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09 de mayo del 2021

Opinión

El regalo de los Reyes Magos

Por EULOGIO SANTAELLLA.    En los años cincuenta del pasado siglo nos llamó la atención el artículo de Selecciones del Reader’s Digest “La Doble Vida de O’Henry” reseñando percances  de  William Sídney Porter,  preclaro literato americano conocido como O’Henry.  Nació en Carolina del Norte y al trabajar en bancos en Texas, fue acusado de hurtar dinero. Para no ser apresado huyó a Honduras. Regresó a Estados […]




En los años cincuenta del pasado siglo nos llamó la atención el artículo de Selecciones del Reader’s Digest “La Doble Vida de O’Henry” reseñando percances  de  William Sídney Porter,  preclaro literato americano conocido como O’Henry.  Nació en Carolina del Norte y al trabajar en bancos en Texas, fue acusado de hurtar dinero. Para no ser apresado huyó a Honduras. Regresó a Estados Unidos para atender a su esposa, que estaba en cama de muerte y fue encarcelado durante tres años. Ya libre, adoptó su seudónimo y vivió en New York, convirtiéndose en  genial autor de cuentos que tenían un final imprevisto, un desenlace sorpresivo.  Murió joven, en  1910, a los 48 años, de cirrosis hepática. Para honrar su memoria se creó el “Premio O’ Henry” de cuentos, uno de los más prestigiosos. La solidaridad humana se refuerza en estos días reseñando su magistral cuento “El Regalo de los Reyes Magos” sobre los jóvenes esposos Delia y Jim, quienes vivían en New York en un apartamento alquilado por 8 dólares la semana. En víspera de navidad  Delia lloró porque sólo había podido ahorrar $1.87 para hacerle un regalo a su esposo Jim. En medio de sus precariedades ellos tenían dos posesiones que los enorgullecían: la hermosa larga cabellera de Delia que llegaba a las rodillas y el reloj de oro de Jim, herencia de su familia. A falta de otros recursos, Delia fue a un taller que fabricaba pelucas y vendió su cabellera por 20 dólares. Deambuló hasta que encontró el regalo perfecto: una leontina de platino para el reloj de Jim, que usaba su reloj de bolsillo colgado de una tira de cuero. Pagó 21 dólares y regresó a casa con los  87 centavos que le sobraron.  En casa, Delia apretó en sus manos la cadena que le regalaría a Jim y lo esperó sentada frente a la puerta.Cuando entró ,Jim quedó petrificado mirándola con una expresión que ella no pudo descifrar, y sólo atinó a decirle: “-Jim, querido, no me mires así. Me corté el pelo y lo vendí porque no podía pasar la navidad sin darte un regalo. Crecerá de nuevo, mi pelo crece rapidísimo. No te imaginas el regalo tan hermoso, tan lindo que te he comprado”. Jim le preguntó: “¿Te has cortado el pelo? “Me lo corté y lo vendí”, “De todos modos te gusto igual, ¿no es cierto?” Jim sacó un paquete de su bolsillo y lo puso sobre la mesa y le dijo: “No te equivoques, Delia”. “Creo que ningún corte de pelo me haría querer menos a mi chica. Pero si abrieras ese paquete verías el por qué de mi desconcierto inicial”. “Con dedos ágiles, Delia rompió la cinta y el papel. Primero se escuchó un grito de alegría, que enseguida cambió a un llanto histérico. Porque allí estaban las peinetas… el juego completo de peinetas que Delia había admirado por tanto tiempo en una vitrina de Broadway. Hermosas peinetas, de carey puro, adornadas en los bordes con piedras preciosas, del color justo para lucir en su cabellera, ahora desaparecida. Las peinetas eran costosas, ella sabía. Su corazón las había anhelado sin la mínima esperanza de tenerlas algún día. y ahora eran suyas, pero ya no tenía sus largos bucles. Jim no había visto aún su hermoso regalo. Se lo mostró con entusiasmo. El metal precioso parecía brillar tanto como su espíritu. “¿No es maravillosa, Jim? La busqué por toda la ciudad. Dame el reloj. Quiero ver cómo se ve puesta”. En vez de obedecer, Jim se tumbó en el sofá, puso las manos detrás de la cabeza y sonrió. Delia, –dijo: “olvidémonos de nuestros regalos. Son demasiado hermosos para usarlos ahora. Vendí mi reloj para comprarte las peinetas”. Concluyó O’Henry con este párrafo sublime: “Los Reyes Magos, como ustedes seguramente saben, eran muy sabios. –Maravillosamente sabios- y llevaron regalos al Niño en el Pesebre. Ellos fueron los que inventaron los regalos de Navidad. Como eran sabios, no hay duda que también sus regalos lo eran, con la ventaja suplementaria, además, de poder ser cambiados en caso de estar repetidos. Y aquí les he contado, en forma muy torpe, la sencilla historia de dos jóvenes atolondrados que vivían en un departamento y que insensatamente sacrificaron el uno al otro los más ricos tesoros que tenían en su casa. Pero, para terminar, digamos a los sabios de hoy en día que, de todos los que hacen regalos, ellos fueron los más sabios. De todos los que dan y reciben regalos, los más sabios son los seres como Jim y Delia. Ellos son los verdaderos Reyes Magos”. O´Henry cobró este cuento por adelantado y, para cumplir con el plazo de entrega, lo escribió en tres horas, acompañado de una botella de whisky. Sus debilidades no le  impidieron ser  un genial autor que en su corta vida escribió más de 600 cuentos inolvidables, como maestro de este género literario. ¡Feliz 2020, año del rescate democrático!

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