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13 de abril del 2021

Política

Gobernar en tiempos de crisis de los partidos

Por CÉSAR PÉREZ . Es casi unánime el lamento de que el mundo vive una profunda crisis de figuras políticas de aglutinante liderazgo. A eso se suma una sostenida crisis de los partidos que, en Occidente, han sido el sostén de los sistemas políticos y de la democracia política. Esos elementos, entre otros, han sido determinantes […]




Por CÉSAR PÉREZ .

Es casi unánime el lamento de que el mundo vive una profunda crisis de figuras políticas de aglutinante liderazgo. A eso se suma una sostenida crisis de los partidos que, en Occidente, han sido el sostén de los sistemas políticos y de la democracia política. Esos elementos, entre otros, han sido determinantes para que se produjera lo que se ha llamado crisis de la democracia, un fenómeno que definitivamente se ha hecho más visible en el actual momento de pandemia y que, además, este flagelo la profundiza. Antes, con un sistema de partidos con altos niveles de estabilidad gobernar era más fácil, contrario a lo que ahora sucede en la generalidad de países, incluyendo nuestro país. Teníamos uno de los sistemas de partidos más sólidos de la región; parece que hemos iniciado un proceso de crisis de partidos de difícil manejo, cuyas consecuencias podrían ser nefastas para la gobernabilidad democrática. El PLD, que, usando y abusando del poder logró convertirse en una poderosa maquinaria electoral, actualmente vive un proceso de desguañangue de pronóstico reservado. El PRM, por sus resultados en las pasadas elecciones se ha convertido en el principal partido, pero en su proceso de construcción ha iniciado una experiencia de gobierno en la que casi la totalidad de sus altos dirigentes se han integrado al tren gubernamental. Como partido, esa circunstancia podría restarle eficacia y eficiencia, lo cual podría reflejarse negativamente en el gobierno. Si antes de ser poder el PRM no tenía una clara identidad en términos ideológicos, ni una referencia de clase relativamente clara, como en su momento sí lo tuvo el PRD, desde el poder le resultará en extremo difícil construir esa identidad. En ese sentido, al presente gobierno le será muy difícil contar con una expresión política organizada y coherente que sirva de referencia/apoyo en momentos de incremento de las demandas sociales y más aún, en cualquier momento de subitánea crisis a las que todo gobierno está sujeto a afrontar. Algunos podrían pensar que dado el desguañangue del PLD, el gobierno discurre sin una fuerte oposición partidaria, pero la inexistencia de ese tipo de oposición no elimina la oposición, esta encuentra otras formas de expresarse. En sentido general, todo gobierno debe estar sujeto a una determinada forma de control, sea como contrapeso institucional en el congreso, en los órganos de los poderes locales o simplemente como control ciudadano. Sin ese control, ningún poder puede reclamarse esencialmente democrático.  Por consiguiente, cuando el presidente Abinader dice que entre sus objetivos es lograr amplios consensos en torno a temas nodales para superar la pandemia e impulsar el desarrollo del país en última instancia lo que plantea es integrar a una pluralidad de actores a su gestión (un contrapeso).  Con ello, de hecho, reconoce la multiplicad de sujetos y actores sociales y políticos de la sociedad moderna. Surge la pregunta, ¿cómo hacer sostenible, eficiente y eficaz esa integración? No existe una respuesta/fórmula mágica, pero la experiencia indica que la integración o participación de la gente en los procesos de cambio se logra sólo a través de proyectos, planes y programas concretos con resultados tangibles a breve plazo. Cómo diseñarlos, cómo y con quien implementarlos es la cuestión. Sin un partido con una significativa capacidad de convocatoria y portador de una idea o proyecto de sociedad es difícil la sostenibilidad de los acuerdos en torno a proyectos o planes de desarrollo, pero no es imposible siempre que la participación sea realmente plural sin que, como dice Bobbio, se impongan los “poderes invisibles”, o visibles, de grupos particulares o del Partido. Sin un sólido instrumento político como a veces son los partidos, se requieren espacios de articulación entre actores y sujetos y que las cuestiones acordadas estén orientadas en una perspectiva de totalidad y con mecanismos de control social que hagan que esos acuerdos no solamente sean efectivos, sino realmente democráticos. Para eso no es imprescindible un partido/patronato de puestos (como dice Weber), pero sí una concepción de sociedad plural y democrática compartida por un significativo número de colectividades sociales, políticas y de singulares individuos. Quizás ni siquiera esto sea suficiente para echar hacia adelante un proyecto de cambio. Pero, difícilmente este puede pueda ser efectivo si soslaya esa perspectiva de participación, sobre todo en estos tiempos en que la sociedad, los estados y las colectividades políticas y sociales se tornan en extremo complejas. Tan complejas, que el control social se hace cada vez más difícil y, paradójicamente, más necesario

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