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13 de abril del 2021

Opinión

Ese nacionalismo que viene del Norte

César Pérez. Se dice que el populismo y el nacionalismo son los dos grandes fantasmas que actualmente recorren el mundo. Por razones de espacio, de los dos me referiré básicamente al segundo; también porque es el más expandido y probablemente el más peligroso porque, además de la suyas, tiene las aberraciones del primero. Desde varias […]




Se dice que el populismo y el nacionalismo son los dos grandes fantasmas que actualmente recorren el mundo. Por razones de espacio, de los dos me referiré básicamente al segundo; también porque es el más expandido y probablemente el más peligroso porque, además de la suyas, tiene las aberraciones del primero. Desde varias perspectivas, se enfoca tanto el origen como la naturaleza del nacionalismo y en casi todas de una u otra manera se le asocia con la aparición de la sociedad moderna: el capitalismo y por ende con la expansión del mercado y posteriormente con la construcción del sentido de pertenencia a un lugar, ideas, valores, etnias, cultura y religión que hacen un nosotros contrapuesto al ellos. La construcción de la nación es contradictoria, se forja como resultado de la interacción colectiva, donde las diferencias de roles y de estatus en el entramado de relaciones de las instituciones políticas y económicas en que se discurre la vida del conglomerado definido como nación, conduce a una la lógica de inclusión-exclusión, según la relación que tengan con el poder tanto los grupos como los individuos de la colectividad. La idea de la nación es que esta está basada en la comunidad geográfica, cultural, política y lingüística (hay excepciones), pero la comunidad de esos elementos son en gran medida una ficción, una idealización, una invención, un relato histórico no exento de mitos que generalmente terminan prevaleciendo sobre la realidad. ¿Quiénes son nacionales?, quienes se auto reconocen como tales y a quienes las leyes, las costumbres y a la arbitrariedad, legal o no, de quienes se creen depositarios de la nación reconocen como tales.  Esa dimensión política de la nación, vale decir la dimensión del poder que establece el criterio de pertenencia nos remite al ejercicio de una soberanía sobre el territorio en el que esta se asienta. El reclamo de esta soberanía es lo que actualmente se ha expandido en diversos países donde el Estado/nación ha tenido dificultad de conciliar los reclamos de las elites locales que tradicionalmente se han pensado como depositarias de la soberanía absoluta sobre el territorio que con la ayuda de ese Estado/nación ha dominado. Los fenómenos migratorios, que ponen a prueba los mitos en que se construyeron muchas nacionalidades: el nosotros basado en pureza étnica, religión verdadera y única, superioridad cultural para justificar la diferencia  con ellos; la agudización del debilitamiento del Estado/nación, el gran desarrollo de las redes de comunicación que refuerza el sentido de pertenencia a una nación, vivase o no en su suelo, se han convertido en factores que han potenciado los mitos del sentimiento nacionalista subyacente en diversas comunidades. El nacional/populismo que cercena la unidad de varios estados de europeos, básicamente, tiene su máxima expresión en las zonas norte desarrolladas, a través de la riqueza producida por la fuerza de trabajo que traían los trenes que venían del Sur. A ese propósito, vale la pena comentar las recurrentes quejas de las elites dirigentes del País Vasco y Cataluña en España y de Lombardía en Italia contra el Estado/nación, acusándolo de “robar” sus riquezas (producida por el trabajo, vale decir por la plusvalía de los trabajadores de todas las regiones) para distribuirla en otras regiones. Los verdaderos ladrones de la riqueza de sus regiones, los que mejor la disfrutan, los que roban la ilusión de la igualdad, de la tolerancia, los que fomentan el odio hacia otras regiones, contra los llegados de otros territorios y contra los que se oponen al secesionismo, son y serán en última instancia los reales beneficiados de la secesión. Las elites locales de esas y de otras regiones reclaman para sí, el monopolio exclusivo de la soberanía (de la fuerza) sobre el territorio para el control absoluto de la riqueza y del poder, llevando hasta el paroxismo en la población ese sentimiento patriotero basado en una supuesta “conciencia histórica”. Esa conciencia histórica, según Sánchez Ferlosio, no es más que un delirio, una borrachera de patriotismo a través del cual se construye una falsa identidad nacional, una ficción que le sirve a las elites locales de herramienta para apuntalar su poder y control sobre el territorio en tanto mercado. Esa perspectiva de análisis sobre el surgimiento de los nacionalismos que vienen del Norte (de algunos países de Europa) es también útil para reflexionar sobre el nacionalismo en esta región del continente americano, que sirvió a las elites locales para reclamar, lograr y promulgar unas independencias que solo han servido para hacerlas más ricas, más poderosas y más excluyentes, al punto de hacer de este continente el  continente de mayor desigualdad social, económica y étnica del este mundo.

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