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11 de mayo del 2021

Opinión

Empecinados en sobrevivir

Ocasiones, motivos y maneras de perecer no nos faltan y por si fueran pocas las mencionadas, vuelve rabiosa la muerte líquida en forma de bebidas adulteradas. Por SERGIO FORCADELL  Sí estamos vivos aquí es porque somos cabezas duras, puros empecinados de mantenerse a salvo, fanáticos del no morir, del sobrevivir a toda costa, porque ocasiones para colgar los tenis en […]




Ocasiones, motivos y maneras de perecer no nos faltan y por si fueran pocas las mencionadas, vuelve rabiosa la muerte líquida en forma de bebidas adulteradas.

Por SERGIO FORCADELL 

Sí estamos vivos aquí es porque somos cabezas duras, puros empecinados de mantenerse a salvo, fanáticos del no morir, del sobrevivir a toda costa, porque ocasiones para colgar los tenis en cualquier cable de barrio las tenemos al por mayor y al detalle, y en mucha más proporción que en otros países no ya comparados con los más desarrollados sino de iguales o peores condiciones generales que nosotros.

Por ejemplo, en accidentes de circulación estamos entre los muy primeros lugares planetarios en despedirnos de manera violenta de este cruel mundo ¿Y qué se hace para evitarlo? Pues de nuevo por ejemplo, poner anuncios bien llamativos con movimiento de imágenes en los puentes o en las entradas de los túneles, para distraer a los conductores cuando más atentos deben estar con avisos prohibidos en cualquier país medianamente civilizado. Un dominicano tiene ocho veces más probabilidades de morir en el asfalto que un norteamericano o cuatro veces que un español, y eso que en este último país se tiran de los pelos por las altas tasas de mortandad vehicular registradas cada año. Las estadísticas lo confirman.

También aquí se puede fallecer con más probabilidad que en otros de la región caribeña por el dengue, sobre todo el hemorrágico, causado por nuestros queridos mosquitos y en especial el Anofeles Aegypti, al que solo se le combate cuando los números de fallecidos llegan al escándalo y hay que demostrar que desde los gobiernos de turno se está haciendo algo para combatirlo. ¿Cuánto hace que no vemos fumigaciones o los anuncios esos de tapar el tanque y rociar la tapa con cloro, u otros avisos parecidos?

La leptospirosis proveniente de los orines de las ratas, esos roedores simpáticos, gordos y coloraos como los del anuncio político aquel de la campaña de Balaguer, que viven y proliferan felices por tantos lugares y que causan infecciones de alta mortandad, sin que hayamos visto nunca una campaña nacional o local de desratización. Lo dijimos hace tiempo en otro escrito que, si por asuntos de la reencarnación nacemos de nuevo siendo ratas o ratones, por favor sea en este país donde el clima, las madrigueras, la comida y la tolerancia son tan favorables para una larga vida sin sobresaltos.

Ahora, pues, cuando aparecen las penas no vienen solas sino por legiones, reaparece la difteria por los predios de la enfermedad por la que murió la esposa de Napoleón, cebándose con niños por los predios de Yamasá. También se puede morir en buena cantidad por balas dirigidas contra personas específicas, por balas tiradas alegremente al aire, por puñales o palos en asaltos para robar el celular, la cartera, el motor, el vehículo, por ocupar un triste aparcamiento o por el simple roce de un carro con otro carro.

O por un arresto hecho con demasiados arrestos, o una confusión policiaca de un carro de religiosos inocentes con otro de narcotraficantes, o una no explicada balacera de patrulla en una discoteca del interior a las tres de la mañana.

O por una imaginario intercambio de disparos aunque la víctima no porte arma alguna.

No podíamos dejar a los casi tres mil quinientos fallecidos del maldito coronavirus, aunque debemos reconocer que los decesos son en mucha menor proporción que la mayoría de países latinoamericanos y europeos. Algo es algo, dijo un clavo al encontrarse un peine sin púas.

Además hay que añadir los abominables feminicidios del tipo ¨la maté porque era mía¨ del famoso tango argentino, y los más de seiscientos suicidios -uno cada trece horas según las estadísticas oficiales- cada año causados por la depresión, los desamores y otros motivos diversos.

Como vemos, ocasiones, motivos y maneras de perecer no nos faltan y por si fueran pocas las mencionadas, vuelve rabiosa la muerte líquida en forma de bebidas adulteradas llevándose a cientos de ciudadanos al otro paraíso macabro de Baco del que no se retorna jamás o se queda inutilizado de manera parcial o para siempre. La verdad somos unos empecinados sobrevivientes, porque en efecto, ocasiones para morir no nos faltan

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