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14 de abril del 2021

Opinión

Es difícil pasar esa ley

Orlando Gil. NINGUNO PUEDE. Ninguna de las fuerzas políticas del país tiene votos suficientes para aprobar la Ley de Partidos. La que fuere. La de la Junta Central Electoral, que se tocó para hacerla imposible, o las diferentes versiones que circulan, que se dicen objeto de consenso, pero realmente de conspiraciones. Entre estos y aquellos, o […]




Orlando Gil.
NINGUNO PUEDE. Ninguna de las fuerzas políticas del país tiene votos suficientes para aprobar la Ley de Partidos. La que fuere. La de la Junta Central Electoral, que se tocó para hacerla imposible, o las diferentes versiones que circulan, que se dicen objeto de consenso, pero realmente de conspiraciones. Entre estos y aquellos, o entre aquellos y estos. Lo saben hasta los chinos de Bonao, pero también el perro que duerme y el gato que no caza. El tiempo pasa y la situación se mantiene, y aunque se piense que no, la verdad que sucede lo normal. No se puede lograr un estatuto de tanta trascendencia y largo alcance de un día para otro, y tampoco sin las dificultades propias de intereses encontrados. Todos los sectores ven la legislación como una trampa, y preocupa quien la pone, pero igual quien la quita. Como cada día trae su afán, en las últimas semanas ocurre lo indebido. Se interpreta como mala toda salida negociada. Peor, se sataniza la probable negociación entre los partidos o grupos con real incidencia en las cámaras. Decir PLD, PRM, PRD, PRSC. O igual Danilo Medina, Leonel Fernández, Hipólito Mejía, Luis Abinader. Incluso, el juego, antes que perverso, resulta ridículo… EL ARMA POLÍTICA. El trance que se vive actualmente no tiene sentido ni razón de ser. En todas las asambleas, parlamentos, cámaras, congresos del mundo, cuando no se tiene mayoría para imponer una ley, se usa la mejor de las armas de la política. La negociación, el consenso. El electorado a veces es más inteligente que los candidatos o las organizaciones que los sustentan. Reparten el favor del voto de manera que ninguno sea tan predominante que avasalle. Ahora, por ejemplo. Danilo Medina supera a los demás en el Senado de la República, pero no en la Cámara de Diputados. Tiene y no tiene, pues el Congreso Nacional no es unicameral. La oposición variopinta (que incluye una parte del PLD) domina la Cámara de Diputados, pero tampoco puede despacharse por la libre, servirse –como dicen– con la cuchara grande, puesto que lo que sancione abajo puede ser revertido arriba, y viceversa. Incluso va más allá del normal fatalismo de un congreso dividido. En el jueves que ya nadie recuerda pudo confirmarse. Todo estuvo preparado para darle una lección de democracia, o de independencia, rechazando el proyecto oficial, y sin embargo, una maniobra de último minuto impidió la humillación. De nada sirvió al gobierno la mayoría en el Senado, pero tampoco a la oposición su mayoría en la cámara. El juego quedaría empate y fue suspendido por lluvia. Los diputados de Hipólito Mejía produjeron lodo con su propio aguacero… CURIOSO, INCOHERENTE. La situación es curiosa, el hecho incoherente. Los mismos personajes, igual la obra, solo que ya no drama, sino comedia. El PLD, el PRD (el PRM de entonces) y el PRSC pudieron negociar la ley de financiamiento y no ahora la Ley de Partidos. Entera, completa. Si se recuerda a ninguno se le cayó un pedazo porque se juntaran, discutieran y decidieran. Es más, en la ocasión se hizo el compromiso de terminar más adelante lo que se había iniciado. El interesado mayor en esa oportunidad fue José Francisco Peña Gómez, que dijo que no había cara con que volver a pedir contribuciones para las elecciones de medio tiempo de 1998 después de las aportaciones de 1994 y 1996 con doble vuelta. El Estado era la solución, y el Estado fue la solución. Solo que las demás fuerzas consintieron sin preguntar, como se hubiera hecho ahora, que la Ley de Partidos pa’ cuándo. En aquellos días, y viendo el resultado y el ánimo futuro, concluí que Peña Gómez y el PRD le habían echado un cubo al PLD, que era el sector político que apremiaba la aprobación de normas más específicas y mejor elaboradas de ordenamiento político. De eso hace 20 años, y los textos que fueron encargos posteriores manoseados por legislaturas sucesivas sin darse el paso definitivo… OLVIDO DE ENTONCES. Los que ahora satanizan la posible negociación de la Ley de Partidos olvidan a posta acontecimientos más recientes. La Constitución del 2010 fue negociada, e igual la del 2015, y nadie se murió por exceso de rubor o falta de pudor. La política se ocupó de la tarea y la llevó a efecto de manera admirable. Leonel Fernández tenía a manos objetivos muy importantes y Miguel Vargas quiso honrar a José Francisco Peña Gómez con la no reelección. El Acuerdo de las Corbatas Azules llenó su cometido, aunque ahora se le denuncie como culpable de males que entonces les fueron ajenos. La reelección de Danilo Medina por igual fue negociada, y el negocio, cual que fueren los términos, satisfizo las partes. Las experiencias sobran, y no se entiende que ahora sea un incordio y no auspicio negociar la Ley de Partidos y superar un entuerto que resulta agobiante para la población y una retranca para el desarrollo político de la nación. La legislación en curso solo pueden sancionarla los partidos que tengan representación congresual, votos en las cámaras. PLD, PRD, PRM y PRSC. Lo demás es --como dicen en los campos-- buche y pluma no más. Las poses contemplativas de firmar documentos o hacer compromisos que no se redimen a sí mismos, es populismo que no aprovecha, tiempo que se pierde y noción que equivoca el camino…

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