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18 de mayo del 2021

Opinión

El juicio de la historia

Marisol Vicens Bello. Por más que el presidente se haya escudado en su confortable silencio, lo cierto es que está dando señales y lo peor es que lo está haciendo por las peores vías, pues cada vez que sus  cercanos colaboradores expresan su decidida intención de volver a reformar la Constitución para su propio beneficio, […]




Marisol Vicens Bello.

Por más que el presidente se haya escudado en su confortable silencio, lo cierto es que está dando señales y lo peor es que lo está haciendo por las peores vías, pues cada vez que sus  cercanos colaboradores expresan su decidida intención de volver a reformar la Constitución para su propio beneficio, o se decide aprobar medidas lamentables como la militarización del entorno, el acceso y hasta el interior del Congreso, se entiende que cada una de esas acciones suceden, porque él así lo ha permitido o porque no las ha desaprobado.

Las páginas de la historia se escriben día tras día y estamos en un crucial capítulo que podría constituirse en un hito positivo de la nuestra, que marque la victoria, no de la facción rival dentro del partido oficial, ni de quienes de forma conveniente han asumido poses de defensores de la Constitución, sino de nuestra Nación y nuestra democracia por la que tanta hemos luchado.

Si nuestro liderazgo tuviera visión y verdadero compromiso patrio, estuviera consciente de que su accionar de hoy, por más beneficioso que pueda parecer para sus conveniencias particulares, será sometido al juicio de la historia y allí quedarán expuestos los hechos con mayor o menor rigor, pero al fin y al cabo estos serán juzgados.

Algunos se creen eternos e imprescindibles y visualizan sus intereses como los únicos, y a sus partidos como el centro del universo.  También muchos subestiman la inteligencia de la población y pretenden que sus malas acciones pasarán inadvertidas, o que las podrán controlar.

Siempre habrá razones para intentar justificar acciones incorrectas, como las expusieron algunos para imponer negros capítulos de nuestra historia como el destierro de Duarte, la anexión a España, el fusilamiento de Sánchez, las fallidas gestiones de venta de parte de nuestro territorio, la matanza de los haitianos, el continuismo, las dictaduras, la ruptura democrática; como siempre ha habido personas dispuestas a ser parte del coro.  Pero afortunadamente han existido siempre personas dispuestas a enfrentarlas, encarnando el sentir de la mayoría que por ignorancia, conveniencia o temor estaba sometida.

Juan Pablo Duarte fundó nuestra Patria y aunque lamentablemente nunca la gobernó y murió en el más injusto y cruel exilio, incuestionablemente es y seguirá siendo el dominicano más grande, admirado y respetado, por sus acciones responsables y su compromiso con los mejores intereses de esta Nación, y cada día se engrandece más ante la pequeñez de sus adversarios que tanto poder terrenal lograron, así como la de muchos poderosos caudillos que nos han gobernado.

Hacer Patria no es erigirse como su única opción conveniente de gobierno, sino comprender que respetar la Constitución y preservar los postulados democráticos está por encima de cualquier inquietud por la continuidad de una obra de gobierno por buena que esta se entienda.

Es inaceptable y profundamente dañino el que el Congreso se mantenga militarizado, que algunos estén dispuestos a reformar la Constitución pagando cualquier precio para conseguir los votos opositores, el silencio cómplice de algunos y el perverso suspenso que se ha producido por esta alocada carrera contra el reloj, entre los que afanosamente persiguen lograr imponer la reforma constitucional a tiempo y los que luchan por evitarla, unos por legítimas razones y otros por conveniencias coyunturales.

Algunos se creen eternos e imprescindibles y visualizan sus intereses como los únicos, y a sus partidos como el centro del universo.  También muchos subestiman la inteligencia de la población y pretenden que sus malas acciones pasarán inadvertidas, o que las podrán controlar.  Pero deben comprender que tarde o temprano pasarán por el juicio de la historia, y este no podrán contenerlo con armas largas, acallarlo con voces pagadas o rehuirlo o archivarlo con poder y tráfico de influencias.  Su veredicto tarde o temprano vendrá, por eso los verdaderos líderes son aquellos que se preocupan más por conquistar con su accionar un sitial en la historia, que por retener el poder a costa de perderlo.

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