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22 de abril del 2021

Opinión

“Dichosos los que no han visto y han creído”

Cardenal Nicolás de Jesús López Rodríguez. Domingo 8 de Abril, 2018. II Domingo de Pascua. Este segundo Domingo de Pascua celebramos la Fiesta de la Divina Misericordia, establecida por intención de Juan Pablo II, mediante decreto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos publicado el 23 de mayo del […]




Cardenal Nicolás de Jesús López Rodríguez.
Domingo 8 de Abril, 2018. II Domingo de Pascua. Este segundo Domingo de Pascua celebramos la Fiesta de la Divina Misericordia, establecida por intención de Juan Pablo II, mediante decreto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos publicado el 23 de mayo del 2000. La denominación oficial de este día litúrgico será ´segundo domingo de Pascua o de la Divina Misericordiaª y las lecturas del breviario seguirán siendo las que ya contemplaba el misal y el rito romano. El Papa le dedicó su segunda encíclica: ´Dives in misericordiaª, a la Divina Misericordia. a) Del libro de los Hechos de los Apóstoles 4, 32-35. En esta primera lectura se nos describe con gran sencillez el estilo de vida de la primera comunidad cristiana: “Todos pensaban y sentían lo mismo, lo poseían todo en común y nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía”. Es muy importante lo que añade: “Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor”. Aquel testimonio de vida fraterna de la primera comunidad cristiana de Jerusalén es admirable y hasta podría parecer utópico, pero no lo es. Aquella comunidad se caracterizaba por una realidad indiscutible, sus miembros eran muy pobres y había que repartir entre todos lo que conseguían “porque nadie consideraba sus bienes como propiosÖ Ninguno pasaba necesidadÖ”. Este ejemplo de los primeros cristianos es una gran lección para los seguidores de Jesús de todas las épocas porque se ve que, al aceptar el Evangelio, aceptaban también sus consecuencias y el testimonio de fe que todos estamos llamados a brindar. San Lucas pone de relieve los rasgos propios de la comunidad cristiana que aparece como signo de la humanidad nueva nacida de la Resurrección de Jesús, al que confiesa, anuncia y testimonia como Hijo de Dios y Señor. Se distinguen así los rasgos que caracterizan las primeras comunidades: La unión fraternal de los creyentes en el amor, la comunión de bienes, la comunidad litúrgica, oración en común en el templo y fracción del pan en las casas, costumbre originalmente judía ésta última y que pasó a ser cristiana al referirse a la Eucaristía; la actividad evangelizadora de los Apóstoles. Su palabra genera la fe y construye la comunidad: Kerigma al que se unían los signos prodigiosos de las curaciones, al estilo de Jesús; y la aceptación y estima del grupo cristiano por parte del pueblo judío y el consiguiente crecimiento de la comunidad. b) De la primera carta del apóstol San Juan 5, 1-6. El apóstol San Juan nos dice en este breve párrafo: “Todo el que cree que Jesús es el Cristo (el Ungido) ha nacido de Dios y todo el que ama a Dios que da el ser, ama también al que ha nacido de Él”. Y más adelante añade: “En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios: si amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos. Y sus mandamientos no son pesados, pues todo el que ha nacido de Dios vence al mundo. Y lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?”. Sabemos que San Juan, era “el discípulo a quien Jesús tanto quería”, como él mismo lo indica en su evangelio, por eso el tema del amor es familiar en sus escritos. Y ese convencimiento lo tendrá hasta el final de su vida, siendo Obispo de la Iglesia de Éfeso. Cuando era ya muy anciano, sus discípulos lo llevaban a las celebraciones en las que volvía continuamente sobre el tema del amor, “ámense los unos a los otros” y cuando le preguntaban por qué les repetía siempre lo mismo, decía “porque eso fue lo que el Maestro nos enseñó”. Consiguientemente, quien conoce los escritos del Apóstol, sabe que éste es un tema preferido por él, y por eso es recurrente al mismo. c) Del Evangelio de San Juan 20, 19-31. El Evangelio este domingo relata dos apariciones de Jesús resucitado, ambas en domingo, el día cultual: la primera en la tarde del mismo día de la Resurrección, estando ausente el apóstol Tomás; y la segunda, con Tomás presente, a los ocho días de la primera. El estado de ánimo de los Apóstoles después de la muerte de Jesús es deplorable: puertas cerradas por miedo a los judíos (autoridades religiosas), tristeza, incomunicación y duda radical sobre Jesús en quien habían puesto tantas esperanzas y que acabó muerto en la cruz por sus enemigos. En este contexto comunitario tiene lugar la inesperada aparición de Jesús al atardecer. Los saludó con la paz, “La paz esté con ustedes.  Diciendo esto, les mostró las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. En esta aparición, dice Juan: sopló sobre ellos y añadió: - “Reciban el Espíritu Santo. A quienes les perdonen los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengan les quedarán retenidos”. Pero hay un dato curioso en este relato. Tomás, llamado el mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: “Hemos visto al Señor. Pero él replicó: Si no veo en sus manos la marca de los clavos y si no meto el dedo en los agujeros de los clavos, y la mano en su costado, no lo creo”. La segunda parte del evangelio narra una segunda aparición de Jesús resucitado, a los ocho días de la primera en el día de la Resurrección. Esta segunda aparición tiene un destinatario más particular: el apóstol Tomás que no estuvo presente en la primera y se resistía a creer a sus compañeros. Él exige pruebas fehacientes: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo”. Tomás es un modelo paradójico de fe, pues si en un principio es paradigma de incredulidad, de la duda y de la crisis racionalista hoy tan frecuente, posteriormente es modelo de fe absoluta. En esta segunda aparición Jesús, después de saludarles con la paz, invita a Tomás a realizar sus comprobaciones empíricas. Es entonces cuando brota de sus labios la más hermosa confesión de fe en Jesucristo que se lee en todo el Nuevo Testamento: “¡Señor mío y Dios mío!”. “Dichosos los que crean sin haber visto”, esta nueva bienaventuranza es para nosotros y debemos añadirla a las ocho del Discurso o Sermón de la Montaña. A los cristianos de hoy nos consuela ver la conducta de los discípulos de Jesús, en que aparece un grupo de hombres animados por la fe en su resurrección sin que faltara la duda de Tomás y el reproche de Jesús ante su incredulidad. Pero ambas actitudes contienen muy válidas lecciones para nosotros. Que el Señor nos regale el don de la fe para que podamos proclamarlo resucitado y vivo en nuestras comunidades.   Fuente: Luis Alonso Schˆkel: La Biblia de Nuestro Pueblo. B. Caballero. En las fuentes de la Palabra.

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