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19 de abril del 2021

Opinión

“Grenouille, el final”

Néstor Arroyo. Si trasladamos a “El Perfume, historia de un asesino”, la tesis de Mario Vargas Llosa sobre la novela, estaríamos frente a una “novela total”, que contiene un mundo sin fisuras, pleno y completo, y que no podía haber sido contado con otras palabras que las usadas por el autor, el escritor alemán Patrick […]




Néstor Arroyo. Si trasladamos a “El Perfume, historia de un asesino”, la tesis de Mario Vargas Llosa sobre la novela, estaríamos frente a una “novela total”, que contiene un mundo sin fisuras, pleno y completo, y que no podía haber sido contado con otras palabras que las usadas por el autor, el escritor alemán Patrick Suskind. La novela está dividida en cuatro partes y 51 capítulos breves, y el lenguaje utilizado es de una efectividad pasmosa. Narra la vida de Jean-Baptiste Grenouille en la Francia del siglo XVIII, “nacido sin olor en el lugar más nauseabundo de la Tierra, en medio de la basura, excrementos y putrefacción, criado sin amor, sobreviviendo sin el calor del alma humana y sólo por obstinación y la fuerza de la repugnancia, bajo, encorvado, cojo, feo, despreciado, un monstruo por dentro y por fuera…” (p. 289). Quien tenía especialmente desarrollado el sentido del olfato y pasó su vida buscando el olor perfecto, pero más aún, buscando uno propio, ya que carecía de uno. Grenouille “estaba acostumbrado desde la adolescencia a que las personas que pasaban por su lado no se fijaran en él, no por desprecio -como había creído entonces -, sino porque no se percataban de su existencia”, (p. 185). Y los demás no se percataban de él, precisamente, por carecer de olor propio. Por eso creo un perfume singular “que no olía como un perfume, sino como un hombre perfumado” (p. 182). Y al usarlo las personas empezaron a notar su presencia, a tratarlo como una persona normal. Lo cual contentó a Jean Baptiste, entonces con “…el sosiego frío y sereno que infunde la conciencia de propio poder”, (p. 188), sabiendo de lo que era capaz, se propuso crear un perfume “que no solo fuera humano, sino sobrehumano, un aroma de ángel, tan indescriptiblemente bueno y pletórico de vigor que quien lo oliera quedaría hechizado y no tendría más remedio que amar a la persona que lo llevara…”(p. 188). Para lograr el perfume total, necesitaba el aroma de jovenes vírgenes, doncellas arquetipos de belleza. Cometió 25 asesinatos para lograr su objetivo, fue capturado y condenado a muerte, pero usó el perfume y cerca de 10 mil personas entraron en un trance hipnótico, le adoraban, realizando “la mayor bacanal conocida en el mundo”. Entonces, descubrió que no quería ser amado, sino odiado. El odio era el único sentimiento que había experimentado en su vida. Volvió a París, donde había nacido, se dirigió al Cementerio de los Inocentes, se acercó a unas 30 personas que habían allí: “ladrones, asesinos, apuñaladores, prostitutas, desertores, jóvenes forajidos”, destapó el perfume y lo utilizó, convirtiéndose a los ojos de las personas allí reunidas en un ángel. Estos quisieron poseerlo, partiendolo en 30 pedazos y devorándolos con una “avidez voluptuosa”, “media hora más tarde, hasta la última fibra de Jean Baptiste Grenouille había desaparecido de la faz de la tierra”. Quiso morir. Tenía 28 años. Era el 25 de junio de 1767, “un día cálido, el más cálido del año hasta la fecha”.

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