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13 de mayo del 2021

Opinión

Cronicanto al optimismo

Pablo McKinneyPABLO MCKINNEY  Nos ocurre en muchos temas, el amor por la Zona Colonial, por ejemplo. Personalmente, siempre me ha llamado la atención, la forma en la que los extranje­ros, observan y disfrutan de nuestra Zona Colonial. En cambio, los dominicanos, en nuestra aparente pos­modernidad de bares caros y modelos buenonas, no la sentimos tan […]




Pablo McKinneyPABLO MCKINNEY

 Nos ocurre en muchos temas, el amor por la Zona Colonial, por ejemplo.

Personalmente, siempre me ha llamado la atención, la forma en la que los extranje­ros, observan y disfrutan de nuestra Zona Colonial.

En cambio, los dominicanos, en nuestra aparente pos­modernidad de bares caros y modelos buenonas, no la sentimos tan nuestra.

Nos encanta tomar capuchinos en el Village de New York, pasear por La Castellana en los veranos de Madrid o creernos capaces de inventar el amor en los bulevares de París, pero de “El Conde” nada, del Parque Colón tampo­co; eso es cosa de turistas y muchachas que “se buscan la vida”, como si las call girls de los bares de vitrina del polí­gono central se buscaran la muerte.

No amamos la ciudad porque es nuestra, que es una triste forma de no amarnos a nosotros mismos, lo que es tan grave como la corrupción o la inseguridad ciudadana.

Los dominicanos heredamos una enfermiza vocación para el pesimismo, que nos impide admitir nuestros avan­ces.

Desde Américo Lugo o José Ramón López, hasta ayer como a las cinco, ha sido así.

Ahora ha tocado el turno al desempeño de nuestras pa­sadas y actuales autoridades en el enfrentamiento del Co­ronavirus, donde encontramos que un estudio del NYT pronostica que para 2021, solo cuatro países de América completarán el proceso de vacunación de todos sus ciuda­danos, y el nuestro es uno de ellos.

Y digo más: Por años hemos disfrutado de estabilidad macroeconómica, con un aumento histórico en nuestro ingreso per cápita, baja inflación, envidiable estabilidad cambiaria, y una disminución importante -aunque insu­ficiente- de la pobreza y la desigualdad, muy por encima del promedio latinoamericano.

Estos y otros datos son confirmados por organismos in­ternacionales, y aparecen en el informe sobre la economía dominicana elaborado por la oficina de consultoría estra­tégica global McKinsey and Company; pero resulta que ni aún así somos capaces los dominicanos de reconocernos en nuestros avances, sin olvidar, -por supuesto-, nuestros grandes desafíos, aplazamientos irresponsables y tareas pendientes.

Entonces, es tiempo ya de que el ciudadano de a pie, Juancito Pérez Vidal, alias Tito, asuma que su país avanza -en su liga de nación de mediano desarrollo-, pero avan­za; y que los profetas del desastre -que decía don Juan Bosch- se consuman en su salsa de negación o exageracio­nes con ITBIS, según estén en el poder o en la oposición.

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