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17 de abril del 2021

Opinión

Espantoso y cruel

César Medina. Hasta ayer pensaba que formar una banda criminal con el deliberado propósito de matar policías escapaba a la osadía del más audaz delincuente. Porque una cosa es que los policías caigan combatiendo el crimen organizado -siempre ha ocurrido así-, y otra muy diferente es que los delincuentes salgan a cazar policías para robarles […]




César Medina.
Hasta ayer pensaba que formar una banda criminal con el deliberado propósito de matar policías escapaba a la osadía del más audaz delincuente. Porque una cosa es que los policías caigan combatiendo el crimen organizado -siempre ha ocurrido así-, y otra muy diferente es que los delincuentes salgan a cazar policías para robarles su arma de reglamento. Esta situación se agrava aún más por la cobardía que entraña emboscar y disparar a mansalva, por la espalda, a un infeliz que al final del día va llegando a casa para reunirse con su familia después de una larga jornada de trabajo en las condiciones que todos sabemos laboran los agentes policiales. La única condición para atacarlos y asesinarlos era que fueran policías y que portaran un arma -anduvieran uniformados o vestidos de civil-, sin importar el daño que provocaban a la familia y a la sociedad con un mensaje desafiante a la autoridad encargada de imponer el orden público y garantizar la seguridad ciudadana. Cuando el ministro de lo Interior, Carlos Amarante, denunció el pasado fin de semana que esa peligrosa banda de asesinos estaba operando en Santo Domingo y en otras ciudades del interior, el común de la gente lo consideró una exageración. Aunque resultaba extraño que los casos de asesinatos de policías con similares características estuvieran repitiéndose con tanta frecuencia. En particular, porque el ministro Amarante no aportó datos que pudieran hacer sospechar que una denuncia tan grave estuviera a punto de confirmarse con la identificación de los autores de seis asesinatos de policías ocurridos recientemente y en días consecutivos con el mismo patrón: emboscados y asesinados por la espalda para robarles el arma. Y lo peor... en servicio Hace apenas tres semanas una agente policial de origen dominicano que prestaba servicio en un destacamento móvil de la policía neuyorquina -en la calle 183 y Morris, en el Bronx-, fue emboscada y asesinada de forma viciosa. Se trató de Miosotis Familia, una mujer que amaba su condición de policía, con una impecable hoja de servicio. Ese acontecimiento conmocionó a los Estados Unidos... A sus funerales llegaron agentes de todos los estados y condados, y en cuestión de horas los asesinos estaban identificados y no existe posibilidad alguna de que escapen a la reclusión de por vida, con posibilidad de que el crimen entre en categoría federal y se les aplique la pena de muerte. En Estados Unidos la historia enseña que quien asesina a un agente policial en servicio puede esconderse hasta en el centro de la tierra, y al centro de la tierra va la autoridad a buscarlo y en un 98 por ciento de los casos se le ejecuta en el acto de forma sumaria. Es una ley no escrita que se aplica casi sin excepción, salvo cuando el autor posee información valiosa que siempre transfiere “por las buenas”. Con una ventaja para la ley: Ahí no cuentan “ejecuciones extrajudiciales” ni tienen los asesinos “derechos humanos” que reclamar de parte de sus ONGs amigas... Los cuatro muertos Ayer ocurrió lo que se esperaba: un dirigente del Falpo, Eusebio Polanco Sabino, denunció que entregó a la Policía a uno de los cuatro hombres abatidos la víspera, en Higüey. Mucho tardó para que apareciera este padre de la patria y defensor de los derechos humanos de los delincuentes. Si es verdad lo que dijo el señor Sabino, mal hecho por los policías actuantes... El problema es que nadie más vio lo que él vio... ¡Tal vez él tampoco hubiera visto nada si uno de los policías asesinados por la banda hubiera sido hijo suyo, o su hermano, o su sobrino...!

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