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12 de mayo del 2021

Política

El tren de los amargados

La derrota interna es un acto privado y secreto capaz de liquidar la alegría del ser humano cuando se desconoce el derecho de los “otros” a conseguir las metas anheladas por muchos, y alcanzadas de manera excepcional. Por eso, la reiterada vocación de los derrotados del triunfo ajeno en transferir a terceros sus miserias personales […]




La derrota interna es un acto privado y secreto capaz de liquidar la alegría del ser humano cuando se desconoce el derecho de los “otros” a conseguir las metas anheladas por muchos, y alcanzadas de manera excepcional. Por eso, la reiterada vocación de los derrotados del triunfo ajeno en transferir a terceros sus miserias personales como un acto de justificación privada. Podrán simular, pero en el tribunal de su conciencia serán culpables.
Los vientos democráticos en diciembre de 1962 pautaron un nuevo referente político que colapsó en el marco de una conspiración llena de envidias acumuladas y frustración en aquellos firmantes de un acta perversa que hicieron de Miguel Ramírez Alcántara, Juan Isidro Jiménez, Ramón Castillo, Horacio Julio Ornes y Mario Read los sepultureros de la ilusión plural nacida por la fuerza de los votos. Los firmantes, hicieron al notario Francisco Sánchez Báez testigo de excepción al observar un vendaval de odios íntimos revestidos de acción política. La rúbrica de todos los responsables de la instalación del Triunvirato enseñaban la altísima dosis de envidia acumulada. Eran seis, y cinco habían padecido los efectos del exilio por lo que resultaba inimaginable su participación en la aventura conspirativa. Desafortunadamente, se subieron en el tren de la amargura porque el derrocado superó políticamente a su socio en la fundación del PRD en 1939 y duplicó en votos a su rival en las primeras elecciones democráticas post-Trujillo.
Aunque muchos no lo recuerdan, Joaquín Balaguer sintió la daga artera desde la etapa inicial de su vida pública, y en la Tebaida Lírica revistió de carácter poético su carga frente a rivales: uno a uno como caballeros/ o a todos juntos como malandrines. Así, en la cúspide de su carrera, evocó su vieja rivalidad con Rafael Bonnelly y los cívicos, explicada magistralmente en la recopilación de sus artículos convertidos en libro: De la sangre del 30 de mayo al 24 de abril. Sin olvidar, la irónica categoría de hacer “su” lector privado al otrora adversario y creador de la frase, muñequito de papel.
Nunca lo superaron, pero los que se entendían “con las condiciones” se nublaron con la llegada al poder de Antonio Guzmán. Todavía no descansan en molestarlo, y José Francisco Peña Gómez pulverizó a sus competidores que jamás alcanzarán su trascendencia. Soy testigo de excepción del desagrado que generó la llegada a la presidencia de Hipólito Mejía porque los “otros” siempre entendieron que su naturaleza campechana y directa le imposibilitaba alcanzar la presidencia. A Leonel Fernández lo asimilaron con posterioridad a los resultados electorales del año 1996. Ahora bien, los históricos de su partido se mofaban de sus posibilidades, y ha sido el tiempo que los colocó en condición de subalternos debido al cambio de estatus provocado en ese litoral después de 20 años en el poder. Danilo Medina sintió los dardos de la ingratitud en el 2007 y un detallado análisis de sus pellizcos tiene origen en el dolor que provocaron tantas falsedades y deslealtad. Todavía no, eso sí, terminada su gestión conocerá en su justa dimensión la villanía de la red de áulicos que hoy lo adulan y aplauden extenderse en la presidencia.

Ramón del Valle Inclán señaló con bastante exactitud que “nada es como es, sino como se recuerda”. Por eso, hay que terminar bien. Los que en el otoño memorioso de su existencia pierden el rumbo de la vida conocerán la invalidación del juicio de la historia, aquellos que preservan la energía y voluntad a favor de ideas transformadoras no dejarse reducir por la fuerza del dinero y los que se inician en los avatares públicos, impedir a toda costa que la ruindad se apodere de sus primeros pasos porque estarían hipotecando su porvenir.

Desde niño aprendí a identificar a los derrotados del triunfo ajeno. Andan resentidos, sus juicios y dardos envenenados los retratan porque verbalizan sus taras formativas, fracasos familiares y vacíos existenciales. De repente, recuerdo que, desde el vientre de mi madre, me educaron para derrotarlos. Además, me blindé ante sus amarguras, fundamentalmente desde el momento en que un decreto me colocó en la primera fila de la escena pública. No han podido ni podrán, por eso la cita de Santa Teresa resulta antológica : la verdad padece pero no perece.

Oh, el tren de los amargados!

Por: GUIDO GÓMEZ MAZARA.

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