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23 de abril del 2021

Opinión

Decadencia de una institución

Emerson Soriano.  Si hay algo en lo que los ciudada­nos críticos, de aquí y de todas las latitudes, que observaron el primer deba­te entre Donald Trump y Joe Biden están de acuerdo es en que, con independen­cia de quién pudo haberlo ganado, hay un gran per­dedor, que lo es el pueblo de los Estados Unidos […]




Emerson Soriano.
 Si hay algo en lo que los ciudada­nos críticos, de aquí y de todas las latitudes, que observaron el primer deba­te entre Donald Trump y Joe Biden están de acuerdo es en que, con independen­cia de quién pudo haberlo ganado, hay un gran per­dedor, que lo es el pueblo de los Estados Unidos de América. ¿Por qué hay esa sensación generalizada? Porque los debates de este género, que son una insti­tución que data de 1960, fecha en la cual se enfrenta­ron en la televisión por pri­mera vez dos candidatos a la presidencia de los Esta­dos Unidos de América (Jo­hn Fizgerald Kennedy, por el Partido Demócrata y Ri­chard Nixon, por el Parti­do Republicano), han dado grandes frutos a la demo­cracia de ese país, ya que se constituyeron en una suer­te de referencia que facilita­ba la definición del votante en términos preferenciales hacia uno u otro candidato. Pero los debates entre can­didatos a la presidencia de los Estados Unidos de América no son algo que solo despierte in­terés entre los estadouniden­ses. Esa nación, si bien no con­serva la hegemonía que tuvo cuando el mundo era bipolar, puede aún darse el lujo de de­cir que tiene un peso especí­fico cardinal en el destino del mundo. De ahí la importancia de su resultado, pueden influir el voto y colarse quien perjudi­que a todos. Los que nacimos al final de la década del 50, su­pimos poco o casi nada sobre el debate Kennedy - Nixon. Y para ser honesto no nos hizo mucha falta en los años poste­riores, porque muchos ignorá­bamos su trascendencia y la ig­norancia es atrevida. Celebro ver muchos jóvenes de ahora, comunicadores o no, interesa­dos en la cuestión. Con todo, en el debate de 1960 no estuvieron rebajados la regla de buen trato ni los buenos modales. Uno de los detalles que sobresale en todas las crónicas al respecto -y pre­valece aún- es el hecho de que la contienda oral no fue agre­siva. Sin embargo, el giro que esa institución ha dado apun­ta hacia la involución. De un tiempo a esta parte, ya no se ve a los contendientes tratar con altura los temas elegidos para el mismo. El liderazgo estadouniden­se acusa un vacío que marca la decadencia de la institución del debate. Y lo peor es que esa decadencia es solo una mues­tra del efecto que provoca la falta de compromiso y de pre­ocupación intelectual en una democracia.

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