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19 de abril del 2021

Opinión

Gaspar Polanco y las pompas del poder

Rafael Chaljub Mejìa. Ahora que el presidente Luis Abinader ha tomado la muy loable decisión de prohibir que se exhiban las fotos suyas en las oficinas públicas, me viene al recuerdo algo parecido que fue dispuesto por el general Gaspar Polanco cuando le tocó ser presidente de la República en armas durante la guerra de […]




Rafael Chaljub Mejìa.
Ahora que el presidente Luis Abinader ha tomado la muy loable decisión de prohibir que se exhiban las fotos suyas en las oficinas públicas, me viene al recuerdo algo parecido que fue dispuesto por el general Gaspar Polanco cuando le tocó ser presidente de la República en armas durante la guerra de la Restauración contra los ocupantes españoles. Polanco era un hombre ordinario, militar desde los tiempos de la primera República y las guerras de independencia contra los invasores haitianos. Era analfabeto, igual que lo fueron otros presidentes como Pedro Guillermo y Wenceslao Figuereo –Manolao-. Hombre enérgico, valiente, a veces cruel, llegó al poder después de encabezar el golpe del 10 de octubre de 1864, que depuso al presidente José Antonio Salcedo –Pepillo. Para sorpresa de muchos, una de sus primeras medidas fue suprimir la costumbre monárquica de usar los títulos de Excelencia, Su Señoría, Excelentísimo y otras calificaciones similares que desde la fundación de la República se usaban para dirigirse al presidente. Entonces no había fotos a colores para que el lambonismo las colgara en las oficinas públicas, pero sobraban esos calificativos dirigidos a halagar la vanidad y endiosar al presidente. El general Gaspar Polanco los prohibió y para un hombre de campamento y de cuartel, iletrado por demás, aquello sigue siendo digno de reconocimiento. Entró con buen pie al ejercicio del gobierno y aparte de devolverle el vigor necesario a la guerra contra los ocupantes, tomó medidas tan importantes como la creación de escuelas en numerosos lugares del territorio liberado, la revalorización del papel moneda que se había depreciado hasta niveles catastróficos, restituyó el poder al municipio, puso a funcionar las alcaldías, anuladas siempre por la voluntad de los comandantes de armas. Para su tiempo y sus circunstancias, hizo un buen gobierno. Se manchó horriblemente con la fría e innecesaria ejecución del ex presidente Salcedo, el 5 de noviembre de 1864, pero ya ven ustedes las cosas buenas que aportó desde su gobierno de apenas tres meses y once días, ya que por el mismo procedimiento que ascendió fue derrocado, por el golpe encabezado por el también restaurador Pedro Antonio Pimentel, ante el cual capituló en Jaibón, el 21 de enero de 1865. Y en eso de alejarse de las pompas del poder, Gaspar Polanco dio el mismo ejemplo de modestia que, en otras condiciones, ha dado ahora el presidente Abinader.

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