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13 de abril del 2021

Opinión

En el club de las que mataron

Felipe Ciprián. La hermosa jovencita Anibel González acaba de convertirse en una estadística en el surtido club de las que mueren víctima del verdugo que alguna vez ella concibió como un amor. Como se nombra a Anibel –con todo el respeto a sus familiares, especialmente para sus tres hijitas- podría invocarse cualquier otro nombre de […]




Felipe Ciprián.
La hermosa jovencita Anibel González acaba de convertirse en una estadística en el surtido club de las que mueren víctima del verdugo que alguna vez ella concibió como un amor. Como se nombra a Anibel –con todo el respeto a sus familiares, especialmente para sus tres hijitas- podría invocarse cualquier otro nombre de mujer ultrajada de las que hombres cobardes, hacen derroche de arrogancia. La historia es la misma aunque las circunstancias cambien según el estatus social de la mujer. Cuando un marido abusador humilla y golpea a una mujer humilde, llena de hijos, sin empleo y sin ingresos, que ella soporte la agresión no es admisible, pero sí entendible si tiene miedo a quedar sin el amparo del que provee dinero. Una madre es capaz de aceptar el sufrimiento que en ocasiones implica soportar insultos, vejaciones y maltrato físico para que sus hijos no sufran hambre, desnudez y abandono aunque sea de un padre violento. Con frecuencia una mujer también acepta maltratos para no tener que volver al hogar paterno-materno como una “dejada” que fracasó en la aventura de un matrimonio donde no había madurez ni amor. La lucha contra la violencia familiar y especialmente contra los feminicidios, debe ser una prioridad del Estado, pero nunca será eficaz sin una participación activa y resuelta de la misma mujer y de su familia. Cuando un padre se entera de que su hija está siendo maltratada por su marido y su reacción no es lo suficientemente fuerte frente al abusador como para disuadirlo, corre el riesgo de que la siga golpeando y finalmente la asesine. Por igual, para mí resulta inconcebible que los hermanos de una mujer golpeada por su marido no salgan en su defensa utilizando los mismos métodos del agresor. En ese tema, personalmente no he cambiado nada en más de 60 años. Cuando era un niño y me enteraba que algún jovencito asediaba a mis hermanas, mi reacción siempre era la misma: ¡Enseñármelo y tan pronto lo encontrábamos, yo le entraba a pescozones para imponer el respeto! Recuerdo que en el año 1974, en plena represión política, un policía arrestó a mi hermana menor porque ella rompió un afiche donde se promocionaba la reelección de Balaguer. Cuando uno se sus profesores fue a buscarme a la casa para informar, le dije que si sabía cuál policía había sido y me llevó al frente de un banco comercial donde el agente estaba custodiando el negocio provisto de una carabina Cristóbal, busqué otro afiche de Balaguer, lo rompí en ocho pedazos y lo invité a que me arrestara a mí y como lo hizo con mi hermana. Le grité y lo desafié de hombre a hombre (en realidad era yo un pichoncito) y lo que hizo el policía fue entrar para el banco y prometer que él se encontraría conmigo. Todavía lo estoy esperando. Naturalmente, si ya entrado edad como estoy uno de mis cuñados se atreve a agredir a una de mis hermanas, que se prepare porque no voy a buscar un tíguere para que lo asuste, sino que voy personalmente y lo reviento delante de mis sobrinos. ¿Si él no respeta a la madre de sus hijos, por qué tengo yo que respetar al padre de mis sobrinos? Si todos los padres y hermanos adoptaran una actitud de firme defensa de sus hijas y de sus hermanas, los feminicidios fueran tan extraños como las lluvias horizontales. Hay que meterse en pleitos de marido y mujer, sobre todo si el familiar nuestro es la hembra, casi siempre la víctima.

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