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15 de mayo del 2021

Opinión

El 27 de febrero y la injerencia extranjera

Juan Daniel Balcácer. Apenas tres días antes de que circulara el Manifiesto del 16 de enero de 1844, arribó a la ciudad de Santo Domingo cierto personaje, quien -en los días posteriores al 27 de febrero- adquirió notoriedad por su animadversión frente a los liberales duartistas y por su simulada simpatía con el movimiento separatista, […]




Juan Daniel Balcácer.

Apenas tres días antes de que circulara el Manifiesto del 16 de enero de 1844, arribó a la ciudad de Santo Domingo cierto personaje, quien -en los días posteriores al 27 de febrero- adquirió notoriedad por su animadversión frente a los liberales duartistas y por su simulada simpatía con el movimiento separatista, cuando en realidad sus gestiones estuvieron orientadas a implantar en Santo Domingo un nuevo modelo colonial bajo la máscara de un protectorado. Me refiero a Eustache Juchereau de Saint Denys, primer cónsul de Francia en Santo Domingo. Nada más llegar al país, Saint Denys cultivó estrechas relaciones con un ala del sector conservador dominicano, en sintonía con los términos que el año anterior se habían convenido con Nicolás Levasseur, cónsul general francés en Haití. Según este acuerdo, los dominicanos, una vez se hubieran declarado independientes, obtendrían el respaldo político, financiero y militar de Francia; y al tenor de esos términos, Saint Denys comenzó a urdir planes para garantizar la pretensiones de su país en la parte del Este, aun cuando su principal interés consistía en restituir la dominación colonial sobre su antigua colonia de Saint Domingue -declarada independiente desde 1804-, y que tantos beneficios económicos le había proporcionado a la burguesía francesa.

Desbandada la Trinitaria. Hacia mediados de 1843, los nacionalistas dominicanos sufrieron un contundente revés tras “la visita” a Santo Domingo del presidente haitiano Charles Herard, quien prácticamente desarticuló el partido trinitario, logrando apresar a algunos de sus integrantes y forzando a Juan Pablo Duarte, Pedro Alejandrino Pina y Juan Isidro Pérez, entonces sus principales dirigentes, primero a esconderse y luego a tomar el camino del destierro. Mella fue detenido y enviado a Puerto Príncipe; mientras que Sánchez, aprovechando que se había enfermado en esos días, logró que sus amigos propalaran la falsa noticia de que había fallecido. Al cabo de varios meses, los duartistas pudieron reorganizarse y reanudaron los trabajos independentistas que habían iniciado en 1838, cuando quedó estructurada su organización política. Para cristalizar sus objetivos, los trinitarios tuvieron que concertar con el sector conservador una suerte de pacto político que viabilizara el éxito de su proyecto político. Una vez concretado dicho acuerdo, el pronunciamiento revolucionario se adelantó para finales de febrero, debido a que se pudo detectarse a tiempo las intenciones “de un tercer partido” que, de conformidad con lo estipulado en el llamado Plan Levasseur, de finales de 1843, proclamaría un Estado “independiente” subordinado a Francia. De acuerdo con Alcides García Lluberes, documentos de irrecusable veracidad revelan que, después de agosto de 1843, “la ausencia de Duarte hizo caer en manos conservadoras la dirección de los acontecimientos y la Patria entró en la vida independiente al amparo del nombre de Francia y amenazada de lesiones en su soberanía y en su territorio”.

Solicitud de protectorado
Se diría que con el pronunciamiento del Conde, la noche del 27 de febrero, la causa nacionalista preconizada por los duartistas se consumó de manera exitosa, pero los hechos inmediatamente subsiguientes demostraron todo lo contrario. Así, cuando apenas habían transcurrido varios días de proclamada la República, la Junta Central Gubernativa le entregó una solicitud al cónsul Saint Denys para formalizar un convenio mediante el cual Francia garantizaría la estabilidad del nuevo Estado, así como la integridad del territorio nacional, las libertades públicas y, sobre todo, reconocería la abolición de la esclavitud. El Gobierno dominicano, por su parte, le brindaría colaboración a Francia, proporcionándole “cuantos auxilios necesite en el caso de que haya de dirigir fuerzas sobre la parte Occidental o la República Haitiana”; siempre y que el gobierno francés le suministrara fusiles, pertrechos de guerra, buques, tropas y el dinero necesario para enfrentar una eventual agresión militar de Haití, que se resistía a reconocer el derecho del pueblo dominicano a ser libre e independiente. Pero esto no era todo: en ese documento, conocido en nuestra historia diplomática como la “Resolución del 8 de marzo de 1844”, la Junta Central Gubernativa también le ofrecía a Francia, en bandeja de plata, ¡el usufructo a perpetuidad de la península de Samaná! Cuando Duarte y sus compañeros arribaron al país, el 15 de marzo de 1844, se encontraron con esta adversa e insospechada circunstancia: 1) la República Dominicana estaba gobernada por sus adversarios políticos, asesorados por el cónsul francés; 2) una Resolución  en curso que a todas luces cercenaba la soberanía nacional; y, 3) una inminente invasión militar haitiana cuyas consecuencias, favorables o no, la población no podía anticipar. Sin tiempo que perder, los insignes revolucionarios resolvieron defender la Patria, recién redimida de veintidos años de opresión, y simultaneamente enfrentar a los orcopolitas criollos que nunca tuvieron fe en la capacidad del pueblo dominicano para mentenerse, merced a su propio esfuerzo, libre e independiente de toda dominación extranjera.

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