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11 de abril del 2021

Opinión

Demasiado tarde.-

Fue necesario que rompiera una tubería de 67 pulgadas del acueducto Valdesia -Santo Domingo, que dejó sin agua durante varios días a más de 80 sectores del Gran Santo Domingo, para que nos enteráramos  de que la hormigonera que provocó el daño   carecía de los permisos correspondientes,  por lo que operaba de manera ilegal. Así […]




Fue necesario que rompiera una tubería de 67 pulgadas del acueducto Valdesia -Santo Domingo, que dejó sin agua durante varios días a más de 80 sectores del Gran Santo Domingo, para que nos enteráramos  de que la hormigonera que provocó el daño   carecía de los permisos correspondientes,  por lo que operaba de manera ilegal. Así lo informó el director de la CAASD, el arquitecto Alejandro Montás, cuando esta semana depositó una querella en un tribunal de San Cristóbal en procura de que los propietarios de la empresa paguen por lo que destruyeron, estimado en 71 millones de pesos. En enero pasado fue necesario que estallara la caldera de una recicladora  de aceite instalada en  el sector Nuevo Horizonte, consecuencia  de la cual murieron  cuatro personas, para que las autoridades  se dieran cuenta de que  operaba de manera clandestina luego de haber sido cerrada por  Medio Ambiente. Esta es la hora que  se ignora si sus  propietarios fueron sometidos a la justicia, o si resarcieron los daños provocados por  la explosión a las  casas  vecinas. No se trata, aunque lo parezca, de una coincidencia sino de la evidencia de una  debilidad del sistema de supervisión y fiscalización  con el que las autoridades deben  acompañar, de manera permanente, la operación de ese tipo de negocios, debilidad que pica y se extiende cuando caemos en la cuenta de que lo mismo ocurrió con las envasadoras de GLP,  para citar otro ejemplo  que vino rápidamente a mi memoria. Da pena y vergüenza, pero sobre todo mucho miedo, que eso esté ocurriendo y que solo nos demos por enterados cuando el daño ya está hecho o estamos contando los muertos, es decir cuando ya es demasiado tarde y solo nos queda llorar por las víctimas de la indolencia  cuando se ha convertido en política pública. Por: Claudio Acosta.  

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