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14 de abril del 2021

Opinión

¡… Estamos a tiempo!

  A finales de octubre del año 1958 las principales organizaciones políticas que incidieron en el derrocamiento del dictador venezolano, Marcos Pérez Jiménez, firmaron lo que se conoció como el Pacto de Puntofijo, que sentó las bases para la creación de las instituciones democráticas que dieron forma a la denominada Cuarta República. El Éxito de […]




 
A finales de octubre del año 1958 las principales organizaciones políticas que incidieron en el derrocamiento del dictador venezolano, Marcos Pérez Jiménez, firmaron lo que se conoció como el Pacto de Puntofijo, que sentó las bases para la creación de las instituciones democráticas que dieron forma a la denominada Cuarta República. El Éxito de ese acuerdo de gobernabilidad no se hizo esperar, y entre la estabilidad política y el incremento del ingreso nacional tras la nacionalización y el alza de los precios del petróleo, Venezuela se convirtió en una de las principales economías del mundo y líder regional indiscutible. Pero los años fueron agotando el modelo, y factores como el anquilosamiento de las cúpulas partidarias, la corrupción, la desigualdad en la repartición de la riqueza y la consecuente reproducción de la pobreza, así­ como las secuelas de las crisis económicas de los años ochenta, provocaron que el pueblo venezolano perdiera la fe en el sistema y buscara desesperadamente nuevos liderazgos hasta fi jar la vista en una aventura. Porque es así­ como las sociedades asustadas cortejan la tragedia vitoreando la pérdida de libertades, y los pueblos decepcionados aplauden mientras saltan al vacío. Fue en esas circunstancias que surgió Hugo Chávez Frías: un coronel golpista sin más discurso que la promesa de barrer con los remanentes de la Cuarta República, que llego al poder con propuestas populistas que encandilaron a millones de venezolanos indignados por el contraste entre las riquezas de unos pocos y la pobreza del resto, al que garantizo darle participación en el estado de bienestar que prometía. El presidente Chávez cumplió y desmonto prácticamente todas las instituciones surgidas de Puntofijo, incluyendo la partidocracia tradicional. Y de paso destruyo también los pilares de la infraestructura productiva venezolana, aniquilo la propiedad privada y dejo muy tocadas las libertades ciudadanas. Fueron 15 años de políticas erráticas en todos los ordenes, incluido el social. Y por más que se enarbole como un logro la reducción de la pobreza extrema, Ésta no se dio sobre la base de la movilidad social que propicia el desarrollo humano, sino como consecuencia de un asistencialismo extremo que condiciona enormemente las finanzas públicas y vacía las arcas nacionales. Ese tramo del régimen pudo mantenerse a flote a pesar de sus disparatadas políticas económicas debido a unos precios del crudo que tocaron altos históricos y a la anestesia que emana de un liderazgo tan carismático y magnatico como el que indudablemente tenía el malogrado comandante.
Pero Chávez muere en el 2014, y la crisis se profundiza. Y si bien el desastre venezolano tiene su origen en las fallidas políticas implementadas por el comandante eterno, no puede despreciarse el inconmensurable aporte hecho por la incompetencia y la soberana estupidez de quienes heredaron su régimen encabezados por el inepto presidente Nicolás Maduro. Al día de hoy la situación venezolana es sumamente complicada. La gente está en la calle protestando en contra de la situación económica y de los excesos autoritarios de un régimen que se aferra al poder y utiliza en su contra toda la fuerza intimidatoria que ofrece el control absoluto de los aparatos represivos del Estado. Los presos políticos se cuentan por centenares y casi todos los días mueren manifestantes en jornadas de movilizaciones que llevan ya más de dos meses. La crisis es de tal gravedad, que han sido igual de infructuosas las mediaciones y diálogos promovidos por expresidentes y por el Papa Francisco como las políticas de sanciones impulsadas desde la OEA y la diplomacia estadounidense. Y ha llegado al punto que cada día crece la idea de que la solución pasará necesariamente por una ruptura del orden constitucional donde las fuerzas militares asuman roles protagónicos. O, en el peor de los casos, por una cruenta guerra fratricida cuyos resultados nadie se atreve a vaticinar. Por eso hay que observar en la distancia ese proceso tan doloroso por el que atraviesa el pueblo venezolano y el camino que lo condujo a ese atolladero porque aparentemente en la República Dominicana mucha gente ha comenzado a perder la fe en el sistema de partidos, y al parecer están entrando en crisis las instituciones y todo el tejido social, político y económico construido tras la decapitación del régimen trujillista. Vale la pena, en consecuencia, reflexionar y meditar sobre lo que en verdad necesitamos los dominicanos. ¿Lo que deseamos es una ruptura total y absoluta con este sistema y la llegada de cualquier aventura con consecuencias impredecibles? ¿O preferimos revisar, mejorar y fortalecer este modelo que, independientemente de su constante arritmia y profundos defectos, ha propiciado la estabilidad política y social que ha servido de base al extraordinario despegue económico que ha vivido el país a lo largo de las ultimas cinco décadas. A partir de esta reflexión, quizás lo que se imponga sea exigirle responsabilidad al liderazgo dominicano, sin distinción de colores políticos, intereses económicos o agendas sociales.

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