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12 de abril del 2021

Opinión

El Derecho a la educación y la buena práctica docente

Yildalina Tatem Brache. Hace unos días circuló en las redes sociales, una carta de renuncia de un docente, creo que expresaba su hartazgo con la apatía estudiantil que encontraba en el aula, describía que independientemente de las actividades y estrategias que implementaba, cada nuevo grupo mostraba cada vez más interés en navegar en sus teléfonos […]




Yildalina Tatem Brache. Hace unos días circuló en las redes sociales, una carta de renuncia de un docente, creo que expresaba su hartazgo con la apatía estudiantil que encontraba en el aula, describía que independientemente de las actividades y estrategias que implementaba, cada nuevo grupo mostraba cada vez más interés en navegar en sus teléfonos o tabletas, que en involucrarse en un proceso educativo significativo. No le quito razón, la adición al internet es una nueva realidad, la Organización Mundial de la Salud (OMS) señala que una de cada cuatro personas sufre trastornos de conducta vinculados con las nuevas tecnologías . Ahora bien, la verdad es que me resulta difícil asumir que “la responsabilidad” de que usted se vaya, sea los muchachos y las muchachas que estudian. La verdad que la intensión de este escrito, no es establecer culpas. La pregunta es ¿Qué podemos hacer? Como sociedad en general nos tocaría comprender que el ejercicio académico y la decisión de ser docente implican un compromiso ético con el alumnado en particular y con la sociedad en general; que necesita ser bien valorado, respetado y bien pagado. Otro aspecto fundamental es que necesitamos tener claridad en las reglas del juego. No hay proceso educativo inocente, siempre tendrá una intensión. Abogo por que la intensión sea trabajar para que la integridad, pluralidad, diversidad, equidad, imparcialidad, honestidad, transparencia, excelencia, independencia de criterios, libertad, igualdad… En fin, una educación con una ética fundamentada en una convivencia respetuosa, tolerante, flexible, curiosa, autónoma, creativa, cooperadora, responsable, entusiasta, y comprometida. Tendríamos que lograr que el proceso de enseñanza y el de aprendizaje no sean desvinculados de la cotidianidad, pues desde ahí es que se puede construir conocimiento significativo para la convivencia. Se requiere lograr un compromiso ético docente para hacer del espacio académico un espacio vivo, capaz de incidir en la formación de seres humanos con capacidad de construir conocimiento desde sus experiencias y con capacidad crítica. Una buena práctica docente debe estar mediada por la necesidad de generar un pensamiento problemático, que en la medida que detecte y construya problemas, consiga fórmulas para solucionarlo. Pero que además tenga la posibilidad de trascenderlo a través de la argumentación científica y una reflexión empoderada. Desde ahí incidir establecer un diálogo que escuche atentamente y afiance la democracia. Significa que el proceso de enseñanza aprendizaje debe ser revisado y adecuado a las demandas y necesidades de los y las educando. La mayoría de la población universitaria es joven, en edades comprendidas entre los 18 a 35 años, denominados millennials y centennials impactados por la tecnología y el acceso a medios electrónicos de comunicación. Esa población joven precisa construir procesos educativos desde una visión de procesos no estancos y no impuestos, que conduzcan a un desarrollo personal y un desarrollo de la sociedad; y que facilite el camino a una convivencia en una cultura de paz. Lo que hace imprescindible visibilizar las prácticas cotidianas de poder, deseo, saber y discurso y toda su significación para la interacción humana, a la que evidentemente no escapa el aula de clases, sino que posiblemente sea una de sus mejores representaciones. Creo sinceramente que si nuestra práctica docente involucra elementos como estos estaremos encaminando pasos concretos a la transformación del proceso formativo. Como dice el profesor Cabero, la transformación del proceso formativo y la definición de las nuevas “centralidades”, en ese aprendizaje abierto, social y colaborativo. Con mezcla de presencialidad y virtualidad, descontextualizado, personalizado, móvil, intencional-inesperado, formal-informal, en redes, sincrónico-asincrónico. En etapas y con enfoques que necesariamente engloban tecnología, contenido, metodología y sistemas.

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