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21 de abril del 2021

Opinión

Cuentos de cámara

César Duvernay. Que en medio de quejas por alegada falta de presupuesto los miembros de la Cámara de Cuentas de la República Dominicana (CCRD) haya dispuesto aumentarse sus salarios, constituye una insolencia en el más complaciente de los casos. Subirse más de 73 mil quinientos pesos a los privilegiados sueldos de 350 mil que devengaba […]




César Duvernay.
Que en medio de quejas por alegada falta de presupuesto los miembros de la Cámara de Cuentas de la República Dominicana (CCRD) haya dispuesto aumentarse sus salarios, constituye una insolencia en el más complaciente de los casos. Subirse más de 73 mil quinientos pesos a los privilegiados sueldos de 350 mil que devengaba su titular, y sesenta y cinco mil 793 a los demás cuatro integrantes que ya recibían 313 mil, es una falta de respeto a la población pobre que con sus impuestos les paga esos estipendios apartes de viajes, gastos de representación, vehículos, celulares y una serie de etcéteras. Desproporción a la que se le suman extravagancias y gastos superfluos (cigarros, conciertos, banquetes y donaciones incluidas) que desafían todo sentido común a saber que la actual CCRD no tiene ni siquiera un año de haber sido instalada en sus puestos. Para colmo de males, y pese a la estridencia del escándalo, el pleno ha preferido la callada como respuesta lo que ha acrecentado la indignación colectiva que ante lo visto, teme que se haya puesto al ratón a cuidar el queso. Resulta muy penoso que una institución cuyos orígenes se remontan a la primera Constitución de 1844 y que está llamada a ser vigilante  del buen uso del patrimonio dominicano, no haga conciencia de esa realidad. Que sus incumbentes olviden la máxima de que se predica con el ejemplo y que acciones como estas le quitan legitimidad ante quienes deben hacer su trabajo. Pareciera como si la CCRD olvidara como institución que aún resuenan amargamente en los oídos del país aquella mala experiencia del 2008 cuando, y por irregularidades hasta cierto punto parecidas, sus entonces miembros fueron interpelados por el Senado y obligados a renunciar deshonrosamente en medio del escándalo. Hay voces que entienden que el congreso, responsable entre comillas de su designación, debe hacerle un juicio político al pleno para que den su explicación ante lo inexplicable, mientras otros plantean que ante lo visto y a conciencia de que la confianza es la como la virginidad y que solo se pierde una sola vez, lo que procede es la destitución del mismo; pero también existe un tercer grupo que entiende pertinente las dos cosas...

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