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18 de abril del 2021

Opinión

“El Sermón de la Montaña”

Cardenal Nicolás De Jesús López Rodríguez. IV Domingo del Tiempo Ordinario 29 de enero de 2017 – Ciclo A.  a) Del libro del Profeta Sofonías 2,3 – 3,12-13. El nombre del profeta, significa “Yahveh protege”. Ejerce su misión en tiempos  del rey Josías (640-609), es contemporáneo de Nahum, Habacuc y Jeremías. Pertenece a los momentos […]




Cardenal Nicolás De Jesús López Rodríguez.
IV Domingo del Tiempo Ordinario 29 de enero de 2017 - Ciclo A.  a) Del libro del Profeta Sofonías 2,3 - 3,12-13. El nombre del profeta, significa “Yahveh protege”. Ejerce su misión en tiempos  del rey Josías (640-609), es contemporáneo de Nahum, Habacuc y Jeremías. Pertenece a los momentos de transición entre el decadente imperio asirio y el incipiente babilónico. Sofonías sigue el esquema general de los escritos proféticos y nos habla de el “resto de Israel”, haciendo un llamado a la conversión.
Los primeros versos del capítulo 3 son una queja dolorosa del Señor al constatar que Jerusalén, lejos de oír su voz, buscarle y arrepentirse de corazón, se ha vuelto “ciudad rebelde, manchada y opresora”, ciudad materialista. Esta lectura comienza con una invitación, “busquen al Señor los humildes”. El término hebreo que traducimos por “humildes” es “anawim”, identificados en esta lectura con “los que cumplen su ley”. En los últimos versos (3, 9-13), Dios se desborda en promesas de restauración mesiánica, no sólo para Jerusalén sino para todos los pueblos. Los hombres de la era mesiánica serán renovados interiormente, transformados en Cristo. Formarán “el pueblo pobre y humilde que confiará en el nombre del Señor”, añade Sofonías. Estos son el verdadero “resto de Israel”, a quienes Jesús promete el Reino de los cielos. Este resto de pobres serán los verdaderos continuadores de la historia de la salvación. Fruto de esta vivencia humano-divina será la verdadera paz, la de Cristo, no la del mundo. Veremos cómo se corresponde lo dicho por Sofonías con lo que Jesús enseña en el discurso evangélico del Monte. b) De la primera carta del apóstol San Pablo a los Corintios 1, 26-31. En este texto se plasma la situación social y humana de la comunidad de Corinto, y aquí percibimos el eco de los anawim de Sofonías, Dios los ha elegido a ellos de entre la gente común y despreciada, preferido por encima de todas las personas cultas, sabias, famosas y poderosas. Y todo esto tendrá íntima relación con la sabiduría de la cruz, la locura, para muchos, con la que Dios quiere salvar al mundo. Pablo inspira alegría, esperanza y motivación para permanecer firmes en el llamado a la vida cristiana, Dios escoge a los humildes, los pobres, los esclavos, los que no valen mucho según los criterios del mundo, y nos recuerda que la vocación cristiana implica la teología de la cruz, mientras más nos desprecia el mundo, Dios nos muestra más su amor. c) Del Evangelio de San Mateo 5,1-12. Este fragmento es el primero de los cinco grandes discursos que constituyen el el evangelio de San Mateo. Las Bienaventuranzas son el prólogo del Discurso evangélico del Monte, una hermosa composición literaria en que el autor recopila diversos temas de la predicación de Jesús. Constituyen la más sublime lección que jamás ha dictado un maestro del espíritu. Los biblistas ven en este pasaje de San Mateo un paralelismo intencionadamente alusivo al Antiguo Testamento: La montaña a la que sube Jesús recuerda el monte Sinaí, lugar de promulgación de la Ley de la Antigua Alianza. Jesús aparece como el “nuevo Moisés, el nuevo legislador”: Han oído que se dijo a los antiguosÖ pero yo les digo. Los discípulos representan al nuevo Pueblo de Dios, el Pueblo de la Nueva Alianza, el Resto de Israel. Mateo (5, 1-12) y Lucas (6, 20-26) son los dos únicos evangelistas que relatan las Bienaventuranzas. Ambos siguieron una fuente común, aunque hay algunas diferencias. Mateo que escribe para judíos convertidos al cristianismo, por eso es más judaizante que Lucas quien escribe para cristianos provenientes del paganismo grecorromano.  Los matices diferenciales entre ambos evangelistas no afectan el contenido, porque los dos ponen las Bienaventuranzas en boca de Jesús, y son la proclamación profética del espíritu y actitudes propias de quienes optan por el Reino de Dios, que Él inaugura. La palabra bienaventuranza significa felicidad o desear felicidad a otro. Jesús proclama dichosos o felices a los pobres, a los sufridos, a los que lloran, a los que tienen hambre y sed de justicia, a los limpios de corazón, a los que trabajan por la paz, a los perseguidos por causa del bien. En la historia se han dado interpretaciones muy diversas de las Bienaventuranzas: En clave racionalista: son algo absurdo, son ocho normas para no triunfar, para ser un fracasado.  Pero esta es la sabiduría humana de la que se ríe Dios, como dice San Pablo: “Lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios, y lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar el poder”. En la clave espiritualista, lo contrario de lo anterior, las Bienaventuranzas significan un vago espiritualismo conceptual y simpatizante con el bien, la pobreza, la paz, la resignación fatalista y el sueño de un mundo bonito y fraterno. Todo se reduce a una bella utopía ideal. Inútil por ser alienante. En la clave sociológica. El sentido directo y primero de los términos es lo que cuenta para ser destinatario de las Bienaventuranzas de Jesús. El pobre y el hambriento, el oprimido y el explotado, el perseguido y el encarcelado, por el mero hecho de serlo están ya sin más dentro del Evangelio, son bienaventurados, son los elegidos para el Reino. La opción preferencial por los pobres es otra clave de interpretación de las Bienaventuranzas. Los documentos de Medellín (1968) y Puebla (1979), el Sínodo de los Obispos de 1971 y la Instrucción “Libertad cristiana y Liberación” (1986) acentúan la opción preferencial por los pobres, porque así lo hizo Jesús, como aparece claramente en el Evangelio. La vida y el ejemplo de Jesús son en definitiva, la clave más auténtica de interpretación de las Bienaventuranzas. Encarnó en su persona las actitudes básicas del Reino que preconizan las Bienaventuranzas, y éstas se convierten para su discípulo en programa real y posible de su seguimiento.
Los biblístas y teólogos consideran las Bienaventuranzas como la norma suprema de conducta para el cristiano, aunque no estén redactadas en forma de ley ni siquiera como imposición, pues éstas son, en labios de Jesús, una invitación, un indicativo, no un imperativo, pero un indicativo de tal alcance que constituye la carta magna de autenticidad para el cristiano. Cada vez que las escuchamos, somos invitados a confrontar nuestros criterios y conducta con los valores nuevos del Reino, para dar testimonio ante el mundo. Sólo quien las practica las entiende, porque son paradójicas y suponen una inversión total de los criterios del mundo, pertenecen a la esfera religiosa de la vivencia experimental del don de Dios en la fe. Las Bienaventuranzas son camino de felicidad, paradójica pero real, si aceptamos y secundamos la invitación del Señor, en su práctica tenaz podemos encontrar nuestra propia identidad cristiana, pues constituyen las actitudes características del que sigue a Cristo, de la Iglesia en su conjunto y de cada comunidad cristiana, si queremos ser fieles al Evangelio y a nuestra misión evangelizadora en el mundo.  Fuente: Luis Alonso Schˆkel: La Biblia de Nuestro Pueblo. B. Caballero: En las Fuentes de la Palabra.

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