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06 de mayo del 2021

Opinión

Debe ser triste

Pablo McKinney. pablomckinney@gmail.com Así como el bisturí es el fracaso de la medicina y la violencia es el fra­caso de la razón, así el odio es la frustración del amor. Ahora que la muerte nos visita cí­nica y altanera como quien llega a una fiesta sin ser invitado, con el úni­co objetivo de terminarla, ahora […]




Pablo McKinney.
pablomckinney@gmail.com
Así como el bisturí es el fracaso de la medicina y la violencia es el fra­caso de la razón, así el odio es la frustración del amor. Ahora que la muerte nos visita cí­nica y altanera como quien llega a una fiesta sin ser invitado, con el úni­co objetivo de terminarla, ahora que nos sentimos fracasados en el inten­to de crear un mundo más justo y fe­liz, y la patria global es un cementerio gris de lágrimas y adioses; justo aho­ra volvemos al principio y llegamos justo donde lo dejamos: al Ser Huma­no, desnudo y vulnerable ante sus cir­cunstancias y sus miserias. Debe ser triste ir por la vida sin más norte que tu ego, caminar por la vi­da escupiendo el rostro de quien sólo quiso besarte la frente, pisar la mano de quien te trajo una flor. Debe ser triste ir por el mundo y sus laberintos, abriendo heridas sólo porque no cierren, tocando llagas só­lo para que duelan, encaminando a la muerte a quien sólo intentó ayudarte a saludar la vida. Triste debe ser la confirmada certe­za de saber que existen almas a quie­nes sólo el ofender alimenta, seres enclaustrados en las cuatro paredes existenciales de sus demonios a quie­nes sólo el rencor satisface. De poco sirven las tertulias y mucho menos las lecturas si somos incapaces de leer y escuchar al corazón. Lo que no cura el amor no lo cura nadie. No ha aprendido nada en los libros ni en los talleres, en los seminarios, ni las consultas, los retiros o las universida­des, quien no aprendió nunca a respe­tar el amor. Tanto dolor acumulado, tanta pri­mavera trunca, y como siempre, tuvo razón Krishnamurti: la única revolu­ción posible es revolucionarse a tra­vés del amor. Y no hablo de “amar a la humanidad”, que es mucha gen­te, sino de amar y respetar a los otros cercanos, inmediatos, cotidianos; a la chica del servicio, al guachimán sin cena, al niño de la calle condenado en su infancia, al vecino, al amigo, o a quien alguna vez nos trajo motivos para vivir, es decir, el santo amor y sus bondades. Tócala otra vez, Manuel, tócala otra vez: “Quien no sabe de amor lleva en el rostro/ una mirada turbia e infeliz/ quien no sabe de amor que aprenda un poco/ para que no se quede sin vi­vir”.( Manuel Jiménez).

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