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22 de junio del 2021

Opinión

Huerto urbano: lecciones aprendidas

Por ELISABETH DE PUIG  2015: un techo llano, una gran superficie sin uso, sol todo el año, una población vulnerable que sobrevive en medio de industrias enclavadas en plena ciudad, ausencia de espacios verdes, sensibilidad medio ambiental… así nació la idea de un huerto urbano en azotea en la Fundación Abriendo Camino, en el barrio de […]




Por ELISABETH DE PUIG 

2015: un techo llano, una gran superficie sin uso, sol todo el año, una población vulnerable que sobrevive en medio de industrias enclavadas en plena ciudad, ausencia de espacios verdes, sensibilidad medio ambiental… así nació la idea de un huerto urbano en azotea en la Fundación Abriendo Camino, en el barrio de Villas Agrícolas.

No fue un proceso lineal y fácil, muy al contrario. Cada lección aprendida costó muchos esfuerzos. La primera experiencia nos llevó a reciclar unas viejas cajas de madera, desechadas por el Ministerio de Agricultura. Cinco de ellas, restauradas y reforzadas, fueron instaladas en la azotea del edificio de la institución.  Siguiendo los consejos de técnicos del ministerio y con semillas regaladas de cilantrico, acelgas y albahaca se preparó un sustrato a base de carbón, paja de arroz y un fondo de material orgánico.

Primera fase, huerto 2, 2015

Todo se ligó en contra del intento: el sustrato no era adecuado y muy caliente para el lugar, las cajas no eran lo suficientemente profundas, las semillas viejas y las raras plántulas que nacieron fueron rápidamente presas de bichos indeseables y de los pajaritos.

2016:  A los pocos meses de esta experiencia la organización se lanzó a un nuevo ensayo, bajo la sombra de un “experto” en reciclaje y huertos urbanos. El proyecto se reinició con charlas sobre las 3 R y compostaje destinadas a la comunidad.

El propósito era entusiasmar a los padres y madres del sector para que reciclaran en sus hogares y participaran en la elaboración de nuevas cajas de madera de buen tamaño. Los padres debían luego atender sus cajas, con sus cultivos, y traer sus desechos orgánicos para el compostaje que se realizaría en la azotea.

Esta fórmula tampoco resultó exitosa.  El interés del grupo bajó con la fabricación de las cajas y hacer compost sobre el techo no era una idea realista.

Rápidamente se vio la necesidad de poner un sarán, de disponer de un sustrato más adecuado y de abandonar las cajas de madera.

2017: El proyecto no tenía identidad propia. Gracias a la integración de Angie Neslin, voluntaria de Princeton in Latin America (PILA), que pasó luego a ser coordinadora y el alma del proyecto verde, se fue diseñando un programa de educación ambiental destinado a niños, niñas y adolescentes con la meta de sembrar el amor a la naturaleza desde los años más tiernos, bajo el supuesto de que algo del entusiasmo de los más jóvenes  se iba a comunicar a las familias.

Buscando un sarán para la fase dos del proyecto la Fundación se cruzó en su camino con la compañía Koor Caribe. De una vez Héctor Marín y su hijo entendieron el gran potencial educativo del proyecto y brindaron una asesoría adecuada, aportando también una contribución en materiales y en su instalación, optándose por la solución de sembrar en gomas y camas de polietileno..

A pesar de la excelente asesoría, uno de los mayores inconvenientes de los huertos en azotea son los problemas de filtraciones, que tuvimos que afrentar en varias ocasiones hasta encontrar la solución más adaptada a nuestro techo. Otros problemas son los del agua y el riego. La falta de agua y el bombeo son dificultades técnicas que estamos todavía tratando de resolver de manera definitiva.

Segunda fase huerto 3, 2015

Dos momentos fueron particularmente difíciles para el huerto:  el primero fue la explosión de Polyplas, que obligó a arrancar toda la producción para evitar riesgos de contaminación, hecho vivido como un luto adicional por nuestros pequeños brigadistas verdes.

2020/21: El segundo momento fue la pandemia. El huerto pudo sobrevivir gracias a María Sierra,  técnica, comunitaria y vecina, pionera de este esfuerzo verde. Al vivir en frente de la Fundación, nunca se dejó de regar el huerto durante el encierro.

La llama verde generada desde 2017 perduro intacta en los niños, niñas y adolescentes a pesar de la cuarentena, gracias al esfuerzo desarrollado por los facilitadores y, en particular, por Angie Neslin que mantuvo viva una comunidad virtual de más de 150 participantes y logró integrar más familias a este gran esfuerzo verde generando espacios virtuales de conexión con la naturaleza.

El éxito del Proyecto Verde de la Fundación Abriendo Camino ha reposado ante todo, en la creación de brigadas verdes y brigadas 3R. Otro elemento decisivo ha sido la transversalidad, que buscó insertar el tema medioambiental en la mayor cantidad de programas de la fundación de manera orgánica procurando asociar lo medioambiental existente en otras áreas e involucrando la mayor cantidad de personas posible.

El empoderamiento de los niños y niñas en los aspectos teóricos y prácticos del huerto y de los 3R, el establecimiento de un sistema de comercio sostenible en base a los cultivos orgánicos del huerto, la visibilidad en las calles  de los brigadistas como defensores del medio ambiente los han convertido en agentes de cambio en su  barrio.

Tercera fase, huerto

Ser Brigadista Verde se convirtió en una poderosa identidad infantil, atrayendo a nuevos niños y niñas, lo que ha provocado un cambio de comportamientos en el sector, lo que va desde menos basura en la calle hasta más consumo orgánico pasando por el incremento de la agricultura casera.

El creciente número de personas que procura alimentos en el huerto para usos nutricionales y medicinales da constancia de la necesidad de una producción orgánica local.

Cada familia que ha sembrado y cuidado matas en su casa, cada niño que deposita sus botellas de plástico en un zafacón de reciclaje, indica que el huerto urbano en azotea está cumpliendo un cometido, contribuyendo a la mejoría de la colectividad

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