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14 de abril del 2021

Opinión

El ejemplo de don Luis

Pablo McKinney. A: F.G. Nostalgia del ISA. Cada vez que los hijos del Instituto Superior de Agricultura (ISA), de Santiago, nos encontramos, hay nombres inevitables en nuestra conversación. Entre los de mi clase, siempre sale a relucir el maestro Balbuena, que nos enseñó matemáticas y humildad, o José Mujica, nuestro maestro de español, literatura y […]




Pablo McKinney.
A: F.G. Nostalgia del ISA. Cada vez que los hijos del Instituto Superior de Agricultura (ISA), de Santiago, nos encontramos, hay nombres inevitables en nuestra conversación. Entre los de mi clase, siempre sale a relucir el maestro Balbuena, que nos enseñó matemáticas y humildad, o José Mujica, nuestro maestro de español, literatura y fútbol. Poco más ha aprendido uno de castellano, gramática, ortografía y también de fútbol, después de haber sido su alumno. Y es que en el ISA tuvimos maestros excepcionales que, amparados en la férrea disciplina cuasi militar que allí se aplicaba (la misma que tanto criticábamos y tanto hemos agradecido el resto de nuestras vidas) nos formaron. Allí, trabajando dos horas diarias como obrero en los potreros, la pocilga, el gallinero o la “Las 300”, aprendimos que todo error tiene sus consecuencias, o sea, el mismísimo régimen de consecuencias que tanta falta hace en la sociedad dominicana. PERDÓN POR LA NOSTALGIA. Pido perdón por la nostalgia, pero es que uno iba para portero de puticlub, cantor de bares de mala muerte y buena vida, cuando apareció el ISA y lo salvó, a nosotros y a muchos más que éramos seleccionados a partir de miles de exámenes que se ofrecían en todo el país. Pero el ISA no cayó del cielo, ni lo trajo con su ternura la María Magdalena o un carpintero confiado como José, sino que lo “trujeron” hombres de carne y hueso, con virtudes y defectos y sobre todo con iniciativa (ahora le llaman emprendedurismo, por joder), o sea, ambición personal de la buena, “jardines colgantes de Babilonia”, y una vocación social de puta madre. Uno llegó al ISA y desde el primer día nos hablaban de unos jóvenes empresarios que, organizados en la Asociación para el Desarrollo, APEDI, se habían echado a su provincia a la espalda, y así como a los poetas les da con escribir versos para que las muchachas trigueñas en el Centro León le quieran, a ellos les había dado por crear universidades católicas o bancos populares, por decir. SIN DECIR UNA PALABRA. En esos días felices de formación y adolescencia (1975-1978), entre todos los señores al que más veíamos los isianos, era a uno que “parecía americano”, de poco hablar, y que vestía casi siempre de pantalón kaki y camisa azul: Era don Luis Crouch Bogaert, quien de tarde en tarde hacía largas caminatas por el campo del ISA. A ese don Luis, que partió de este mundo en 2016, a días de cumplir un siglo, le agradezco yo, no sólo las palabras de aliento que a veces nos dedicaba, sino también y sobre todo el ejemplo, su ejemplo. Y miren, que podría uno escribir aquí -y reconocer- sus logros, su visión, hablar de cómo participó en la creación de la APEDI, el CEDAF, PUCMM, la Asociación Cibao de Ahorro y Préstamos, ISA, el Banco Popular, Acción Social de Promoción Humana y Campesino, Banco de Desarrollo Dominicano, Envases Antillanos, PROSEDOCA, o la Corporación Aeropuerto Internacional del Cibao y la Corporación Zona Franca Industrial. Podría hacerlo, pero no. En verdad, hoy sólo quiero reconocer -agradeciendo- a ese silencioso señor demasiado alto, que una vez, mientras caminaba desde la habitación A-8 al comedor, y de manera irresponsable lancé a la grama la caja de cartón de una “Choco Rica” que había terminado de tomar, se detuvo, la recogió y -en silencio- la llevó en sus manos hasta el zafacón que había en la entrada del comedor donde la depositó... sin decirnos una palabra. Mis compañeros, que iban detrás de él, me contaron lo ocurrido. Ahí supe que era una práctica frecuente en don Luis. De eso hace ahora mil años, pero su ejemplo me marcó, y ahora son mis Paolas quienes se quejan de que el papá tiene el carro lleno de papeles por tirar. LA HERENCIA.- Don Luis Crouch soñó y convirtió en realidades muchas cosas importantes, algunas hoy fundamentales para desarrollo industrial, agroempresarial, educativo y financiero del país, y he citado algunas. Sin embargo, a los isianos, nos dejó en herencia algo más. Algo que, de tan valioso, no tiene precio, una fortuna que aún disfrutamos: su buen ejemplo. Su buen ejemplo, y, además, 35 años antes que Obama, nos enseñó que “yes we can”, que sí se puede, que sí podemos. Al fin, las cosas para ser posibles nunca han tenido que ser probables. Gracias don Luis Crouch Bogaert. Gracias.

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