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12 de mayo del 2021

Opinión

Esas pequeñas cosas

Orlando Gil. gil@claro.net.do/@orlandogildice  Las pequeñas cosas importan pues con ellas se hacen las grandes. El presidente Luis Abinader no quie­re su foto en los despachos, y las razones son obvias: evitar el culto a la personalidad. Prontamente la gente reacciona, y lo hace de la manera acostumbrada, y como es pro­pio en democracia: unos a […]




Orlando Gil.
gil@claro.net.do/@orlandogildice

 Las pequeñas cosas importan pues con ellas se hacen las grandes. El presidente Luis Abinader no quie­re su foto en los despachos, y las razones son obvias: evitar el culto a la personalidad.

Prontamente la gente reacciona, y lo hace de la manera acostumbrada, y como es pro­pio en democracia: unos a favor y otros en contra. Los que tienen buena memoria re­cuerdan que Danilo Medina también intentó ese solfeo, cuando se juramentó presidente, pero se perdió la partitura.

Su foto estuvo en cada pared de oficinas públicas durante ocho años corridos, y que se sepa, no hubo culto a la personalidad y como caudillo le cortaron las alas antes de que vo­lara. No pudo reformar la Constitución para habilitarse para un período adicional ni logró que Gonzalo Castillo se impusiera en las pasa­das elecciones. La foto del presidente no pro­voca culto, nadie le reza ni le prende vela, y tampoco se puede atribuir a una foto del pre­sidente que este se convierta en caudillo.

El caudillo es un fenómeno social, político e histórico de América Latina y existe desde mucho antes de la fotografía. Incluso con otro nombre también en otras latitudes.

No obstante convienen los gestos de humil­dad, aun cuando el fruto que se cosecha no es el mismo que se siembra. El culto que no se dispensa al arrogante, sí al hombre sencillo que no se deja marear por el poder.

La personalidad del individuo tiene que ver, y los halagos a cualquier llegan y trastor­nan. Aunque si se observa bien, no es tan de­cisiva la voluntad propia como la aprobación de lo que siempre se califica de pueblo, aun sea la claque que le acompaña.Los símbolos del poder no se tocan, y no es bueno exagerar­los, pero tampoco anularlos o renunciar a sus efectos, como fervor y adhesión de la gente. El ánimo de la población es cambiante, y la sen­cillez o la humildad no son suficientes. En es­te país es fácil ir de beber agua de coco en una esquina a condena en los tribunales.

La historia está ahí, y no se mueve.

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