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16 de mayo del 2021

Deportes

La Era de Michael Jordan

Luis Beiro. En la Universidad de La Habana tenía el tiempo a mi favor. Después de concluir mis jornadas académicas, asistía al estadio “Juan Abrantes”, a pocas esquinas de mi casa. Era la sede de los equipos de la Facultad de Humanidades y, entre cancha y resguardo, mi novia de entonces era feliz al verme. […]




Luis Beiro.

En la Universidad de La Habana tenía el tiempo a mi favor. Después de concluir mis jornadas académicas, asistía al estadio “Juan Abrantes”, a pocas esquinas de mi casa.

Era la sede de los equipos de la Facultad de Humanidades y, entre cancha y resguardo, mi novia de entonces era feliz al verme. Al final del entrenamiento, salíamos de brazos bajo las escasas bombillas de Neón de la calle Zapata.

La Era de Michael Jordan

 

Nuestra relación transcurrió por meses inolvidables. Ella, joven comunista al igual que yo, guardó muy bien el secreto de su salida del país.

Después de su partida, la nostalgia hizo estragos en mi frágil perspectiva y como consuelo, continué asistiendo cada noche a los entrenamientos deportivos con la falsa ilusión de volverla a ver.

En aquel antro deportivo, mi temporada preferida sucedía frente al equipo universitario, el que por entonces no tenía rival tanto dentro como fuera de las fronteras académicas.

Me apasioné de aquel baloncesto ¿aficionado? e invencible que reunía a algunas figuras consideradas como el relevo del equipo medallista olímpico en Munich 1972.

Poco sabía del juego, pero un entrenador veterano se apiadó de mi ignorancia.

-Si, son buenos. Pero no como aquellos medallistas. Falta el team work –me dijo.

-Yo los veo bien. Saben mover el balón, y encestan –le respondí.

-De este grupo solo saco a uno de aquel equipo aunque carece del magisterio de Pedro Chapé. Este que vez es un simple armador: una verja que se va oxidando.

A los pocos meses comprendí los juicios del experto. Mi equipo seguía sin perder, pero un ruido extraño en el engranaje colectivo me envolvía. Aquellos no eran los relevos.

Al graduarme en la Universidad no volví a saber del baloncesto hasta la llegada de mi hijo a Santo Domingo. Al cumplir 11 años descubrí la presencia de un buen armador infantil. Su predilección por el juego de los encestes me devolvió a las canchas y a la televisión. En la pequeña pantalla descubrí a Michael  Jordan.

A a cada ratos, mi hijo y yo conversamos sobre la absurda polémica que domina hoy ciertos espacios de la prensa deportiva: ¿Jordan o Lebron?

Ambos son excelentes atletas, pero a mi modo de ver, pertenecen a contextos distintos.

Cuando Jordan surge,  reinaban algunos de los mejores jugadores del ayer. Solo algunos nombres: Magic Johnson, Larry Bird, Karl Malone, Patrick Ewing, Charles Barkley, Alonzo Mourning, Gary Payton, John Stockton, Ray Allen, Reggie Miller y Jason Kidd.

Todavía se jugaba con pasión. Los salarios eran altos, pero los atletas también pensaban en su ego, en ganarle al mejor. La rivalidad era evidente y todos querían doblarle el pulso a Jordan. Si Michael pudo salir adelante no fue solo por su talento, sino porque Phill Jackson supo armar un team work merecedor de seis anillos de la NBA, siete si Jordan no arriara rumbo al baseball.

¿Lebron? es excelente, fornido e inteligente. En su contra solo conspira no haber encontrado un entrenador que armara un grupo compacto y duradero. Los jugadores actuales de la NBA son tan buenos como los de otrora. Solo noto que el talento de hoy no le hace un guiño a la pasión de ayer. La aspiración por los grandes contratos puede más que el sueño de vencer.

Hoy suceden muchas, demasiadas lesiones después de firmar. No existen nombres sonoros capaces de soportar cinco o seis años a todo dar.

Días atrás escuche un diálogo extraño. Un personaje inducía qué deben hacer dos personas que desean una naranja a la vez.

Un vecino argumentó una solución equitativa: dividirla en dos partes iguales, aunque de esa forma, ya no sería una naranja entera, sino media para cada uno.

Otro entusiasta sugirió un jugo y llenar dos vasos. Pero, de igual forma, ambos pretendientes luchaban por la fruta entera, no por su porción líquida.

Un tercero vislumbro un cambio a fuerza de reloj, pero entonces esa fruta iría a otras manos. Y el producto del cambio ya no sería la naranja original.

Se entiende la ambición: Ambos pretendían la misma fruta, sin zumos ni mitades, ni relojes. Una fruta con cáscaras y gollejos: Entera.

En definitiva no se llegó a ningún arreglo,  ni se halló un mediador capaz de dividir lo indivisible: O todo o nada. Vendría, pues el duelo entre la pareja de aspirantes al néctar.

Algo similar sucede con Jordan y Lebron: Pretenden la misma naranja mientras las opiniones de sus fanáticos nunca van a coincidir: Ninguno se conforma con una sola mitad. Esto me hizo recordar mi juventud en aquellos encuentros del equipo de mi Facultad, cuando mi inocencia estaba lejos de entender el valor de la “naranja” de la discordia. Y prefería pensar que me hallaba frente a un conjunto invencible.

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