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17 de mayo del 2021

Opinión

Es tiempo

Emerson Soriano.  Un diputado, carente de competencia discursiva, intenta socorrer su justa causa con intervención pública en la que, lo que menos dice, es que “el poder es para usarlo” -clásico cliché de politiqueros escasamente instruidos-, sin reparar en el daño que eso hace a dicha causa y facilitando que sus adversarios, internos y externos, […]




Emerson Soriano.

 Un diputado, carente de competencia discursiva, intenta socorrer su justa causa con intervención pública en la que, lo que menos dice, es que “el poder es para usarlo” -clásico cliché de politiqueros escasamente instruidos-, sin reparar en el daño que eso hace a dicha causa y facilitando que sus adversarios, internos y externos, capitalicen su desboque para proyectar la idea de que el liderazgo auténtico de su facción alimenta y promueve ese tipo de desaciertos y todo aquello se debe a un plan de instaurar una dictadura. Una senadora compelida a retirar lo que dice.

Otro diputado que invita a cuatro colegas a hacer una protesta callejera en la que terminan mezclados, como mansos y cimarrones: los idealistas que piensan el Estado como fantasía realizable en el país de Alicia; un diputado que, excediéndose en su teatral conducta -pensando que eso lo colocará en un lugar de preeminencia en la estima de su líder- agarra por el cuello a un hijo del pueblo con uniforme de policía (que nada le está haciendo) al tiempo de exclamar, él mismo, “¡suéltame abusador!”; dos exfuncionarios,  defendiendo la “institucionalidad” de su futuro puesto; otro diputado vocinglero que se le sale de las manos a su entelequia partidaria para hacer causa común con la facción de un partido ajeno en la lucha antirreforma; un hombre promiscuo ideológicamente y malabarista partidario, cantando el concierto del menesteroso.

Todo esto, con el lenguaje de la descalificación como plataforma, constituye, en gran parte, la variopinta expresión de la masificación partidaria que, una vez decidida, ha mantenido el PLD en el poder. La mayoría son solo actores innecesarios, a quienes sus verdaderos líderes deben calmar para que sus acciones no terminen empobreciendo la legítima estima pública de que goza el PLD, deducida de los gobiernos que le ha dado al país. Es tiempo de que el liderazgo auténtico de ese partido se siente a conversar y que cada quien separe lo ideal y onírico de lo posible, pero sobre todo, que lo haga teniendo en cuenta que el pueblo dominicano es mayoritariamente peledeísta, que cree en los ideales que inspiraron la formación de su partido, que sabe que, aun son sus sombras, las gestiones del PLD están llenas de puntos luminosos. Es tiempo, Danilo y Leonel, de no dejar a descalificados el futuro del PLD.

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