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18 de abril del 2021

Opinión

¡El toro que es…!

Oscar Medina. La Ley de Partidos aprobada la pasada semana en primera lectura por el Senado establece que la escogencia de candidatos a cargos electivos se hará mediante las polémicas primarias abiertas, simultáneas y obligatorias. Fue aprobada sólo con los votos de los senadores que siguen los lineamientos del Presidente Danilo Medina. Los demás -incluyendo […]




Oscar Medina.
La Ley de Partidos aprobada la pasada semana en primera lectura por el Senado establece que la escogencia de candidatos a cargos electivos se hará mediante las polémicas primarias abiertas, simultáneas y obligatorias. Fue aprobada sólo con los votos de los senadores que siguen los lineamientos del Presidente Danilo Medina. Los demás -incluyendo seis peledeistas-,  abandonaron el hemiciclo. Y si bien es cierto que una ley de estas características debió contar con un consenso mínimo entre los diferentes actores del sistema político, y que por tanto su aprobación unilateral fue al menos poco elegante, los senadores actuaron de acuerdo a sus facultades y apegados a las leyes y sus reglamentos internos. Por tanto, no se trata de una imposición o un acto violatorio de la Constitución. Esa ley se ha discutido hasta la saciedad en el transcurso de los últimos 15 años, y el Comité Político del PLD dejó en libertad a sus legisladores para que votaran a conciencia. Y así lo hicieron. No es cierto que el articulo 277 la Constitución limita la facultad del Congreso para ejercer sus funciones. Ese artículo -como dijo el ex presidente de la Suprema Corte, Subero Isa, es un “ripio” colado a última hora- fue concebido para proteger las sentencias de los casos bancarios y del caso Sund Land, estableciendo una limitación al Tribunal Constitucional que le impide revisar las decisiones judiciales tomadas con anterioridad a su creación. Pero jamás se concibió para impedir el conocimiento y promulgación de nuevas leyes. Como tampoco se puede ser muy absoluto con eso de que el modelo de primarias abiertas es contraria a la Constitución apelando a la supuesta violación al derecho de libre asociación o al carácter privado de los partidos, ya que la actual legislación electoral establece la asamblea de delegados como única forma de elegir candidatos. Los partidos hacen primarias, encuestas y hasta designan candidatos de dedo, pero todos -grandes, medianos y chiquiticos- tienen que realizar una asamblea de delegados para legalizar esas candidaturas y poder inscribirlas en la Junta Central Electoral Al margen de lo legal, muchos entienden que los partidos deben poder elegir el modelo y la forma de conducir sus procesos internos. Y puede que hasta tengan algo de razón, así como quienes expresan que lo menos que debe exigírsele a un partido que pretenda dirigir los destinos nacionales es la capacidad de establecer un padrón de militantes. Lo absolutamente improcedente es pedir que los partidos tengan la libertad de definir como les venga en ganas la organización de sus procesos internos, ya que su incapacidad para administrarlos es manifiesta y evidente. Lo menos que debe establecer una legislación que pretenda apalancar el fortalecimiento del sistema democrático es que el control sobre la organización de las elecciones internas de los partidos recaiga en la Junta Central Electoral. Sin embargo, y a partir del convencimiento de que la reforma al sistema de partidos y al electoral es indeseada por todas las cúpulas partidarias, y que por tanto no será aprobada en el futuro cercano, el aspecto más transcendente de este debate subyace en las consecuencias políticas que derivarán del mismo. La sesión del pasado miércoles decretó la fractura del Partido de la Liberación Dominicana. El retiro del hemiciclo de los senadores que siguen los lineamientos del ex presidente Leonel Fernández y la carta que previamente suscribieron abre una caja de pandora y sienta un “antes y un después” en un partido donde la disciplina y el centralismo democrático habían sido la norma. De ahora en adelante los bloques congresionales no serán de partidos, si no de tendencias o corrientes, emulando las tristes experiencias de los gobiernos del PRD entre los años 1978 y 1986. Demuestra además hasta dónde los grupos que adversan a lo interno de ese partido están dispuestos a llevar la batalla. Porque echar semejante pleito por el tipo de primarias es un sin sentido desde todo punto de vista. Si Danilo Medina pretende intentar reelegirse, sólo tiene que modificar la Constitución. Porque si logra salvar ese valladar, una candidatura reeleccionista la gana a Leonel y a cualquiera sin importar el tipo o modelo de elección. Y eso lo sabe mejor que nadie el propio Fernandez, que ha sido tres veces Presidente de la Republica y conoce el peso del poder. Y si Leonel quiere volver al Palacio Nacional necesita del apoyo de Danilo en unas elecciones nacionales. Precisamente lo que se está enajenando con su actual proceder echando en una batalla por un modelo de primarias que a fin de cuentas resulta intrascendente para sus aspiraciones. ¿Y los demás partidos del sistema? Afilando cuchillo para sus gargantas. Porque son ellos los más afectados por un sistema de partidos como el actual, donde las cúpulas hacen y deshacen a discreción y sin consecuencias, y con un régimen electoral poco equitativo y con la balanza marcadamente inclinada hacia quienes detentan el poder. Pero entre estrategas, jurisconsultos y conceptualizadores estamos. Y entre estrábicos que continúan huyendo del toro que no es para terminar cachados por el toro que es.

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