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19 de abril del 2021

Opinión

El diamante del Capitolio

Luis Beiro. luis.beiro@listindiario.com El Capitolio de La Habana parecía un reloj despertador. Su estructura tenía olor a manecillas en forma de sueños inconclusos. Lo mismo adelantaba el tiempo de la ceremonias que retrasaba el impacto de las balas. Se comenzó a construir en 1926, durante la era del presidente  Gerardo Machado. El “asno con garras”, […]




Luis Beiro.
luis.beiro@listindiario.com
El Capitolio de La Habana parecía un reloj despertador. Su estructura tenía olor a manecillas en forma de sueños inconclusos. Lo mismo adelantaba el tiempo de la ceremonias que retrasaba el impacto de las balas. Se comenzó a construir en 1926, durante la era del presidente  Gerardo Machado. El “asno con garras”, al decir del poeta y abogado Rubén Martínez Villena, contrató a Eugenio Raynieri Piedra para levantarlo en tres años. El arquitecto no escatimó esfuerzos ni recursos. Usó mármoles eternos, estatuas encumbradas, acero inoxidable, entramados relucientes y plácidas ventanas forradas con maderas preciosas. Los recursos no salieron de las arcas palaciegas: las aportó el pueblo cubano, como siempre ocurre cuando un irresponsable se hace cargo de administrar sus finanzas. En tres años se inauguró un monumento que le quedaba grande a una pequeña isla caribeña. Su imponente estructura parte de un estilo neoclásico similar al de Washington, Estados Unidos, con influencias del Panteón de París y la Basílica romana de San Pedro. Fue en mayo de 1929 cuando se cortó la cinta inaugural en medio de un extraño olor a marejada. Pero faltaba lo mejor: un “diamante” de 23 kilates  cuyo precio parecía  superior al edificio,. Según la historia, la piedra preciosa adornó la corona del último zar de Rusia y llegó  a Cuba de manos de manos del joyero turco Issac Estéfano, uno de esos buscavidas que pululaban por La Habana, y quien por razones personales tuvo que venderla por una suma inferior a su valía. A la joya se le atribuían facultades curativas, poderes mágicos, y portadora de mala suerte. La cúpula del salón de Los Pasos Perdidos fue su destino final. Allí fue enchapada a una placa de metal dorado. En apariencia, se alejó de la codicia. Era el sitio que marcaba el kilómetro cero entre la Carretera Central de La Habana y el resto de la isla. Ahora voy a especular. Un día de 1946, se descubrió la desaparición del diamante en forma misteriosa. Dos años después resurgió dentro de un sobre anónimo en el despacho del entonces presidente Ramón Grau San Martín. Sin embargo, dicha versión la sostienen raras coincidencias. Para algunos, la joya original nunca se instaló en la cúpula elegida, Quedó en “otras” manos. El eco popular atribuye su pérdida al interés de la fábrica rusa de diamantes Smolensk que, en 1973, negoció su propiedad con el régimen de La Habana. Para tapar el trueque, los rusos entregaron a Cuba una replica y conservaron la pieza original en el museo de los zares. Por entonces, alguien comentó la estrategia antillana para condonar una parte de su deuda externa con Moscú. Fui un visitante causal del capitulo habanero. La mayoría de sus espacios, clausurados, sujetos a reconstrucción, no inspiraban mi inquietud. En otros funcionaba la Academia Cubana de Ciencias. En esas descuidadas oficinas asistí a ciertas consultas bibliográficas como pretexto para recorrer salones nunca antes premiados por mis huellas. Una parte del inmueble fue destinada a la instalación de un Planetario, al que acostumbrara a asistir no en busca de estrellas que nada tenían de fugaces sino para recuperar la imagen de mi tiempo perdido. En mi último viaje a La Habana no resistí la tentación de pasear por sus contornos. Por la acera contraria, un amigo me llamaba a gritos para que abandonara mi ingenua ocurrencia. Me vine a dar cuenta de su alerta cuando tres proxenetas me ofrecieron los requerimientos sexuales de sus clientes. En 11 setiembre de 2011, recién llegado al Listín Diario, contemplé a través de una pantalla la destrucción de las Torres Gemelas. No le di la menor importancia a aquel hecho. Estaba muy entretenido en mi profesión creativa. Aquellas muertes me eran ajenas. Acabo de contemplar el asalto al Capitolio de Washington, en los Estados Unidos. No creo haber presenciado ni sabotaje, ni sedición. Tampoco un “golpe de estado a la democracia”. Tanto ayer como hoy, siempre pasa lo mismo cuando se alborota la política vernácula. Con otro disfraz, se repitió el episodio del diamante cubano, su misteriosa pérdida, el supuesto regreso dentro de un sobre anónimo y su increíble aparición en un museo ruso. No me gusta la gente que nunca ha fracasado. Algo ocultan. Es como si existiera un hombre dentro de otro. A fin de cuentas, todo forma parte de un show con el mismo final: Siempre hay circo para payasos, domadores de fieras y equilibristas que hacen reír o llorar por unos cuantos pesos sin importar el destino de cada quien cuando se acabe la función. A ellos, la vida aún no les ha enseñado su auténtica belleza.

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