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08 de mayo del 2021

Opinión

FE Y ACONTECER: “El grano de trigo que cae en tierra y muere, da mucho fruto”

Cardenal Nicolás de Jesús López Rodríguez. V Domingo de Cuaresma – 18 de marzo 2018 – Ciclo B. a) Del Profeta Jeremías 31, 31-34. Este domingo quinto de cuaresma la Iglesia nos presenta al profeta Jeremías, perteneciente a una familia sacerdotal que habitaba no lejos de Jerusalén, a quien el Señor le encomendó la difícil […]




Cardenal Nicolás de Jesús López Rodríguez.
V Domingo de Cuaresma - 18 de marzo 2018 - Ciclo B. a) Del Profeta Jeremías 31, 31-34. Este domingo quinto de cuaresma la Iglesia nos presenta al profeta Jeremías, perteneciente a una familia sacerdotal que habitaba no lejos de Jerusalén, a quien el Señor le encomendó la difícil tarea de anunciar la ruina de Jerusalén por parte de los caldeos, que la destruirán juntamente con el grandioso templo levantado por Salomón. Pero al mismo tiempo, dispuso que anunciara su misericordia, que consolara a los pocos fieles que había entre ellos. En el ejercicio de su ministerio, muestra una fidelidad sin límites a Dios y una gran compasión hacia su pueblo. En la lectura que estamos comentando dice el profeta: “Miren que llegan días -oráculo del Señor- en que haré con la casa de Israel y la casa de Judá una alianza nuevaÖ Meteré mi ley en su pecho, la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo”. Sabemos que el profeta se refiere al regreso del pueblo judío del destierro de Babilonia, donde fue cautivo como consecuencia de su infidelidad al Señor. Pero el sentido pleno de esta lectura está en la redención que Jesús nos mereció con su muerte y resurrección, acontecimientos que nos disponemos a revivir en la Semana Santa. Jeremías, aislado social y humanamente, en su experiencia vital de lo divino, había saboreado la íntima comunicación con el Señor, que es el centro neurálgico de la verdadera religión y anuncia la Nueva Alianza, donde está ausente la hipocresía y el fariseísmo. Cristo selló esta Nueva Alianza con su sangre, por eso es definitiva. Ya no hay posibilidad de otras alianzas porque ninguna puede sustituir a la de Cristo. b) De la Carta a los Hebreos 5, 7-9. El autor de esta carta la escribe para demostrarle al pueblo judío que Jesús con su pasión y muerte nos redimió de todos los pecados. Estas son sus dramáticas palabras: “Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, cuando en su angustia fue escuchado”. Como he señalado, entramos en la quinta semana de Cuaresma, es decir, estamos a la puerta de la Semana Mayor. Estas cinco semanas han sido de preparación para el gran acontecimiento, y lo hemos hecho, como nos enseña la Iglesia, con oración, recogimiento, reflexión, austeridad, ayuno y obras de misericordia. Por consiguiente, en esta semana que comenzamos, todos los que profesamos fe en Jesucristo debemos tomar conciencia de cuanto nos disponemos a revivir y a celebrar. Quiera Dios darnos la gracia de intensificar en nosotros el mejor deseo de culminar bien esa preparación. c) Del Evangelio de San Juan 12, 20-33. El apóstol comienza diciendo que unos prosélitos griegos se acercan a Felipe y le dicen: - “Señor, quisiéramos ver a Jesús”. Felipe fue a decírselo a Andrés: Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús. “Jesús les contestó; - Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre. Les aseguro que, si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto”. En el Evangelio de San Juan “la glorificación” de Cristo significa su pasión, muerte y resurrección. La curiosidad de aquellos griegos por conocer a Jesús da al Señor la oportunidad de hablar claramente de su muerte y de la asombrosa fecundidad de este acontecimiento.  Siguiendo el estilo de su magisterio, Jesús apela a la comparación del grano de trigo, para referirse a su próxima muerte. Jesús debe morir, pero esa muerte será fecunda porque con ella el mundo será redimido. A seguidas Jesús prorrumpe en un desahogo que revela su condición humana; “Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré?: Padre, líbrame de esta hora. Pero si por esto he venido, para esta hora, Padre, glorifica tu nombre”.  Un desahogo muy comprensible en aquel momento de su vida. Jesús es perfectamente consciente de que su vida va al desenlace que supondrá su muerte, por eso dice: “mi alma está agitada”, es decir, se estremecía al pensar en la pasión que le esperaba, tan cruel y despiadada, pero no se amedrentó ante esa terrible realidad. En ese momento, añade el evangelista San Juan, vino una voz del cielo: --“Lo he glorificado y volveré a glorificarlo”. Señal de que el Padre celestial estaba muy atento a la vida de su Hijo en la tierra, y así como lo acompañó en el resto de su vida, en aquel momento cumbre, Jesús necesitaba el consuelo de su amado Padre. Pidamos a Jesús que nos permita acompañarle en su dolorosa y heroica pasión, viviendo esta última semana de la Cuaresma como verdaderos testigos de la esperanza que nos garantiza la Resurrección de Jesús para la que nos hemos estado preparando.   Fuente: Luis Alonso Schˆkel: La Biblia de Nuestro Pueblo. B. Caballero. En las fuentes de la Palabra.
 

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