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22 de abril del 2021

Opinión

Hasta siempre amigo

Yvelisse Prats Ramírez De Pérez. “La muerte es para todos, mas, mientras la esperamos, también debería ser para todos la vida ¿Dónde están la sonrisa, la esperanza, los panes, y las terrazas claras para ver las violetas y la dicha?”. El sábado pasado, murió Emilio Cordero Michel, mi amigo, mi vecino por años, tío afectivo […]




Yvelisse Prats Ramírez De Pérez.
“La muerte es para todos, mas, mientras la esperamos, también debería ser para todos la vida ¿Dónde están la sonrisa, la esperanza, los panes, y las terrazas claras para ver las violetas y la dicha?”. El sábado pasado, murió Emilio Cordero Michel, mi amigo, mi vecino por años, tío afectivo de mis dos hijos varones, profesor admirado por Frank, el mayor de ellos. En los días difíciles de pobreza y soledad, con cinco hijos y un padre enfermo a mi cargo, Emilio, hijo de “tío Pilino”, un gran amigo de papá, fue un modelo humano y solidario que contribuyó con su presencia a mantener el clima hogareño en mi familia, haciendo de tutor regañón cuando era necesario, de compañero mayor que enseñó a jugar ajedrez a mis hijos, de callado y atento depositario de mis angustias y oyente de las memorias de mi papá, que quizás utilizó en alguno de sus libros. Murió a los 89 años, porque la muerte es para todos. Había vivido con la fiera certeza de que la vida, como la muerte, debía ser “para todos”. Luchó porque todos los dominicanos y los demás seres humanos del mundo, tuvieran a su alcance “la sonrisa, la esperanza y los panes”, sin distinción de clases ni de género, ni de raza, ni de religión. Creía en el derecho de todos de vivir juntos, cómodos, risueños, “en las terrazas claras/para ver las violetas y la dicha”. Escribo este En Plural lagrimeando por la noticia de su muerte, y me sale del alma hacer esta especie de paráfrasis con un pequeño, viejo poema que escribí siendo joven y rebelde. Voy quemando etapas del olvido, me remonto a los años en que los escribí, y estoy casi segura que la fecha coincide con las muchas sesiones de juegos de mesa y consejos, también de reprimendas, del tío Emilio y mis hijos. Esos malos versos con que inicio En Plural son expresión de un anhelo, de una pregunta que lleva en sí gérmenes de una protesta y una respuesta. Y me vino a la mente, al evocar a un Emilio Cordero Michel, sentado en la mesa del modesto comedor de mi casa, y el del otro Emilio Cordero Michel. Más conocido, economista, abogado, combativo, a veces iconoclasta, considerado por muchos como el mejor profesor de historia económica que pasó por la UASD, erudito estudioso de la Historia, autor de textos que enriquecen la Bibliografía Nacional. Dos imágenes, dos enfoques quizás, la compleja, a veces enigmática vida, que con el tiempo se concentró más en la soledad, a encerrarse en su casa, y en ella, a meterse cada vez más dentro de sí mismo. ¿Es el tío Emilio de mis hijos, el amigo fraterno y afable al que autoricé a disciplinar y corregir a esos dos jóvenes adolescentes, el respetuoso interlocutor de mi padre, el mismo que en los últimos años se aisló, se retiró del mundo? ¿Qué motivó ese cambio? ¿Fue ese dolor recóndito, cruel, que no lo abandonó nunca, del asesinato de su hermano José Cordero Michel cuando quisieron inmolarse juntos subiendo con Manolo Tavárez a las escarpadas montañas de Quisqueya? ¿Profundizó más ese dolor la muerte del sobrino, casi hijo, y casi hermano de mi hijo Frank, lo que fue endureciendo su ceño, y su temperamento? Lo que no cambió en él, estoy segura, fue la verticalidad de sus juicios históricos, las convicciones ideológicas sobre el derecho a la esperanza y los panes del pueblo, su enfadado irrestricto rechazo a los abusos, a la violencia ejercida desde el poder. Sé también, que el intelectual comprometido y militante que era, debió indignarse, hasta sentir repulsión ante tanto talento envilecido, tanta compra y venta, tantos políticos sin ética. Desde que su amistad desinteresada conmigo lo llevó a orientar a mis hijos en ese tránsito incierto de la adolescencia, hasta esta noticia de que ha muerto, ha pasado más de medio siglo. Esos dos muchachos que adoptó como ahijados son dos hombres que entran ya en su adultez mayor, yo soy, francamente, una vieja, y él, el gran amigo, ha muerto. Nuestro ciclo vital ha cambiado, el de él ha concluido. Pero los males persisten. Él era libre pensador, yo soy creyente. Considero imposible e injusto que después de la muerte todo sea igual para todos, los buenos y los malos, los luchadores y los indiferentes. Porque conocí a Emilio, creo que lo volveré a ver. Hasta siempre. La muerte es para todos, pero la vida también, para los que merecen ser recordados como tú.

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