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16 de abril del 2021

Opinión

Don Alejandro

Pablo McKinney. pablomckinney@gmail.com  Fue un visionario y un pionero. Un emprendedor antes de que existiera la palabra empren­dedurismo. Amante de todo lo dominicano. Maestro de la vi­da. Cuando un banco de capital nacional no era siquiera un sueño, él lo soñó y sin perder un segundo comenzó a trabajar por hacerlo realidad. Así nació en […]




Pablo McKinney.
pablomckinney@gmail.com
 Fue un visionario y un pionero. Un emprendedor antes de que existiera la palabra empren­dedurismo. Amante de todo lo dominicano. Maestro de la vi­da. Cuando un banco de capital nacional no era siquiera un sueño, él lo soñó y sin perder un segundo comenzó a trabajar por hacerlo realidad. Así nació en 1964 el Banco Popular Dominicano. Y cuando era una quimera la existencia de una universidad privada, con el grupo de jóvenes amigos fundadores como él de la Asociación Para el Desarrollo Inc., crea­ron la hoy Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, como surgió también el Instituto Superior de Agricultura, que formaba como agrónomos a estudiantes sobresalientes de los liceos del país que eran beneficiados con un crédito educati­vo de la APEC, que también él había ayu­dado a crear. Cuando en el mundo empresarial po­cos pensaban en eso de “responsabilidad social corporativa”, y menos en la defensa de la foresta y su importancia para la vida del planeta, don Alejandro, adelantándo­se una vez más a su tiempo, creo junto a sus amigos de siempre, el Plan Sierra. A inicios de los años noventa, cuando nuestra democracia se estancaba en un mundo peligrosamente unipolar, y nues­tra justicia seguía siendo débil, y se dete­rioraba la institucionalidad; cuando no era común la visión empresarial de forta­lecer la democracia para alejar la tiranía, (si no todo lo contrario) él no dudo un se­gundo para fomentar, apoyar y financiar la creación de la Fundación Instituciona­lidad y Justicia, corría el año 1994. Cuando languidecía el siglo XX, y su es­posa, Melba, a pesar de los años de au­sencia “seguía teniendo el corazón miran­do al sur”, don Alejandro le brindó todo su apoyo y el de sus amigos para ayudar a la región del olvido y las promesas trun­cas. Así nació en 2001, la ONG Sur Futuro, que tanto ha mejorado su presente. Fue por estas y otras tantas acciones, -que de citarlas todas aquí, podrían ocu­par este diario y sus suplementos- que al recibir la noticia, recordé a la familia: a la que es hoy su viuda, Melba, a Manuel, Virginia, Eduardo, a la pequeña Alexan­dra, pero también pensé en este país, en el que muchos han estado para pensarlo, demasiados para criticarlo, y solo unos pocos para construirlo que era y sigue siendo la mejor manera de defenderlo y amarlo. Gracias, don Alejandro, gracias.

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