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14 de mayo del 2021

Opinión

Humanidades, ciencia y tecnología

Manolo Pichardo. La ciencia ha sido un excelente instrumento para el hombre en su afán de conocer la naturaleza, dominarla y ponerla a su servicio. Y la tecnología, un brazo de ésta que, tras auxiliarse de sus teorías, definiciones y comprobaciones, opera en el terreno para crear soluciones a necesidades materiales que la sociedad humana […]




Manolo Pichardo.

La ciencia ha sido un excelente instrumento para el hombre en su afán de conocer la naturaleza, dominarla y ponerla a su servicio. Y la tecnología, un brazo de ésta que, tras auxiliarse de sus teorías, definiciones y comprobaciones, opera en el terreno para crear soluciones a necesidades materiales que la sociedad humana ha tenido desde su aparición o ha generado en la medida que satisfacciones producen insatisfacciones en cadena, las que a su vez alimentan el avance de estas ramas del saber y la aplicación del conocimiento.

La humanidad ha dado saltos cualitativos en la medida que la ciencia y la tecnología han avanzado. La primera ha arrojado luz para que la segunda cree estadios civilizatorios progresivos capaces de prolongar la vida a niveles que hace cien años no sospechábamos, y la prolongará, según algunos científicos y estudiosos de la vejez, definida como enfermedad, en las próximas cinco décadas, hasta los ciento cincuenta, doscientos o hasta trescientos años, dependiendo de la evolución y éxito de las investigaciones.

El optimismo de científicos y tecnólogos del “occidente de Occidente”, como llaman a California los innovadores de Silicon Valley, en evidente desprecio a Europa y Asia  por estar en esta comunidad la meca tecnológica del mundo, va más allá de lo que el ciudadano común pueda imaginar: la creación del hombre robot como paso previo a la inmortalidad, lo que, a decir de algunos, pondrá fin a las religiones tradicionales, en tanto que éstas tienen su razón de ser en el miedo a la muerte, provocado por la incertidumbre  de lo que pudiera haber más allá de la vida, o el pavor a dejar de existir.

Hay humanistas aterrados pensando que esto es un culto al conocimiento concentrado en la ciencia y la tecnología. Aseveran que si bien es cierto que son necesarias para buscar la mejoría material del hombre, no menos cierto es que éstas al margen de la literatura, la filosofía y la religión, como expresiones del alma para conocer la verdad no comprobable, asentada en la moral  que da sentido a los valores, se alejan de lo que nos da la condición de humanos.

La conjunción ciencia,  tecnología y abandono ¿deliberado? de las humanidades ha devenido una ideología que se concentra en resultados económicos: crecimiento, rendimiento, ganancia; en fin, todo un marco instrumental concentrado en la búsqueda de comodidades materiales, nada despreciables si avanzan junto a la sabiduría que viene dada por el cultivo de las artes, la literatura y la filosofía, para lo que se requiere del ocio que no tiene cabida en una sociedad desgastada en la prisa necesaria para la acumulación de bienes materiales que el tiempo cambia de mano, o borra.

Pocos leen poesía, la filosofía es cosa del pasado, la literatura en sentido general se oxida en las estanterías de las pocas librerías que quedan y se hacen invisibles en la web.

No hay dudas de que el hombre ha avanzado en relación a sus condiciones  materiales de existencia, pero ¿lo ha hecho en lo relativo su calidad de vida? Crear ciudadanos y no instrumento para el consumo y la rentabilidad, es construir prosperidad de largo plazo y, como consecuencia, sociedades felices, sin el sesgo existencial que lleva a sus individuos al suicidio, aun sean económicamente prósperos.

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