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21 de abril del 2021

Opinión

Doña Peggy me invitó

Tony Raful. La Embajadora dominicana ante el Gobierno de Italia, nuestra apreciada amiga, doña Peggy Cabral viuda Peña Gómez, nos invitó a dar una conferencia magistral, sobre Pedro Henríquez Ureña, ante el cuerpo diplomático latinoamericano acreditado en ese país. Esa conferencia fue organizada por  la  estimada amiga de muchos años, Luisa Auffant, encargada de cultura […]




Tony Raful.
La Embajadora dominicana ante el Gobierno de Italia, nuestra apreciada amiga, doña Peggy Cabral viuda Peña Gómez, nos invitó a dar una conferencia magistral, sobre Pedro Henríquez Ureña, ante el cuerpo diplomático latinoamericano acreditado en ese país. Esa conferencia fue organizada por  la  estimada amiga de muchos años, Luisa Auffant, encargada de cultura de nuestra representación diplomática. Habíamos participado en una importante reunión con la Presidenta del Senado Romano, Honorable María Alberti Casellati, donde acordamos la firma de un convenio entre el Parlamento Centroamericano  y el Senado de Italia. El lugar escogido para la charla sobre el gran humanista hispanoamericano, lo fue la sede del Instituto Italolatinomericano. Nos introdujo el Secretario General del Instituto, Donato Di Santo, con quien habíamos sostenido una reunión de trabajo sobre acuerdos entre el Parlacen y el Instituto. Donato nos preguntó por varios dominicanos, entre ellos por el querido amigo, José Ernesto Oviedo Landestoy,  “el Gordo”, a quien aprecia y estima, con el cual ha sostenido vínculos internacionales excelentes. Una sorpresa muy agradable fue encontrar entre el público asistente, a dos valiosos y entrañables amigos, el diputado Fidelio Despradel Roque y su compañera, la escritora  e intelectual Sherezade Vicioso (Chiqui), quienes por coincidencia estaban en Italia, y al saber de la conferencia fueron a darnos apoyo. Reproduzco  algunos fragmentos de la charla: Hablar de Pedro Henríquez Ureña es un alto honor. Se trata de una de las figuras más relevantes de América de todos los tiempos, de un humanista de proyección universal, eje intelectual de la consagración del pensamiento hispanoamericano, de la lengua y la  cultura.  Reproduzco  fragmentos de mi conferencia en Roma como homenaje perenne a este dominicano excepcionalmente  brillante, cuya luz no deja de irradiar sus ideas sobre la conciencia americana: “Lo primero es el asombro, la admiración más alta hacia esta figura epónima, que callada y discretamente alzó en sus letras toda una expresión cultural de la palabra y el verbo fundacional   hispanoamericano, arribando a las más diversas expresiones  de nuestra identidad como lengua  y magna patria. Este profesor que irradiaba un respeto y tenía un aura de significación  académica, que irrumpe más allá de su muerte con provisiones esenciales de formulaciones teóricas sobre el lenguaje, es uno de los humanistas  más destacados del continente. Nació en Santo Domingo, República Dominicana el 29 de junio en 1884 y murió el 11 de mayo de 1946 en Buenos Aires, Argentina. Escritor, Filólogo, investigador, ensayista, humanista dominicano. Hijo de Francisco Henríquez y Carvajal, 1859/1935, médico graduado en Francia, abogado, escritor e importante personalidad de la vida política dominicana, y de Salomé Ureña de Henríquez, excelsa maestra dominicana, 1850/1897, importante poetisa, vinculada a las ideas del maestro antillano Eugenio María de Hostos  sustentadas en el positivismo hispanoamericano cuya líneas de pensamiento estaban orientadas a organizar ideológicamente las naciones sobre un orden racional y moderno, desarrollando una formación educativa basada en un sistema de ideas modernas, impulsando la liberación mental de las viejas coyundas coloniales y semi coloniales, forjando la educación científica y superación  social.  Un crítico de las dimensiones literarias y culturales, como el argentino Enrique Anderson Imbert, quien fue discípulo de Henríquez Ureña y de Amado Alonzo, hablando de Henríquez Ureña, dijo: “Nos llevó  a su casa, nos enseñó a vivir y a pensar, a oír música y escribir cuentos, a leer los clásicos e informarnos de las ciencias, a disfrutar de las literaturas modernas en sus lenguas originales, a conversar, a gustar de la pintura, a trabajar y apreciar el paisaje y la bondadÖ Si yo he  aprendido a escribir, a él se lo debo, lápiz en mano, me corregía mis cuentos, mis ensayos, a veces me aconsejaba que los destruyera y yo los destruía, a veces me elogiaba, pero muy sobriamente y exaltando en mí la ambición de trabajar contra el éxito. Así, contra el éxito, trabajó él. Su lúcida y generosa inteligencia, su clara memoria, la universalidad de su gusto, su fino sentido humorístico, el decoro de su conducta y esa precisión suya tan distinguida, nos ofrecieron durante años un pasmoso espectáculo de hombría. Tan ejemplar fue, que cuando queríamos mejorarnos nos bastaba con el pensar en élÖ Don Pedro Henríquez Ureña es la inteligencia más lúcida, intensa y generosa de nuestra critica”. Pedro Henríquez Ureña   cursó estudios universitarios en New York en 1901, en 1905  se trasladó a La Habana Cuba, donde publicó su primer libro, “Ensayos Críticos”, y luego a México donde permaneció entre 1906 y 1913, fue profesor en la Universidad de Minnesota de Estados Unidos, de 1918 a 1921, estuvo en España donde Ramón Menéndez Pidal escribió el prólogo a su obra, “La versificación irregular en la poesía castellana”, que había sido su tesis doctoral en Minnesota.   Pedro escribió, “Las corrientes literarias en la América Hispánica” e “Historia de la cultura en la América hispánica”. La primera la presentó en la Universidad de Harvard para ocupar la cátedra Charles Eliot Norton, dictando un curso en idioma inglés para estudiantes norteamericanos. Fue el primer hispanoamericano que asumió esa cátedra, precedido de figuras  como Gilbert Murria, Albert Einstein e Igor Stravinski. Para Pedro Henríquez, escribí estos versos: “La diosa fortuna dejó de soñarte/América tejió auroras en la lengua/ Para nombrarte/Ahora imaginario caballero/En tu obstinado rigor/En tu callada posesión de  la cadencia/Rescata los manuscritos de la Biblioteca de Alejandría/Busca a los Ptolomeos/Ahora que eres fuego/Madrigal de la soledad alta del universo/Tu Magna Patria/El habla hispanoamericana/Refulge límpida en un arquetipo de resplandores/Y es tu duende la métrica española/El incesante alba de los clásicos/Aquel podio del aula donde la muerte es fábula/Y tú dictas las clases que  el bardo copia/Con su ojo tuerto y su mano cóncava/A orillas del sueño”.

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