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17 de mayo del 2021

Opinión

Galíndez y Trujillo (II)

JUAN DANIEL BALCÁCER. Ya radicado en New York, Galíndez estableció vínculos cercanos con grupos de dominicanos en el exilio, con españoles antifranquistas, puertorriqueños proindependentistas y también con importantes dirigentes políticos latinoamericanos, como Rómulo Betancourt, José Figueres y Muñoz Marín, entre otros. Se acreditó como delegado del Gobierno Vasco en el Exilio ante las Naciones Unidas, […]




JUAN DANIEL BALCÁCER.

Ya radicado en New York, Galíndez estableció vínculos cercanos con grupos de dominicanos en el exilio, con españoles antifranquistas, puertorriqueños proindependentistas y también con importantes dirigentes políticos latinoamericanos, como Rómulo Betancourt, José Figueres y Muñoz Marín, entre otros. Se acreditó como delegado del Gobierno Vasco en el Exilio ante las Naciones Unidas, organismo multiestatal en donde incansablemente luchó para evitar el ingreso de la España franquista a la ONU. Simultáneamente, Galíndez desarrolló una intensa actividad intelectual y periodística. Se consideraba vasco, católico, anticomunista y firme defensor del sistema democrático a la manera del modelo norteamericano. Al amparo de la estrategia del gobierno vasco en el exilio, consistente en colaborar con los organismos de inteligencia de los Estados Unidos (a fin de denunciar cualesquiera actividades pro-nazismo o comunistas que pudieran detectar), desde New York, Galíndez continuó con sus servicios como informante del FBI. Dadas sus estrechas relaciones con destacados antitrujillistas, con frecuencia Galíndez publicaba artículos denunciando la tiranía de Trujillo. Ingresó a la Universidad de Columbia como profesor de español y de historia hispanoamericana y allí comenzó estudios para obtener un doctorado en Derecho e historia. Cuando se apróximaba al final de la carrera, trascendió la noticia de que su tesis doctoral estaría enfocada en el análisis de la dictadura de Trujillo. Esa información llegó a oídos de la señora Minerva Bernardino, a la sazón embajadora ante las Naciones Unidas, y ésta no solo se lo comunicó al cónsul dominicano en esa urbe, que era el sacerdote Oscar Robles Toledano, sino que además lo informó directamente y por escrito a Trujillo.

Se dice que a raiz de esa noticia, el dictador ordenó buscar la forma de comprarle la tesis a Galíndez, evitando así que la presentara y luego la publicara, o que de lo contrario fuera liquidado físicamente. Hay quienes sostienen que, más que la tesis doctoral, lo que verdaderamente indignó al dictador fue que Galíndez, en un artículo publicado en una revista cubana, afirmó que Ramfis era hijo bastardo del dictador. Se rumoró entonces que, cuando Ramfis se enteró del contenido del referido artículo, sostuvo una conversación poco agradable con su padre, a quien le reprochó acremente haberle ocultado esa información que, dicho sea de paso, le produjo una profunda depresión.

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