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14 de mayo del 2021

Opinión

La Covid-19, ¿enfermedad de transmisión sexual?

Ignacio Nova ignnova1@yahoo.com Nadie lo refiere ni lo informa. Menos los voceros de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y de la Organización Panamericana de la Salud (OPS). Tampoco los responsables de la salud de las naciones. Al respecto, el silencio ensordece; revela carencia de enfoque crítico-analítico en las informaciones sobre salud y sus […]




Ignacio Nova

ignnova1@yahoo.com

Nadie lo refiere ni lo informa. Menos los voceros de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y de la Organización Panamericana de la Salud (OPS). Tampoco los responsables de la salud de las naciones.

Al respecto, el silencio ensordece; revela carencia de enfoque crítico-analítico en las informaciones sobre salud y sus hallazgos…

Como si las autoridades de las economías “en desarrollo”, estuviesen cerebralmente colonizadas, al punto de ignorar el anclaje científico de sus gestiones.

Como si sus comunicaciones estuviesen afectadas por un flagelo obstructivo del deber ser institucional: la noticia-propaganda.

Como si al activar tal mecanismo —la personificación funcional es su rasgo distintivo— desearan erosionar el rol específico de las comunicaciones de la salud: la educación y promoción de la salud, para la prevención y sostenibilidad sistémicas.

Obviamente, ¿alguien desea hacerlo?

¿El mensaje es: “para qué educar si los enfermos garantizan la rentabilidad en esta industria”?

Paradigmas falsos, silentes y atroces…

Causas primeras de la pérdida de credibilidad de los sucesivos responsables de la salubridad pública. Que acredita negativamente la gobernabilidad y conduce, derechito, a la gobernanza afectada.

¿El síntoma? Ciudadanías persistiendo en conductas y razonamientos homeopáticos, validando la medicina tradicional.

Resultado de unas comunicaciones des-ancladas de la gestión científica de la salud.

Las ciencias definen un perímetro válido a las comunicaciones sobre salubridad.

Propalar, irreflexivamente, erráticos informes de organismos internacionales y de “sabios” no es, ciertamente, una conducta científica.

Las ciencias, desde antes de Descartes, exigen procesos para validar los conceptos: motores de los actos y de las políticas públicas.

¿Alguien ha dicho, por ejemplo, que la Covid-19 puede ser considerada, también, una enfermedad de transmisión sexual?

No. ¿Pueden existir científicos que no hayan reparado en que la cultura enriqueció la sexualidad, incorporándole órganos y fetiches?

Este enfoque, derivado del razonamiento, la observación empírica, los hallazgos y las informaciones diarias, ¿puede modular un criterio axiomático?

Al transmitirse mediante “gotículas” provenientes de glándulas mucosas y salivales infectadas, más que por contacto con superficies y objetos contagiados, ¿inferimos que los intercambios sexuales propios de la población sexualmente activa son causantes importantes de la transmisión viral?

¿Lo veis? Axiomático.

¿Responde que el 15% de la población emponzoñe al restante 85%?

Útil para advertir a los jóvenes —están saliendo masivamente hacia los balnearios— del alto riesgo de contagio subyacente tras sus intercambios socio-sexuales. Riesgo mayor si son —como en muchos— oportunistas, irracionales e irresponsables. Besar y la proximidad facial que implica la sexualidad, ¿propician significativamente el contagio de la Covid-19?

¡Qué perpendiculares están las mucosas buco-nasales en el beso enamorado y en el otro, el hormonal!

¡Qué acopladas las mucosas (bucales, oculares y nasales) en las sobaderas “como si ná”, propia del intercambio entre juventudes!

Sobre algo tan axiomático, sin embargo, ¡ni un mensaje despachado desde alguna vocería de salud!

Ante tal carencia, ¿la gestión en este sector, está o no lejos del pensar científico y sus “logicidades”?

¿O acaso el objetivo es ocultar lo evidente?

Motivos sobrarían: para algunos la Covid-19 puede ser el gran negocio, la gran oportunidad.

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