como suelen hacerlos los científicos con sus experimentos; y que lo que vino inmediatamente después fue parte de la formación, en forma aislada y aséptica, de un pueblo, primero en el desierto y, luego, en tierra de Canaán; con tanto cuidado, que prohibía a muerte la mezcla con culturas y dioses ajenos; como un entomólogo que sabe que el polen de cualquier otro árbol daña la nueva especie o variedad que él espera que será más productiva y beneficiosa. La migración a Babilonia, siglos más tarde, fue una cuarentena, un escarmiento a un pueblo que se estaba contaminando respecto a los propósitos de Dios. Todavía sirve de ejemplo que, en su forma societal y cultural actual, los migrantes judíos no suelen mezclarse con otros pueblos, como tampoco son siempre recibidos como hermanos sin restricción alguna por ser el supuesto o real pueblo de Dios. La caridad cristiana obliga a recibir y cuidar del extranjero, lo que debe entenderse, en primer lugar: Cuidarlos, como manda Dios, igualmente a pobres, huérfanos y viudas. Recientemente, en varios artículos he insistido, en base a la Biblia, que Dios es un planificador esmerado y un estratega minucioso, un Dios de propósitos y de orden. Y por más piadosos que seamos, a nadie se le puede ocurrir que un país cualquiera, especialmente desorganizado y pobre, deba dar cabida a cualquier forma de inmigración, especialmente de personas desconocidas, sin ni siquiera un lenguaje y una cultura común, y cuyos propósitos y planes de participación y asentamiento en nuestro país no sean conocidos y precisados, ni aproximadamente predecibles ni controlables. Lo de nuestro racismo ancestral, suele ser una combinación de experiencias históricas y herencias culturales mezclados con pobreza, y con incapacidades estructurales para manejar las situaciones que se suelen crear. El desorden institucional y societal, y la corrupción, política y general, son tales que nos hacen no-aptos para recibir visitas de manera decorosa; y ni siquiera para garantizar a visitantes un trato razonablemente responsable y decente. Por otra parte, debemos tener gran cuidado respecto a intereses de naciones, especialmente de aquellas que han tenido gran responsabilidad histórica en lo que en Haití ocurre durante siglos; y con posibles prejuicios anti dominicanos o pro haitianos de ONG y entidades asalariadas para la defensa de inmigrantes y grupos minoritarios de variados tipos, a menudo de notable activismo y agresividad. Debemos ser firmes y coherentes, sin olvidar que el amor y el perdón nos hacen iguales y reconciliables con todas las razas y naciones, siempre cuidando el Plan de Dios y la integridad de nuestra nación y nuestras familias. Mucho cuidado: El internacionalismo de Yahvé no se refiere a una mezcolanza cualquiera, de tipo aleatorio, carente de propósito. Por supuesto, Yahvé es internacionalista, cosmopolitita y universalista, pero bajo estrictos propósitos y condiciones, que beneficien los pueblos que, como el nuestro, traten de honrarlo. Por: Rafael Acevedo.

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