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14 de mayo del 2021

Opinión

FE Y ACONTECER: ”¡No tengan miedo…!’’

Cardenal Nicolás De Jesús López Rodríguez.   XII Domingo del Tiempo Ordinario 25 de Junio de 2017 – Ciclo A. a) Del libro del Profeta Jeremías 20, 10-13. Este profeta nació en Anatot, pequeña aldea cercana a Jerusalén hacia el año 650 a.C., era hijo del sacerdote Elcías, durante su infancia y juventud vivió las […]




Cardenal Nicolás De Jesús López Rodríguez.

 

XII Domingo del Tiempo Ordinario 25 de Junio de 2017 – Ciclo A.

a) Del libro del Profeta Jeremías 20, 10-13.

Este profeta nació en Anatot, pequeña aldea cercana a Jerusalén hacia el año 650 a.C., era hijo del sacerdote Elcías, durante su infancia y juventud vivió las fatales consecuencias religioso-morales de este triste período de la historia de Judá. Durante cuarenta años en el siglo VII a.C., durante la dominación asiria y babilónica en Palestina. A los 20 años Jeremías siente la llamada de Dios como profeta de su pueblo y era célibe por exigencia divina. Experimentó en su propia carne el peso de su misión profética, ante el compromiso, tuvo miedo y se resistió al principio: “Mira, Señor, que no sé hablar, que soy un muchacho”. Y el Señor le contestó: “A donde yo te envíe, irás:  y lo que yo te mande lo dirás.  No les tengas miedo, que yo estoy contigo para librarte” (1, 6-8).

Igual que Oseas, Jeremías comparaba la alianza entre Dios e Israel a la relación entre un hombre y una mujer, y lamenta la infidelidad del pueblo Escogido. El pasaje del capítulo 20 pertenece a la sección conocida como las “confesiones” de Jeremías. En ellas se nos descubre una desgarradora crisis personal, como resultado de la malquerencia persecutoria de los jefes religiosos y del desprecio del pueblo. Así reaccionaron a su denuncia de la violencia y a su predicción de la destrucción del templo de Jerusalén. Jeremías advertía que sólo el retorno a Yavé podría impedir la destrucción del reino de Judá y de Jerusalén, la Ciudad Santa. Nos habla de un plan de sus enemigos para eliminarlo, fue perseguido y finalmente deportado a Egipto, donde fue asesinado por sus compatriotas.

La paga del profeta será la incomprensión, la discriminación social, el ridículo público con el mote “pavor-en-torno”, la cárcel e incluso la muerte. Pero súbitamente el tono del texto leído pasa del lamento al canto de victoria y de alabanza a Dios quien, cumpliendo su palabra, está a su lado “como fuerte soldado” y libra la vida del pobre de las manos de los impíos.

Lo más impresionante de este gran profeta y de sus escritos, es que no nos transmite verdades religiosas sino una religión encarnada en su propia vida. El ejemplo de Jeremías es simbólico de Jesús. Ambos confiaron en Dios a pesar de que sabían que sus enemigos les causarían la muerte. Si en Jesús la palabra se hizo carne, en la persona de Jeremías se transparentó el corazón de Dios. Por eso los evangelistas al pintar a Cristo tendrán ante sí la hierática figura de este profeta.

b) De la carta del Apóstol San Pablo a los Romanos 5, 12-15.

La Carta a los Romanos la continuaremos leyendo hasta el vigésimo cuarto domingo del Tiempo Ordinario, el propósito central de esta carta era exponer a la Iglesia en Roma, a la noción de las acciones de Dios a favor de su pueblo.

En el pasaje propuesto para este duodécimo domingo, Pablo contrasta la condición humana que resulta de la caída de Adán, antes y después de la Alianza con Moisés, con el estado de gracia que se inauguró con Jesucristo, el nuevo Adán.

c) Del Evangelio de San Mateo 10, 26-33.

Este evangelio es una continuación del Discurso con que Jesús envió a los Apóstoles a su misión apostólica, y el mismo consta de dos partes fundamentales: las características del seguidor de Jesús, (VV.26-31), y su confesión y testimonio ante los hombres (VV.32-33).

¡No tengan miedo a los hombres!  Es la consigna que por tres veces repite Jesús.  El discípulo no ha de temer la contradicción, el ridículo, la persecución, ni siquiera la muerte, por la fuerza incontenible del Evangelio, que adquiere transparencia aun en las peores circunstancias: “Nada hay escondido que no llegue a saberse.  Lo que les digo de noche díganlo en pleno día; y lo que les hablo al oído pregónenlo desde la azotea”. Inviolabilidad interior de la persona: “No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma”, es decir, la vida en lenguaje bíblico.

El único miedo saludable es el temor de Dios en cuya mano está la sentencia definitiva, pero este temor religioso no es miedo a un fiscal sino a un Padre, como apunta Jesús al referirse a la providencia de Dios sobre sus hijos.  Si Él cuida de los más insignificantes seres de su creación, como es un humilde pajarillo, cuánto más se preocupará de nosotros sus hijos. El conocimiento de Dios como Padre es experiencia de amor y fuente de confianza y alegría.

La segunda recomendación de Jesús es que “Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo.  Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre del cielo”. El testimonio de la fe cristiana, el tomar partido por el Evangelio, el dar la cara por Cristo es actitud necesaria y de perenne actualidad. Esta confesión no se reserva solamente para las situaciones límite de persecución religiosa oficial y abierta, cuyo final es la cárcel, la tortura y la muerte.

El máximo testimonio (“martirio”, en griego) es dar la vida, pero la confesión de la fe es tarea de todos los días en la vida cotidiana en medio de una sociedad cada vez más secularista y descristianizada. San Pablo declaraba no avergonzarse del Evangelio en medio de la sociedad grecorromana de su tiempo, totalmente paganizada, pero nosotros sí, por miedo a la más mínima incomodidad o contratiempo en una situación mucho más favorable. Anunciar y testimoniar el Evangelio es tarea de todos, pues como cristianos participamos de la misión profética y testimonial de Cristo por los sacramentos. Testimoniar la auténtica imagen de Dios según la revelación de Jesús es hacer patente el amor y la misericordia de un Padre que quiere al hombre libre, persona y hermano de los demás. El remedio que nos ofrece el Evangelio para vencer el miedo se resume en la CONFIANZA EN DIOS, creer en la providencia y en el amor del Padre Celestial. Abandonémonos, pues, en las manos misericordiosas del Padre.

Fuente: Luis Alonso Schˆkel: La Biblia de Nuestro Pueblo.
B. Caballero: En las Fuentes de la Palabra.

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