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13 de abril del 2021

Opinión

En torno al gentilicio

Juan Daniel Balcácer. El Diccionario de la Lengua Española, de la Real Academia Española, define gentilicio de la siguiente manera: “Del latín gentilicius, derivado de gentilis, que pertenece a una misma nación o a un mismo linaje”. “Dicho de un adjetivo o de un sustantivo que denota relación con un lugar geográfico” y, también, “perteneciente […]




Juan Daniel Balcácer.
El Diccionario de la Lengua Española, de la Real Academia Española, define gentilicio de la siguiente manera: “Del latín gentilicius, derivado de gentilis, que pertenece a una misma nación o a un mismo linaje”. “Dicho de un adjetivo o de un sustantivo que denota relación con un lugar geográfico” y, también, “perteneciente o relativo a las gentes o naciones”. María Moliner, en su Diccionario de uso del español, añade que, en lingüística, gentilicio “se aplica particularmente a los nombres y adjetivos que expresan naturaleza o nacionalidad, como andaluz, castellano o barcelonés”. De conformidad con estos significados, se infiere que el gentilicio natural de los oriundos del país llamado Santo Domingo no es otro que “dominicano”, el cual se usa desde el siglo XVII.
Trayectoria del gentilicio. Luis José Peguero, natural de Baní, fue el primer nativo de la isla en escribir una historia desde el llamado descubrimiento hasta mediados del siglo XVIII, titulada “Historia de la conquista de la isla Española de Santo Domingo, trasumptada el año de 1762”. Durante casi dos siglos, el manuscrito original fue conservado en la Biblioteca Nacional de Madrid hasta que fue rescatado y publicado por primera vez en 1975, en dos tomos, auspiciado por el Museo de las Casas Reales, con estudio introductorio y notas del historiador Pedro Julio Santiago. En el tomo primero aparece un Romance en el que su autor consigna “que los valientes dominicanos han sabido defender su isla Española”. Más adelante, en el segundo tomo, Peguero nueva vez llama dominicanos a los oriundos de la isla de Santo Domingo y consigna “que este [es el] nombre [que]dan a los naturales de esta isla”. Del libro “Seudónimos dominicanos”, de Emilio Rodríguez Demorizi, transcribo lo siguiente: “Dominicano, nuestro gentilicio. ¿Desde cuándo se usa entre nosotros? “Y este (Concilio) Provincial le podréis intitular dominicano”, dice una Real Cédula de 1621, refiriéndose al Concilio dominicano celebrado en Santo Domingo en 1622Ö “Dominicanos o españoles criollos”, escribe Sánchez Valverde en su “Idea del valor de la isla Española”, publicada en 1785. “Fieles y valerosos dominicanos”, dice el gobernador Urrutia en su proclama con motivo del asalto de sus tropas colecticias a los audaces marinos de Simón Bolívar en la Bahía de Ocoa. “Fieles dominicanos”, exclama el Gobernador Kindelán en su Manifiesto del 10 de diciembre de 1820. Pero desde antes, en tiempo de la Reconquista (1808-1809), ya se había hecho frecuente el uso de nuestro gentilicio”. Duarte y el gentilicio. Durante el período de la llamada “Unión con Haití (1822-1844)” se produjo una suerte de hiato histórico respecto del uso de nuestro gentilicio y el colectivo estuvo a punto de perder ese rasgo distintivo de la identidad nacional debido, principalmente, a que en los documentos oficiales los dominadores casi nunca se referían a nuestros ancestros como dominicanos, sino como “hispano haitianos”. Con el fin de contrarrestar esa práctica desnacionalizante fue que Juan Pablo Duarte, años antes de iniciar su apostolado revolucionario, reivindicó nuestro gentilicio. En efecto, Rosa Duarte, en su célebre “Diario”, refiere que: “Juan Pablo nos dijo varias veces que el pensamiento de libertar su patria se lo hizo concebir el Capitán del buque español en donde iba para el Norte de América en compañía de Dn. P. Pujol; nos decía que al otro día de embarcados, el capitán y D. Pablo se pusieron a hablar de Sto. Dgo., sumamente mal y el Capitán le preguntó a él si no le daba pena decir que era haitiano. [Juan Pablo le contestó: yo soy dominicano. A lo que con desprecio le contestó el capitán: tú no tienes nombre, porque ni tú ni tus padres merecen tenerlo, porque cobardes y serviles inclinan la cabeza bajo el yugo de sus esclavos.” Todo estudioso de la vida y obra del fundador de la República sabe que para escribir sus “Apuntes”, Rosa utilizó documentos y manuscritos de su hermano, y que hay pasajes en los que ella habla de Duarte en tercera persona y otros en los que es el propio Duarte quien habla. Pues bien, al hiriente comentario del capitán del barco, Duarte reflexionó de esta manera: “La vergüenza, la desesperación, que me causó tal confesión de que merecíamos ser tratados tan sin ninguna consideración, me impidió pronunciar una palabra, pero juré en mi corazón no pensar ni ocupar[me] de proporcionar[me] los medios, sino de probarle al mundo entero que no tan solo teníamos un nombre propio, dominicanos, sino que nosotros (tan cruelmente vilipendiados) éramos dignos de llevarlo”. ¡Y por el orgullo de ser y sentirse dominicano fue que Juan Pablo Duarte dio al Estado que contribuyó a fundar en 1844 el nombre de República Dominicana!

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